Libertad Leblanc, regreso sin gloria

Alejandro Cruz
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5 de febrero de 2004  

"La Zorra y los Lolitos" , de Juan Carlos Cantafio y Eduardo Kerzman. Con Libertad Leblanc, Hugo Zanón, Gustavo Guzmán, Miguel Young, Sebastián Bonadeo, Lisandro Rodríguez, Javier González y Sergio Garrido. Escenografía: Cantafio. Música original: René Jacobson. Dirección: Juan Carlos Cantafio. En el Premier.

Nuestra opinión: regular

El cine Premier cumple el próximo 5 de octubre sus 60 años. Libertad Leblanc supera esa cifra.

Con apenas reparar en su hermosa arquitectura, sus detalles o sus lámparas con caireles, cualquiera podrá darse cuenta de que años atrás el cine tuvo su época de esplendor. La diva de los pechos blancos, también.

El Premier siempre fue manejado por una misma familia, como la empresaria Leblanc, que vendió y cuidó a capa y espada hasta los mínimos detalles de la carrera de quien fue un verdadero símbolo sexual.

Básicamente, el Premier es un cine aunque haya intentando (o intente) ofrecer espectáculos teatrales, como la misma trayectoria de la Leblanc, que está marcada por sus más de 40 películas.

Actualmente, a la sala de la avenida Corrientes se la conoce como un "cine de cruce" (o sea, en el cual no se presentan estrenos). A juzgar por la ecléctica convocatoria de la noche del debut de "La Zorra y los Lolitos", el espectáculo que protagoniza Leblanc, quedó demostrado que ella se ha convertido en un personaje de cruce capaz de convocar en la noche del estreno a una platea sumamente variada (desde Ante Garmaz hasta actores del off, pasando por intelectuales de prestigio, la hija de Isabel Sarli o Patricia Bullrich).

Con los años, el Premier se fue viniendo abajo. Lo mismo sucede con este vodevil, muy menor en lo que se refiere a su historia y a su puesta.

"La Zorra y los Lolitos" es casi una obra inclasificable.

Ella y ellos

La pieza tendría todos los elementos para convertirse en un espectáculo de culto gracias, en primer lugar, a la presencia de la diva en medio de un vestuario chillón, esa particular combinación del dorado y el plateado, sus propias risas y risitas de tono erótico, sus jadeos o un sinfín de imperfecciones técnicas al borde del disparate. Sin embargo, semejante arsenal tan rico como línea estética no funciona como tal.

Por momentos, el espectáculo se convierte en un show típico de un lugar gay con esos "lolitos" moviendo las caderas y mostrando su anatomía. Pero tampoco eso funciona. A las escasas virtudes actorales del plantel, los "lolitos" no tienen ni el oficio ni los cuerpos de aquellos strippers que tan bien conocen el paño (aunque el paño sea un diminuto slip).

En varias escenas, el espectáculo es un autohomenaje que se hace (o se deja hacer) Libertad Leblanc. Pero las secuencias cinematográficas que se proyectan de esta diosa de un ingenuo porno soft o son de mala copia o están fuera de foco (para colmo, son proyectadas sobre una pared irregular). O sea, tampoco va.

El director y coautor de la obra, Juan Carlos Cantafio, no le da el marco que uno podría suponer que merece Libertad Leblanc por su trayectoria o por lo que simboliza en el imaginario colectivo. Por ejemplo: en una escena aparece ella con un vestido largo ajustado y de enorme escote. Hasta ahí, digamos, todo bien. Sin embargo, de la espalda le cuelgan dos enormes transmisores de su micrófono inalámbrico. Un detalle muy poco glamoroso para una diva.

Hay que reconocer que si a lo largo de su extensa carrera Libertad Leblanc siempre fue la mejor manager de su propio producto, esta vez la empresaria que cuidaba todos los detalles decididamente bajó los brazos. ¿Se habrá cansado? ¿Estará grande?

La figura mítica recién se intuye al final, cuando la Leblanc canta "Piel canela". Muy poco para una vuelta tan promocionada y esperada.

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