Los rostros de Alicia Berdaxagar

Hoy estrena El último yankee , de Arthur Miller, en el Regio, con dirección de Laura Yusem
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20 de abril de 2007  

Para acercarse a conocer algo de lo que piensa, siente o sueña en relación con su trabajo hay que derribar varias murallas. Alicia Berdaxagar no tiene muchas ganas de hacerle fácil la tarea a quien quiera saber un poco más allá de lo que ella ya tiene calculado como límite de entrega mayor. Apenas se inmuta cuando ve llegar a esta cronista y a la fotógrafa, un poco retrasadas por la tormenta del martes, al Teatro Regio, donde mañana subirá a escena El último yankee , de Arthur Miller, con dirección de Laura Yusem. Recostada sobre una de las escalinatas del hall, casi no se mueve; sólo estira una mano para saludar e, inmutable, espera que comiencen las preguntas.

Habla bajo, en forma pausada; mira hacia algún punto distante. Si fuera sólo por el tono de voz costaría reconocerla como la misma que le puso el cuerpo a la matriarcal protagonista de Las de Barranco , una de las últimas piezas que protagonizó, pero si uno se guía por la mirada, la distingue clara, altiva, segura de sí misma.

En cada palabra se percibe esa misma seguridad que la llevó hace más de cincuenta años -después de sufrir un desplante-, a considerar que no necesitaba representante, idea que hasta aún hoy mantiene y con la que se llevó muy bien considerando que en tanto tiempo de carrera sólo durante 1990 y 1994 no trabajó. El resto, protagonizó decenas y decenas de obras -hasta superar holgadamente la centena-, muchas de las cuales la llevaron de gira por lugares lejanos e inolvidables. Carrera envidiable, en la que se dio el gusto de poder elegir muy libremente qué papel tomar y cuál dejar pasar, a tal punto que casi no se quedó con ganas de interpretar demasiados papeles. "Ahora ya no podría, pero en su momento me hubiese gustado hacer La señorita Julia , pero no mucho más. Es que he hecho a tantas mujeres", dice, casi admirada de sí misma, y suavecito empieza a notarse cierta apertura en la mirada, en el tono de voz, en el cuerpo. Alicia ya no está en guardia.

-¿Qué fue lo que te llevó a aceptar este personaje de El último yankee ?

-La atracción mayor estuvo dada por el desafío que significaba hacer a una mujer temerosa, sometida, depresiva que, a la vez, tiene algunos mambos en su cabeza, como casi el capricho de aprender tap. Además, después de hacer cuatro años a la Margarita de Copenhague , un personaje muy sufrido; luego de María Barranco y de, por sólo dar otro ejemplo, La Bernhardt , necesitaba correrme de ese registro, de esos tonos.

Tanto necesitaba acercarse a otra propuesta, que este año ya rechazó dos proyectos teatrales porque los consideraba extremadamente tristes. "Si bien la obra de Miller tiene momentos tremendos, también tiene, no te digo pasos de comedia, pero sí situaciones que te permiten jugar en forma más distendida. De hecho, estoy convencida de que es una obra muy accesible para el público; en algunas escenas se va a divertir, va a encontrar espejos, pero después lo hace bolsa. Tiene de todo."

A esta altura de la entrevista, ya no quedan rastros de resistencia por parte de Alicia. Sigue sentada en la escalera, pero ya no recostada sino incorporada, más atenta, más predispuesta a la sonrisa.

-¿De todos los personajes que hiciste, cuáles son los que recordás con más cariño?

-Amé a la Liubov de El jardín de los cerezos , pero, en realidad, mis mejores recuerdos son más bien momentos chiquitos, aislados, sobre todo de la época de los ensayos. Me gusta la época de la búsqueda, cuando estás ahí y no sabés bien para qué lado agarrar. Un momento inolvidable fue cuando vino Gerardo Gandini e hizo la música de una escena de El jardín... y le salió ese valsecito que nos mató a todos. Más acá en el tiempo, hice un personaje no central, en Veraneantes , de Gorki -en la que también me dirigía Laura Yusem-; era una medio locatelli , y no me puedo olvidar del momento en que me tiraba bien delante del público, en la Sala Casacuberta, y me comía con deleite los pétalos de las rosas, un momento muy sutil Otro, con La Bernhardt , cuando buscaba cómo acercarme a ese personaje, no físicamente, sino en sus histerias, sus raptos [Se entusiasma y continúa.] Tengo otro Haciendo [La casa de] Bernarda Alba , un día me pasó en plena función que sentí odio verdadero y me sorprendió porque no es un sentimiento que haya experimentado nunca; me acuerdo de mi posición en el escenario, hacia dónde miraba Fantástico.

Y ahora, con su Karen Frick, de El último yankee, seguramente ya está encontrando momentos que luego serán gratos recuerdos. Es que Alicia Berdaxagar se mueve sobre terreno firme. Conoce a la directora, con quien ya trabajó en tres oportunidades y sabe que Yusem da esos permisos que ella necesita para investigar, buscar y descubrir cómo llegar a su personaje. "No es una directora que viene con el papel dibujado y con una idea cerrada sobre lo que quiere, sino que el personaje se va creando con ella y, por supuesto, con el autor".

Con esa certeza, la actriz se despide, dichosa.

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