La sensualidad de Reinhardt

Ernesto Schoo
(0)
15 de diciembre de 2001  

¿Casualidad? En su carpeta de proyectos, el responsable de esta columna tenía anotado, desde hace tiempo, el nombre de Max Reinhardt. Fue, sobre todo entre las dos guerras mundiales, el más famoso director teatral, a un lado y otro del Atlántico Norte. Sus grandiosas producciones (megaproducciones, las denominarían hoy, cuando se agotan todos los superlativos) movilizaban a multitudes, desde Salzburgo, donde consolidó su fama, hasta Nueva York y Hollywood. Días atrás, al asomarse a la vidriera de ofertas de una librería, este columnista divisó un volumen cuyo título lo atrajo: "The Twenties in Vogue" (Los años veinte en la revista Vogue).

Devoto de los años veinte y treinta del siglo pasado -en los que encuentra una vitalidad y una originalidad ausentes en el anémico "posmodernismo"-, y dado que el precio era asombrosamente insignificante, compró el libro, lo llevó a su casa y al abrirlo encontró numerosas referencias a Reinhardt, supremo sacerdote del teatro en aquellos tiempos. Y así se resolvió por fin a escribir esta evocación. Con la advertencia de que su conocimiento directo de Reinhardt se limita a la versión filmada de "Sueño de una noche de verano", para la Warner, en 1935, con el mejor Puck jamás logrado, a cargo de Mickey Rooney.

* * *

Max Reinhardt (1873-1943) se llamaba en realidad Max Goldmann y había nacido en Austria. Actor en sus comienzos, como muchos de sus colegas sintió vehemente atracción por dirigir y se dedicó por fin a este oficio. A partir de temporadas iniciales en Berlín, fue afirmándose como notable director de actores y, sobre todo, por su concepción grandiosa del espectáculo como crisol de todas las artes. En este sentido, sería el heredero directo de Richard Wagner en persecución del "arte total". Su criterio básico era: "La obra de teatro no tiene más que un alma y un sentido: ser teatral". Prescindía de consideraciones literarias o filosóficas, y hasta pudo ser acusado de carecer -al margen del esplendor y el tumulto de sus puestas- de un estilo personal. A lo que él contestaba: "La obra trabaja para sí misma y a sí misma dirige todo su arte y sus esfuerzos... La obra que va a representarse no debe someterse a nada, salvo al teatro".

En busca de un mayor contacto entre actores y espectadores, eliminó las candilejas y unió el escenario y la sala mediante escalones y rampas. Y puesto que su temperamento, especialmente sensible a las apariencias exteriores, coincidía con su pasión de "voyeur" absoluto, enamorado de las artes visuales, el resultado no podía ser sino una exaltación del marco escenográfico, inspirado sobre todo en el lujo de Rubens y en la luz de Rembrandt. Pero no dejó de acercarse a la visión cubista, ni desdeñó el colorido violento de los posimpresionistas (Matisse, Derain) y de los escenógrafos rusos de los Ballets de Diaghilev.

En "El arte teatral", Baty y Chavance lo resumen así: "Son conocidos por demás los refinamientos y la habilidad constructiva que Reinhardt desplegaba en la erección de sus decorados sobre la escena giratoria. Los practicables se apoyan unos en otros, se ensamblan, se superponen y aparecen en todas sus fases en los sucesivos cuadros, presentados al público sin interrupción. Y la luz, actuando sobre los volúmenes, alargando las sombras proyectadas, inmaterializando la cúpula-horizonte que redondea su curva de yeso por encima de todo, completa de manera sorprendente la impresión de verdad".

¿Sería éste el objetivo supremo del hecho teatral? Convendrá volver sobre el tema y sobre Reinhardt y su presencia en las páginas de "The Twenties in Vogue".

ADEMÁS

MÁS LEÍDAS DE Espectaculos

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.