Jean Vigo, del cine al teatro

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27 de junio de 2002  

"El corazón en una jaula", de Raúl Brambilla. Intérpretes: Osvaldo Bonet, Aldo Pastur, Marcelo Mininno, Belén Zapiola y Macarena Cuenca. Música: Flavio Govednik. Iluminación: Carlos García. Escenografía, vestuario: Marcelo Pont Vergés. Dirección: Raúl Brambilla. En el Portón de Sánchez, Bustamante 1034. Domingos, a las 20.

Nuestra opinión: bueno.

Raúl Brambilla vuelve a tocar el tema de la creación, que ya lo había inquietado en la puesta que hizo de "Israfel", donde, a través de la figura de Allan Edgar Poe, la crisis y la inspiración del artista vuelven a estar sobre el tapete. En esta pieza, recurre a una figura de otra rama del arte: al cineasta Jean Vigo en sus primeros escarceos cinematográficos. Para desarrollar el drama coloca al protagonista entre dos personajes, uno que tuvo existencia real, George Méliès, y el otro, Jacques, un fotógrafo amigo de Vigo, producto de la imaginación del autor.

El conflicto: el artista, la creación y la recepción de su obra por parte del entorno social, en una época donde el cine daba sus primeros pasos abriendo un nuevo camino para el gusto popular, que fue recibido con cierta indiferencia y recelo.

La acción se ubica en Montparnasse, en 1930. Allí, el joven Vigo vive con desaliento las críticas que recogió su film "Cero en conducta". La incomprensión del público lo sume en el desaliento más profundo y al borde de una crisis, hasta el punto de hacerlo desistir de su vocación. Un encuentro ilusorio con Méliès lo enfrenta a otra realidad, a la de sus propios deseos, y, en diálogo con él, percibe que su arte puede ser como la galera de un mago que alberga ilusiones inagotables que merecen volcarse en el celuloide. Descubre que la imaginación es el arma más valiosa con que cuenta todo creador para hacer posible lo casi imposible: abrir la puerta de la jaula de los sueños.

Realidad y fantasía

Más allá del planteo escénico que se puede elaborar en un gran espacio, la mayor exigencia de la pieza recae en la interpretación. En este sentido, Aldo Pastur logra un trabajo muy convincente, mostrándose natural en el papel de un fotógrafo honesto y limitado en su talento, que sin embargo tiene la grandeza de reconocer los valores de su amigo.

Osvaldo Bonet, por su parte, como Méliès, juega con el delirio y la picardía de su personaje, alcanzando momentos de gran ternura.

Sobre Marcelo Mininno recae el peso del protagonismo y, quizá por falta de experiencia escénica, cae en una composición exterior. Tiene una tensión física que, sin bien correspondería al personaje, se nota que es del actor y le resta credibilidad. Promediando la obra se lo ve más suelto y más cómodo.

Belén Zapiola tiene un personaje con historia para poder apoyarse en su interpretación y lo resuelve con convicción. En cambio, a Macarena Cuenca, que interpreta dos papeles esporádicos, le resulta más difícil una continuidad en la línea del pensamiento actoral.

Si bien hay un planteo escénico diseñado con apuntes realistas, donde Brambilla resulta más efectivo, como puestista, es en el diseño del campo de la fantasía. Con proyecciones de viejos films y el contraste lumínico, el drama coloca al espectador en un universo cercano a la luna.

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