Galanterías decimonónicas en una propuesta de alta calidad

(0)
30 de agosto de 2001  

"La viuda alegre", opereta de Franz Lehár, sobre libreto de Víctor Léon y Leo Stein, con Frederica von Stade (Hanna Glawari), Thomas Allen (Danilo), Carlos Feller (Barón Zeta), Paul Groves (Rosillon), Carina Höxter (Valencienne), John Hurst (Njegus) y elenco. Régie: Lotfi Mansouri. Escenografía: Michael Yeargan. Vestuario: Mini Zuccheri. Coreografía: Rodolfo Lastra. Coro y Orquesta Estables del Teatro Colón. Dirección: Julius Rudel. Función de Gran Abono, Teatro Colón.

Nuestra opinión: muy bueno.

En el Prólogo de "El amor por tres naranjas", la ópera de Prokofiev, discuten acaloradamente los trágicos, los cómicos, los líricos, los cabezas huecas y, por último, los ridículos. Cada uno de estos grupos, de modo vehemente e intransigente, solicita la exclusión de los otros: no pueden convivir en una misma obra los dolores con las sonrisas ni la poesía con el grotesco. Más allá de las posibilidades o las incompatibilidades de tal contingencia, al menos en propuestas continuadas, no hay trastorno alguno. El mismo público que hace poco se conmovió con la tragedia, el patriotismo, el heroísmo y el canto pasional del "Attila" verdiano, no tuvo la más mínima dificultad en plegarse a la inocencia, a las galanterías decimonónicas y a la sencillez musical de "La viuda alegre". A lo sumo, la única condición para que diferentes estéticas produzcan adhesiones por parte del público, obviamente y de modo imprescindible, es que la oferta musical goce de un alto nivel de calidad.

"La viuda alegre" es una típica comedia de enredos del romanticismo europeo que goza de un balance notable entre lo teatral y lo musical. Dejando de lado las virtudes del libreto y de la partitura, la opereta, en mayor o menor medida, tiene como problema central y de resolución dificultosa, el logro de un equilibrio entre los monólogos, diálogos y escenas de conjunto actuados y los números musicales. Conocer las canciones o los coros de una opereta, que es lo que generalmente sucede, no implica apreciar en qué medida lo estrictamente musical aporta al devenir dramático y de qué forma lo rigurosamente teatral prepara el ánimo para la música. Lehár, por lo menos en esta obra, consigue una fusión impecable y altamente enriquecedora.

La contemplación de los aspectos musicales de "La viuda alegre" demuestra cierta intemporalidad de la obra. Por un lado parece mucho más vinculada con ciertos tipos melódicos y procedimientos armónicos muy anteriores a 1905 de su creación. Por el otro, y tal vez lo más relevante en cuanto a su significación, esta opereta parece contemporánea de las comedias musicales más actuales del siglo XX y de cierto tipo de cine musical que le deben a Lehár más de una idea y más de un recurso. Podrá achacársele no tener ninguna relación con la música de su tiempo -del mismo año, 1905, son, por ejemplo, "El mar", de Debussy; "Salomé", de Richard Strauss; la séptima sinfonía de Mahler, o el romántico y brahmsiano concierto para violín de Sibelius-, pero vale la pena insistir en que ningún tiempo artístico es unívoco y, pluralismos de por medio, hay que insistir en valorar su originalidad y sus aciertos. Esta opereta requiere de los artistas intervinientes de otro tipo de capacidades, diferentes de las de una ópera. Decididamente no alcanza únicamente con cantar bien. Los pergaminos que se acumulan con Mozart o Puccini pueden ser totalmente irrelevantes a la hora de tener que participar en "La viuda alegre". En este sentido, el elenco, en general, se manejó con soltura aunque, como es lógico, hubo algunas diferencias.

Momento intenso

Thomas Allen, Carlos Feller y John Hurst demostraron ser unos comediantes estupendos, componiendo sus personajes, Danilo, el Barón y Njegus, de modo contundente y convincente, con ductilidad y buen manejo escénico. Sin embargo, y paradójicamente para un cantante de una historia brillante y a quien pudimos conocer en su plenitud, Allen pareció un tanto débil en lo vocal. Sólo en el último acto pareció soltar su voz y aportar musicalmente a la construcción de un Danilo tan bien actuado como tímido e insuficiente en su canto. Feller, por su parte, es un cantante poderoso y un actor de un histrionismo y una seguridad reconocidos, aunque ciertos movimientos desacompasados, en las pocas coreografías en las que le tocó participar, demuestran que la danza le reserva algunos misterios.

Frederica von Stade, la viuda en cuestión, como gran artista que es, en todas las dimensiones del término, no tuvo dificultades en exhibir donaire, gracia y buena presencia. Pero su canto, además, produjo el momento musical más intenso y logrado de toda la noche. Independientemente de todas sus virtudes vocales, tal vez el valor agregado esté en su notable capacidad de narrativa musical para referir textos e historias de un modo natural, musical y maravilloso. "La canción de Vilia", al comienzo del segundo acto, fue un instante de alta emoción y profunda belleza.

El otro gran cantante de la noche fue Paul Groves, un tenor en ascenso que pasa de Stravinsky a Lehár con suma facilidad. Si Stade abrió el segundo acto a pura música, él le agregó luego una romanza vibrante para conducir a Valencienne hasta el pabellón y, al mismo tiempo, para arrancar un estruendoso aplauso del público. Por lo demás, y como dato meramente anecdótico, tampoco Groves parece haberse formado dentro de la disciplina del ballet.

La puesta del iraní Mansouri es tan tradicional como efectiva. El escenario, enmarcado por las típicas líneas curvas del Art Nouveau parisiense de principios del siglo XX, presenta en cada acto un color diferente. Claros para la embajada de Pontevedro, azules y turquesas para la residencia de Hanna y un rojo escandaloso y vital para que Danilo y Hanna, por fin, se encuentren en Maxim. También hay que destacar sus manejos actorales y las disposiciones escénicas generales, con el coro y el cuerpo de ballet en pleno, vestido a puro lujo parisiense y que, sólo con su prolijísima disposición escénica, arrancó aplausos espontáneos como en las mejores comedias musicales.

Julius Rudel condujo la orquesta correctamente, demostrando por qué es un especialista en recrear el espíritu tan particular de la música vienesa. Desde la obertura y hasta el vals final que entonan Allen y Stade, todo estuvo teñido de una atmósfera que luego se llamaría decadentista, pero que, sobre el escenario del Colón, sonó a mágica y digna de compartir. Seguramente los cómicos de "El amor por tres naranjas" hubieran gozado de los contenidos de "La viuda alegre", una obra sabrosa cuyos momentos de dolor son inexistentes. A lo sumo, sólo algún desencuentro. Para que ellos y los amantes de la buena música continúen sonriendo, para finalizar de buen ánimo una temporada lírica demasiado breve y para comprobar que hay otros modos de construir comedias, pronto será el tiempo de "Falstaff" y sus gloriosas desventuras sobre el escenario del Colón.

Cuatro artistas de gran versatilidad

El elenco principal de "La viuda alegre" está integrado por cuatro artistas que, en sus últimas participaciones en el Colón, estuvieron casi en las antípodas de sus papeles actuales. Von Stade fue una taciturna, intangible e imborrable Mélisande. Allen, un guardabosques obsesionado por una zorrita demasiado astuta. Feller, fue el cínico Don Alfonso que, en "Così fan tutte", ponía en duda la fidelidad de todas las mujeres, y Groves, el Tom que mostró su libertina decadencia hace sólo algunas semanas. Además, en una muestra de versatilidad idiomática, cada uno dejó los anteriores francés, checo, italiano e inglés para mostrar sus talentos, ahora, en alemán.

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?