Neón

Alejandro Cruz
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1 de junio de 2011  

Autor : Agustina Muñoz. Intérpretes : Laura Paredes, Alberto Rojas Apel, Lalo Rotaveria, Matias Umpierrez, Elisa Carricajo y Cecilia Rainero. Apoyo en dirección y coreografía: Barbara Hang. Escenografía : Oria Puppo. Vestuario : Micaela Sleig. Luces : Leo Daiuto. Dirección : Agustina Muñoz. Sala : El Camarín de las Musas

Nuestra opinión: buena

Dos hermanas viven en medio de una ciudad que atraviesa un estado de ebullición cercano al caos y a la devastación. Un mínimo departamento oficia de búnker, de refugio, de escondite. Hasta allí llegan tres hombres: uno de ellos acaba de arribar de Berlín y dice ser primo del novio de una de las hermanas. La otra también está de novia y su pareja es el último en llegar a ese refugio un tanto desvencijado. Falta un personaje, cierto: una vecina que vive algunos pisos abajo. Allí, a su manera, sobreviven mientras una ciudad parece desintegrarse.

A medida que avanza la historia de Neón , el último trabajo de la talentosa Agustina Muñoz, comienza a tomar forma la trama de estas tres mujeres y sus respectivas historias de (des) amor. Apoyado en los relatos de las dos hermanas, roles a cargo de Laura Paredes y Elisa Carricajo, Neón alcanza sus picos máximos de tensión. Apelando a ese realismo corrido de registro que ciertos montajes de la escena alternativa porteña manejan con suma inteligencia, la obra se expande, crece, encuentra su comicidad allí donde anida algo cercano a la desesperación. En esas fibras, Paredes y Carricajo, integrantes también del grupo Piel de Lava, despliegan una batería de recursos admirables cargándose la obra al hombro.

Sea por la contundencia de sus trabajos o por las claves que están en el mismo texto, los personajes masculinos (a cargo de Alberto Rojas Apel, Lalo Rotavería y Matías Umpierrez) pierden convicción más allá de su logradas interpretaciones. Desde esta perspectiva, puede suceder que queden opacados frente a la infinidad de dobleces que entabla el trío femenino en el cual se percibe un claro crecimiento dramático. De hecho, son ellas tres las que acaparan la bella escena final en la que la desintegración de la ciudad en la que viven pasa a un segundo plano porque son las tres, en carne viva, las que se desintegran por amor. O, cabe pensar, que la desintegración de ese entorno toma cuerpo en ellas mientras una luz de neón de un cartel vecino sigue titilando como si fuera un faro ubicado en medio de una civilización en ruinas.

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