La música vende más entradas y menos discos

En plena crisis global e interna, la Argentina vuelve a quebrar todas las reglas superponiendo shows superagotados de los número uno del rock
Pablo Sirvén
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31 de mayo de 2009  

"Cambia, todo cambia", canta Mercedes Sosa y, con ella, parece hacerlo toda la industria de la música (nótese que decimos de la música y no de la industria discográfica porque ésta, como tal, se contrae a un ritmo del 7 por ciento anual y ya hace rato ha pasado a ser tan sólo una parte del negocio, y no la más importante).

La Argentina, país en permanente crisis política, económica, social y de valores, sin embargo es observada con atención y curiosidad por los grandes hacedores del negocio mundial de entretenimientos. Es que a pesar de la crisis global y de nuestras propias lacras (inflación encubierta, un importante porcentaje de la población que sufre estrecheces económicas, fuerte presión impositiva, inestabilidad en las reglas de juego para las inversiones, etcétera) este país sigue manteniendo bien en alto una saludable y continuada agitación creativa que se expresa sin pausa en la intensa circulación de público por museos y centros culturales, en que Buenos Aires, en cantidad y calidad de ofertas teatrales es una ciudad a la altura (y por momentos más) de Nueva York, Madrid o Berlín; que, además, somos unos de los países del planeta con mayor porcentaje de abonados (formales y colgados) a la TV por cable y que siempre estamos bastante atentos, sin distinción de clases ni ideologías, a las movidas culturales (ferias, exposiciones, circuitos temáticos, festivales callejeros) que se van sucediendo.

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Aun así, lo que está ocurriendo desde el jueves último hasta mañana a la noche arrasa con todas las reglas elementales que aconsejan no superponer espectáculos similares (porque se divide el público), tratar de no programar grandes eventos a fin de mes (porque la mayoría de la gente todavía no cobró y no tiene plata) y evitar espectáculos al aire libre en tiempos preinvernales (porque hace frío y, para colmo, se agregan este fin de semana las malas condiciones meteorológicas).

Todo esto fue pasado por alto y así se agotaron cuatro funciones consecutivas en el Luna Park de Fito Páez (el jueves y anteayer) y de Andrés Calamaro (anoche y hoy pero, además, en 16 días salen a la venta -ver aviso en página 4 de este mismo suplemento- las entradas para un nuevo recital, en el Club Ciudad, ¡el 12 de diciembre!).

Eso no es todo: anoche, a la misma hora, llenaron sendos estadios Los Piojos (el de River) y La Renga (el Ciudad de La Plata). Anteanoche y anoche se presentó Catupecu Machu (en el teatro Flores), hoy y mañana será el turno de Divididos (en La Trastienda) y también hoy, el de Attaque 77 (en el microestadio del Club Argentino, en Quilmes). Y a eso hay que sumar las tantísimas presentaciones de solistas y pequeñas bandas principiantes, o no tan conocidas, que al mismo tiempo se hacen oír en bares y en otros reductos.

Mucho más de 150.000 personas que dejarán en boleterías alrededor de 15 millones de pesos en apenas cinco días hacen caso omiso a todas las contraindicaciones anotadas, lo que habla de una intensísima ebullición masiva deseosa de ser parte de esta gigantesca ola musical, que contrasta con la tremenda apatía popular que tanto el oficialismo y la oposición provocan en la deslucida y alterada campaña preelectoral que paralelamente tiene lugar por estos días.

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También hay otro tipo de contrastes no menos curiosos: frente a la sostenida avidez por asistir cada vez más a espectáculos musicales en vivo se registra en paralelo la cifra más baja en los últimos cuatro años en la venta de discos: en 2008 se vendieron en la Argentina 15.985.686 unidades (diez años antes: 24.083.243, según estadísticas de la Cámara Argentina de Productores de Fonogramas y Videogramas). Y la primera cifra, encima, puede resultar un tanto engañosa (se calcula que unos cinco millones de ejemplares son mera fabricación de CD para el mercado externo, que aprovecha nuestros precios competitivos).

Pero también Capif advierte que "el 60% de este mercado corresponde a ventas ilegales" (se calcula por eso pérdidas económicas por 1200 millones de pesos). El fenómeno no es meramente local: se registraron más de 40 billones de descargas de archivos no autorizadas en todo el mundo en 2008.

Frente a esta imparable sangría, que encoge dramáticamente la facturación de los grandes sellos discográficos, los artistas dan vuelta el negocio y ponen toda la fuerza y energía en tours y presentaciones más cuidados y marketineros, trazan alianzas con grandes compañías (particularmente con las telefónicas, que buscan contenidos para los celulares, que, como ya consignó LA NACION, podrían representar para la Argentina negocios por 50 millones de dólares sólo durante este año) y empiezan a adoptar actitudes empresariales que antes no tenían.

Algunas grabadoras reaccionan tarde y proponen a los artistas contratos denominados "360" (pretenden apropiarse no sólo de sus discos, sino de sus imágenes y los negocios colaterales que puedan producir).

En este sentido marcha varios pasos adelante la empresa Live Nation, especializada en producir anualmente 22 mil conciertos en vivo de 1600 artistas de 33 países, que representan unos 50 millones de entradas, y en la que ya ficharon artistas del porte de Madonna y Shakira. En América latina, con el mismo concepto, opera Time For Fun (T4f) que en la Argentina produce los festivales Pepsi Music, Quilmes Rock, Personal Fest y Creamfields, la gira de Los Fabulosos Cadillacs y el musical El fantasma de la Opera , actualmente en cartel.

En los 70, los recitales de rock nacional eran semiclandestinos o cuando eran muy públicos contaban con la visita indeseada de la policía. Aquella primera arriesgada generación de espectadores que asistía a esas presentaciones a pesar de esos accidentados avatares creció, tuvo hijos, nietos y sobrinos, y hoy todos juntos, público y artistas, disfrutan de esta realidad en paz y en armonía, con espectáculos cada vez mejor montados y concurridos. Lástima que el país en su conjunto no pudo hacer esa misma evolución.

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