
Fotografías que conmueven
Salir lastimado (post). Autoría y dirección: Gustavo Tarrío. Colaboración autoral: Luciana Porchietto y Adrián Garay. Elenco: Horacio Acosta, Darío Levin, Pablo Rotemberg, Lila Monti, Mayra Homar y Cristian Bonaudi. Escenografía: Romeo Fasce y Luciana Quartaruolo. Vestuario: Ana Press y Flavia Gaitán. Luces: Fernando Berreta. Dirección musical: Jape Ntaca. Edición de video: Diego Tavella. Asistentes: Daniela Sitnisky y Maqui Figueroa. En el teatro Sarmiento. Duración: 105 minutos.
Nuestra opinión: bueno
¿Si se sale lastimado? Depende de cada uno. Sobre el final se ven muchas lágrimas en la platea. Pero no tanto porque la obra "lastime", sino porque conmueve y hurga bastante en algunas fibras íntimas comunes.
Con Afuera y Decidí canción , Gustavo Tarrío demostró ser uno de los observadores más agudos del nuevo teatro. En esta nueva propuesta del Proyecto Biodrama, del Complejo Teatral de Buenos Aires, ahonda en el retrato. El disparador fue el negocio Fotos Bonaudi, de Sunchales, y logró distintos retratos de seres reales, al tiempo que el fotógrafo "real" Cristian Bonaudi toma fotografías durante la obra con su vieja reliquia de formato medio.
Son historias de vida retratadas con ironía, a través de relatos sardónicos e hiperdescriptivos en una puesta que parecería deliberadamente desprolija. Y ese desorden se traslada también a la actuación, a los relatos y a los movimientos. Pero cuidado: esto no implica que esté mal. Esa es la propuesta y ése es el estilo.
Tarrío se nutrió de mucha anécdota urbana y elementos tomados de lo cotidiano. A su vez, incorporó a su dramaturgia y a la puesta en escena una multiplicidad de lenguajes que apabulla: videos en vivo, grabados, fotos, diapositivas, animación, micrófono, playback, música, danza...
El director subvierte convencionalismos escénicos y dramatúrgicos y trabaja la construcción del hecho dramático en vivo. Es decir, es como la representación de la representación, que deja ver artilugios escénicos y a los actores como personas, más allá de sus personajes. Ellos juegan al retrato hasta meterse en la piel de sus representados en forma visceral.
Durante la primera media hora, todo transcurre a proscenio, hasta que, muy de a poco, la teatralidad va invadiendo el escenario, en un crescendo escénico y dramático.
En esa dramaturgia de escena, Tarrío cambia de cuadros a través de hipérboles cómplices donde siempre están en juego el humor y ese placer y regodeo por lo kitsch.
Pero en cierto momento la puesta comienza a cobrar una efervescencia que les exige a los actores un gasto de energía excesivo. Aunque la obra se disfruta, y mucho, por momentos hay una sensación inevitable de que se tarda demasiado en ir hacia algún lado. Y el barullo escénico es tanto que abruma.
Excelentes actores
Para salir ilesos de la exigida propuesta, los actores deben ser excelentes. Y así es. Lógicamente, también aquí se ve la mano del director, hábil en las necesidades y posibilidades interpretativas. Horacio Acosta, de gran dominio corporal, es un actor de oficio de esos que llenan el escenario y podrían hacer con la misma ductilidad un Hamlet o teatro de revistas. A su vez, Lila Monti tiene dos momentos de lucimiento exclusivo y se destripa en su bello monólogo del miedo, y Mayra Homar posee una expresividad única, capaz de llevar adelante cualquier desafío actoral. Darío Levin pone todas sus armas clownescas para componer un retrato desopilante y Pablo Rotemberg hace un alarde de talento, ya que no sólo es un buen actor, sino que además es un gran pianista y bailarín. Junto a ellos, el auténtico Cristian Bonaudi, finalmente, se sumerge en la actuación en forma saludable.
Hacer una buena puesta de luces como ésta tiene un mérito doble. Es de Fernando Berreta.







