Lidia Catalano sube a escena

Esta noche se estrena en el San Martín "Cuentos de hadas"
Esta noche se estrena en el San Martín "Cuentos de hadas"
Alejandro Cruz
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29 de junio de 2002  

“Vení que te muestro mi camarín”, propone Lidia Catalano. Allí, en el tercer subsuelo del Teatro San Martín, ubicado a pocos pasos del subte, ella inventó su mundo. En realidad, el de ella y el de Carmen, su personaje de “Cuentos de hadas”, la obra de la uruguaya Raquel Diana que se estrena hoy en la sala municipal.

En una de las paredes de su búnker “inventó” una ventana hecha con papeles de color. “¿Pero cómo se abre esa ventana?”, pregunta Martín Lucesole, fotógrafo de LA NACION, ante un postigo que subvierte toda ley práctica y lógica. “Ahhh, qué querés. Carmen tiene lo suyo...”, dice muerta de risa.

Reconozcamos que Lidia Catalano también tiene lo suyo. Por empezar, la más sana de las locuras y mucho (muchísimo) talento. Se podría especular que también se toma ciertas libertadas, como la de inventar una ventana en el camarín, porque el San Martín es un sitio que conoce desde hace años. Su primer trabajo allí fue en “La ópera de dos centavos”, al que le siguieron obras junto a directores de la talla de Jaime Kogan, Jorge Lavelli y –ahora– bajo la batuta de Virginia Lago, en su cuarto trabajo como directora escénica, que comenzó hace dos años con “Crímenes de corazón”, de Beth Henley.

–Acá te habrás mandado unas buenas panzadas teatrales, ¿no?

–Por suerte. Pero también me las di en varios lados. Hedy Crilla, que fue mi maestra, nos hacía transitar por todo tipo de obras; eso fue una experiencia muy importante. De ella aprendí el respeto hacia la obra, por eso estoy acostumbrada a no cambiar nada del texto. Yo tengo que hacerme de ese texto para no ser yo. Eso es lo lindo de todo esto, para eso soy actriz.

–¿Realmente ése fue el punto por el cual comenzaste con todo esto?

–Sí, yo quería jugar, encontrar la forma en que respiran los personajes, descubrir textos distintos.

–¿Y qué le encontraste a “Cuentos de hadas” en su primera lectura?

–La poesía y el saber contar un cuento, un cuento en el que Blanca (Claudia Rucci) cuenta a través de cuentos que le han contado a ella. Así aparece Maruja (Irene Almus), que es su madrastra, y “mi” Carmen. El cuento comienza en 1972 y termina en 1990. O sea, son 18 años en la vida de esta mujer que está gestando un hijo. Y el destinatario justamente de este cuento es su hijo. En ese relato, la obra toca todos los matices: lo alegre, lo dramático, lo trágico. Y como está gestando un hijo, hay esperanza, hay alegría.

–La obra transcurre en años conflictivos, tanto para Uruguay como para la Argentina.

–Más que conflictivos diría que fueron revulsivos para toda América latina. Eso está presente, pero la autora no hace hincapié en ese punto. Es como cuando te encontrás con alguien que ha pasado un gran dolor.

–¿Cómo es tu Carmen?

–Es como un hada madrina, una tía vieja pariente de todos pero tía de nadie. Yo nací en un barrio, Villa Urquiza, y me acuerdo de que la señora que nos daba inyecciones era la que nos traía el pan, ciertos chismes a mi abuela. Esa señora siempre estaba ahí, como Carmen.

–Da la impresión de que sos un poco así, tenés aspecto de madraza.

–Un poco sí, pero tengo mi carácter. A veces quiero matar a varios (se ríe). Pero esta Carmen tiene un color muy especial, muy placentero para transitar. Yo siempre me fijo en eso: en teatro quiero disfrutar. Para sufrir, la vida. Acá lloro, me revuelco, lo que sea, pero tiene que haber placer en el juego.

–¿Fuiste encontrando ese placer durante los ensayos?

–Sí. En ese sentido, la conducción de Virginia Lago fue y es fantástica. Nos fue llevando a un mundo muy especial. Un mes antes de comenzar los ensayos, en el San Martín, nos juntamos en la casa de Virginia e iniciamos un trabajo sensible para encontrar al tono de Blanca, que es la princesa; de Maruja, que es la madrastra, y de Carmen, el hada madrina. En el medio de este personaje aparecen los cuentos de hadas, aparecen Blancanieves, Pepe Grillo, la Cenicienta...

–¿Cuando eras chica te gustaban esas historias fantásticas?

–Mirá, yo nací en una casa especial. Mi abuelo era amigo de Enrico Caruso, que siempre venía a casa y cantaba con mi abuela. Las fiestas eran en medio de mesas enormes y muchísima gente. Mi abuelo era artista plástico y en su estudio, que estaba arriba, había grandes esculturas de cuerpos desnudos. Cuando venían mis amigos se querían morir, imaginate. Para mí todo eso era normal.

–Por lo que contás, tu casa era un cuento en sí misma.

–Mi casa era como una instalación, es cierto. Escuchábamos tangos, óperas y hasta teníamos nuestras grandes veladas radiales.

–¿Cuántos hermanos eran?

–Entre hermanos y primos éramos 9 o 10 chicos. Era una casa muy especial. Por ejemplo, inventábamos obras de teatro para quejarnos de ciertas cosas.

–¿Les daba resultado?

–No sé, pero a los adultos les gustaba lo que hacíamos. Y después de la obra, nos contestaban y nos daban sus razones. Era muy divertido.

La escena como juego

Para Raquel Diana, el estreno de “Cuentos de hadas” será su primer trabajo en tierras argentinas luego de una larga trayectoria como actriz y dramaturga en el mítico teatro El Galpón, de Montevideo. Para Virginia Lago, un nuevo paso en su carrera como directora teatral.

–¿Cómo es trabajar bajo la dirección de una actriz?

–Fantástico, porque sabe cuando estás cómodo en el fluir de tu fantasía, y sabe cuando te frenás por pudor o por falta de convencimiento. Sabe mirar, sabe leer el cuerpo, sabe contemplar. Yo pinto, y cuando uno va a las exposiciones tenés que vaciarte del conocimiento y contemplar. De alguna forma, es lo que hace ella.

–¿Pintás a tus personajes?

–Hago dibujos. Pero con Carmen todavía no me metí. En general, dejo que transcurra el tiempo porque en cada pasada (me gusta decir pasada mas que función) se van viendo cosas distintas. Virginia recién me decía que intentara alojarme en tal lugar, pero ya ni recuerdo en qué estaba. Pero ante cada pasada vos sabés qué tenés que tocar para llegar ahí; claro que hay imponderables todo el tiempo. Te cuento uno: durante las pasadas yo prendo unos carboncitos. La otra noche, ¿sabés lo que hacía el humo? Hacía como unas nubes y yo hacía así (hace el gesto de soplar). Y las nubes avanzaban. Era una joya. ¿Ves? Este personaje me permite estas cosas...

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