La unión entre Di Giovanni y el Golem
"Aprendiz de hombre", de Leonardo Goloboff. Dirección general: Julián Cavero. Con Marcelo Rodríguez, David Sznek, Silvina Segundo, Gustavo López Conde, Sammy Lerner, Daniel Czudnowsky, Raúl Freire, Carlos Vanadía e Italo Cárcamo. Luces: J. Cavero y Julio Alejandro López. Escenografía y vestuario: Silvia Spina. Música original: Marcelo Lupis. Producción: Gabriela Silvia Giba. Asistente: Leonardo D. Nachman. En el IFT, Boulogne Sur Mer 549. 55 minutos.
Nuestra opinión: bueno
La figura del anarquista Severino Di Giovanni fue objeto de numerosas dramatizaciones y estudios. En esta oportunidad, Leonardo Goloboff no se limitó a recrear su historia, sino que hizo foco en el juicio que decidiría su suerte. Pero lo más creativo e interesante de "Aprendiz de hombre" es el paralelo que el autor trazó con "El Golem" (de Franz Kafka) y su creador, el rabino Löew, el Maharal. Esta historia de ficción se complementa con la real (la de Di Giovanni), que es eje de la acción, a las que se suma el personaje de un relator.
En esta versión, que transcurre en 1931, Di Giovanni es una figura omnisciente; la figura central es Juan Carlos Franco Páez, un teniente del Ejército Argentino designado defensor de oficio del anarquista.
¿En qué se conectan el Golem y Severino Di Giovanni? En varios factores. Por un lado, en la creación del hombre y lo que el orden establecido crea y genera. Los finales de ambas historias señaladas se fraccionan y encadenan y comparten ese orden establecido como desencadenante. Por otra parte, tanto el Rabí como el militar buscan la verdad con un anhelo que se transforma en meta primordial. "No puede el hombre con sus propias leyes igualarse a Dios... Ninguna ley del derecho podría tolerar lo que no tolera la ética", dice el texto. El Maharal no sabe qué hacer con ese ser de barro sin sentido existencial. Mientras tanto, Franco se pregunta: "¿Entre la verdad y la muerte, me habré quedado solo?" Goloboff hizo un trazado artesanal en el que, además, utiliza las cartas que Di Giovanni le escribió a su esposa América Scarfó desde la cárcel. Este ingrediente epistolar es efectivo, pero sólo se utiliza como un balance, al principio y al final de la obra, en boca de un relator.
Atmósfera borgiana
El autor, a su vez, acarició en el texto la poesía de Borges, y el director supo aprovecharlo en una atmósfera onírica. Julián Cavero sacó partido de la descomposición del tiempo y el espacio para jugar en distintos planos y ámbitos al mismo tiempo. El espacio escénico del IFT no es convencional y está bien aprovechado. La ambientación de Silvia Spina y los contraluces del propio Cavero y Julio Alejandro López contribuyen a eso. Aunque queda perdida y desaprovechada alguna escena del juicio, en la que los militares están ubicados en un rincón casi imperceptible para un sector de la platea.
La puesta en escena lleva la delantera sobre la dirección de actores. Sólo se nota una completa organicidad y naturalidad en las actuaciones de Marcelo Rodríguez, como el Relator, y Silvina Segundo, como América Scarfó.
Sobre el transcurso del juicio, Gustavo López Conde, como el teniente Franco, hace suyas las palabras y denota un trabajo interno más profundo. Rodríguez pisa la escena con oficio, pronuncia naturalmente y recorre la historia con la verdad que requiere. Entretanto, Segundo tiene momentos de gran intensidad y dramatismo que le brindan emoción a la obra. A su vez, está muy bien resuelta la figura del Golem, una marioneta humana a cargo de Italo Cárcamo.




