No me vuelvas a hablar de amor: el dolor como salvación

Fuente: LA NACION
Gabriel Isod
(0)
22 de abril de 2018  

Muy buena / Dramaturgia y dirección: Juan Washington Felice Astorga / Intérpretes: Alejandro Babouian, Gastón Colucci, Vivi Marcovich y Sofía Padelletti / Escenografía: Guillermo Bechthold / Vestuario: Emme Vázquez / Maquillaje y peinados: Eliana Barrios / Música original: Dana Marcovich / Coreografías: Micaela Minervino / Sala: La Tertulia, Gallo 826 / Funciones: Domingos, a las 20 / Duración: 80 minutos.

Las recurrencias en las piezas de un trabajador incansable como Juan Washington Felice Astorga habilitan a considerarlo uno de los verdaderos autores que tiene el teatro independiente. Sus obras suelen comenzar con escenas subidas de tono que no omiten lo escatológico, el grito, un exceso que pone un límite al verosímil tolerable por el espectador. Sin embargo, con el correr de las escenas, todo eso se invierte y el conjunto se transforma en algo íntimo y conmovedor. No me vuelvas a hablar de amor es un legítimo exponente del teatro de este autor.

La escenografía se compone de sillones y muebles transparentes. Esto, junto con una iluminación que a menudo surge desde el interior de la escena, constituye una lograda metáfora en una propuesta que juega constantemente con lo que se ve y lo que se oculta. La trama toma a una pareja que está al borde de la disolución: Adriana y Ramiro. La primera se abre camino a los gritos, expone una gran pasión que contrasta con el quietismo de su cónyuge. Pronto, se enteran de que ambos tienen amantes y eso se transforma en un punto de interés mutuo. Ambos coinciden en invitar a sus amantes a una cena. Así, a partir de la segunda escena, se verá la interacción entre las dos parejas. Esto puebla la obra de silencios efusivos, todo lo que se dice y muchos de lo que se calla pasa a tener una intención oculta. Esos gritos que armaban la primera escena son ahora ahogados, la interioridad va ganando y se vuelve fascinante. Todos los personajes sueñan aquí con ser otra cosa, uno quiere ser pájaro, otra querría ser hombre. Ninguno de estos seres está cómodo en el lugar en el que está y, sin embargo, no parecen conseguir salirse de esa lógica creada. Son amantes con el deseo extraviado, perdido en una rutina que todo lo aplaca. Alejandro Babouian y Vivi Marcovich, los convidados de piedra en este encuentro, consiguen una hondura extraordinaria en sus momentos de introspección.

Falta precisión en los enlaces entre escenas, pero el grado de artesanía en los recursos hace que esto no haga ruido con una totalidad más fuerte. La pieza que parecía, en un comienzo, buscar provocar desde el choque, se transforma en algo íntimo, en una insatisfacción poética a la que es difícil poner nombre pero que atraviesa a todos. Traer a los amantes a cenar es, aquí, un llamado desesperado para mantener unida a una pareja, como si exponer las zonas dolorosas fuese una tabla de salvación. El teatro de Astorga tiene riesgo, profundidad, artesanía y un contacto íntimo con el espectador. Básicamente, casi todo lo que uno busca en el teatro.

MÁS LEÍDAS DE Espectaculos

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.