Macbeth vs. Macbett
En la temporada de verano de Stratford upon Avon, ciudad natal de Shakespeare, se puede asistir hoy (si las inundaciones lo permiten) a un torneo singular: el Macbeth original y el Macbett de Ionesco, representadas ambas obras en el Swan Theatre. Como era previsible, la crítica ha sido muy exigente con ellas. En el Times Literary Supplement del pasado 6 de julio, Eric Griffiths dispone de dos densas páginas para reseñar el acontecimiento. Vale la pena transcribir algunos párrafos, para advertir también -de paso- hasta qué punto los críticos ingleses no se andan con vueltas para dar sus opiniones.
La reseña empieza por esclarecer el papel de las brujas en la obra de Shakespeare y, en general, en las Islas Británicas durante los siglos XVI y XVII. No es improbable, dice Griffiths, que al crear a esas tres hermanas agoreras, el Bardo tuviese la intención de halagar al rey Jacobo I (y VI de Escocia; recordemos que, por una de esas ironías que suele gastar la historia, el heredero de Isabel I resultó ser el hijo de su rival y víctima, María Estuardo), empeñoso enemigo personal de los brujos y las brujerías, y, a la vez, burlarse sutilmente de su credulidad. Sea como fuere, en esta versión de Macbeth, dirigida por Conall Morrison, se añade un prólogo en el cual las hechiceras aparecen sentadas entre el público, discutiendo los méritos de sus respectivos trabajos de tapicería y comentando que el general Macbeth ha asesinado a sus hijos, por lo cual no se detendrán hasta vengar el crimen y llevar al criminal a la ruina.
A partir de ahí, el director Morrison pasea a las brujas de aquí para allá: les encomienda deslizar las dagas en las manos de lady Macbeth y hasta usurpar una línea de ésta. Cuando la sanguinaria dama empieza a delirar con grandezas al recibir la carta en la que su marido le informa de los beneficios que el rey Duncan le ha otorgado, y asume que la corona de Escocia ya está en la cabeza del recién nombrado señor de Cawdor, al criado que le anuncia la llegada de Duncan al castillo, ella responde con un sobresalto: "¡Estás loco!". En la versión de Stratford, esas palabras las dice una de las brujas, desde la galería.
* * *
La reseña no es piadosa con el Macbett de Ionesco, que conocimos aquí en 1973, en el San Martín, dirigida por Jorge Lavelli. Tal vez resulte obvio decir que "comparado con Shakespeare, Ionesco es lerdo de ingenio, o tal vez «periodístico» sea la palabra más adecuada". Griffiths lo acusa de superficial y palabrero, pero se deshace en elogios al director, el rumano Silviu Purcarete, "uno de los más traviesos y distinguidos hombres de teatro del momento". Lástima, dice, que no haya dirigido él también el texto original. A continuación, el vapuleo. "Ambas obras -advierte- carecen de suficientes ensayos, lo que es bastante común hoy en día en el teatro inglés clásico. La traducción de Ionesco, hecha por Tanya Ronder, es imposible de decir. En una entrevista con el Birmingham Post, Purcarete dijo que la traducción era algo diferente, en espíritu, del original, y que el principal problema era encontrar el tono adecuado para decirla. No importa cuánto se empeñen, no podrán encontrarlo. Porque, además, algunos de estos actores ignoran lo que es un tono: recitan los sutiles matices de Shakespeare con la hueca y monótona rutina de un contestador telefónico cuando nos invita a oprimir la tecla uno."
En la nota hay interesantes reflexiones sobre la técnica de Shakespeare desde el punto de vista de la puesta en escena. "Shakespeare inventó la entrada inesperada de los personajes por detrás, un efecto que los directores suelen modificar porque creen que la acotación es errónea. En la edición del Folio, Macbeth entra por detrás sin ser visto por Macduff, mientras que éste interroga al portero: «¿Está tu amo desperezándose?». Las ediciones posteriores hacen que Macbeth entre después de la pregunta de Macduff, pues les parece absurdo que éste la formule cuando el público ya está viendo al protagonista. Pero Macduff no tiene espejo retrovisor "







