La hermosa poética titiritera de Rubén Orsini

Mónica Berman
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23 de febrero de 2015  

Ausencia en el aire

Autor, director, construcción de objetos y manipulación: Rubén Orsini. Luces y sonido: Natalia Fernández. Sala: Centro Cultural de la Cooperación. Funciones: sábados de febrero, a las 20.30. Duración: 45 minutos.

Nuestra opinión: Muy buena

Estamos en una sala de teatro, pero hay algo de la idea de viaje que se impone. Un traslado, un sitio provisorio. Los signos: un baúl en el centro y una especie de perchero que no porta ropa sino seres que devendrán (ahora son pura potencialidad) en manos de Rubén Orsini. El nuevo espectáculo de este sensible titiritero propone microhistorias; sin embargo, el núcleo no es el relato, sino el personaje. La ausencia nunca es un estado pleno, proviene de otra cosa, establece un vínculo con lo que ya no es o con lo que ya no está. Un puente en el tiempo.

Cada una de las criaturas propone su propio recorrido. La primera, aquella que se desplaza en el aire y nos propone un ritmo, una instancia de tiempo acompasado y breve, es manipulada, pero quien manipula está oculto en el primer plano de la muñeca. No es necesario que se esconda, es invisible porque ella ocupa toda la escena. Un modo posible de la ausencia.

Orsini, enhebrará un personaje con otro a través de la iluminación. Cada reinicio con un objeto nos presenta un juego con la luz: formas diversas, espejos, sombras, réplicas constantes. Nuevamente, la luz es la misma y no lo es. La idea es proponer alguna de las formas de sus viajes. Como si fueran otros objetos, pero que no son manipulados en el marco del espectáculo sino autómatas, han sido preparados previamente para su función.

La música es otro aspecto central de este universo que ha creado Orsini; de más está decir que no acompaña, sino que es un elemento constitutivo al mismo nivel que los otros, los visibles.

Pero volvamos a los personajes y a la relación de éstos con Rubén Orsini, quien despliega las más variadas estrategias para presentarlos, desde la manipulación del marionetista hasta su propia presencia subrayada entre los objetos. Una historia de amor evidente lo tiene en el medio, ambos brazos sostienen a los protagonistas y sin embargo su sitio de testigo no invade el vínculo entre ellos, a medida que avance la pequeña historia veremos que sin esa presentación la totalidad hubiera sido imposible. Un titiritero interrogado por su títere, que se sorprende frente a la mano desnuda, que lucha por la imposible autonomía.

Un personaje conocido nos revisita: el viejo que da de comer a la mujer de cartón y que la abraza blandamente. Para cada personaje, Orsini propone diversos modos de relación con el objeto, su propio cuerpo se inscribe de modo diferente en cada caso (lo que se ve y lo que no se ve, lo que pone en juego y lo que oculta). Cada uno de los seres que cobran vida en el escenario lo hacen desde la más sutil y bella presencia. Sin embargo, sólo en algunos casos la materia que los conforma responde a los cánones de la belleza que conocemos. La belleza está en asociar la debilidad del cartón, con sus pliegues, a la de una mujer a centímetros de la única despedida posible.

El rosarino Rubén Orsini vuelve a presentar su bello arte en Buenos Aires, mejor ir a verlo antes de que el deseo se transforme en ausencia.

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