La vida misma, según Muscari

Gabriel Isod
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31 de mayo de 2019  

Gente feliz

Nuestra opinión: buena

Libro y dirección: José María Muscari. Elenco: Cecilia Dopazo, Laura Esquivel, María Leal, Pepe Novoa, Patricia Palmer, Gastón Soffritti, Mariano Torre, Manuel Vicente. Sala: Multiteatro. Duración: 80 minutos.

La familia reunida en el arquetípico living comercial, cuatro generaciones interpretadas por un grupo actoral que antaño tenía al país pendiente de sus apariciones televisivas y que hoy se anima a jugar un rato a la decadencia, una fórmula conocida en la que Muscari ha generado un estilo propio, reconocible.

El espacio, dividido al medio, propone también una división de sexos: de un lado las mujeres, del otro, hombres. La estética es propia del camp, las estatuas orientales, la heladera anacrónica y las tonalidades fuertes en los vestuarios son decisión consciente y no problema formal. De alguna forma, el conjunto consigue armonía. La trama se organiza alrededor de dos incógnitas muy básicas: ha desaparecido una cantidad indeterminada de dólares de la cartera de Gina (Cecilia Dopazo) y Lelé (Patricia Palmer) quiere explicarle a su madre Aurelia (María Leal) que debe enviarla a un geriátrico. Estas excusas argumentales permiten disparar una andanada de chistes que abundan en referencias a la farándula y lo escatológico. Cada tanto hay separadores musicales, los personajes bailan, los espacios se cruzan y la situación se reacomoda. En Gente feliz todo está expuesto: los problemas sexuales, financieros y los odios se dicen de viva voz. El tono impune que se genera con esto habilita la risa.

Aunque hay muestras de patetismo en el tratamiento de los personajes, se ve también un profundo y sincero amor de Muscari hacia sus criaturas. La obra parece confiar más en las generaciones pasadas y en las futuras, no tanto así en las franjas etarias intermedias. Gente feliz es una buena posibilidad para ver recursos de actor popular, ese que sale a ganarse al público. Patricia Palmer destaca, se alía con la platea desde el comienzo y nunca la abandona. Es también quien mejor organiza otro factor propio de Muscari: sus elencos logran una dinámica familiar que, unida, tira para adelante. El registro de actuación se aleja del realismo típico del teatro comercial. Las marcaciones encuentran una forma de encarar temas trascendentales sin caer en lo solemne. Más que los chistes -que los hay, y quien busque reírse aquí posiblemente lo logre-, es interesante el alto grado de autoconciencia, la metateatralidad plena que se maneja. Los monólogos a público, que el resto de los personajes selectivamente escucha o no, marcan también esta zona difusa entre el teatro y la vida, esa que Muscari gusta de tensar.

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