"Norma", en una acertada versión

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10 de mayo de 2003  

Tragedia lírica en dos actos. "Norma", de Vincenzo Bellini. Libreto de Felice Romani sobre la obra homónima de Louis Alexandre Soumet. Elenco: Haydée Dabusti (Norma); María Luján Mirabelli (Adalkgisa); Carlos Duarte (Pollione); Ricardo Ortale (Oroveso); Ana Laura Siniscalco (Clotilde); Carlos Natale (Flavio), y Julieta Jazmín Gibert, Camila Oriana Timbele y Natalia García (hijos de Norma). Regie y ambientación: Jorge Luis Podestá. Diseño de luces: Oscar Bonardi. Vestuario del Teatro Colón seleccionado por Héctor Luengo.

Nuestra opinión: muy bueno

"Norma", de Vincenzo Bellini, tuvo, en el teatro Avenida, una versión digna, ajustada a los más clásicos postulados de la lírica tradicional en lo que hace a la puesta escénica, y una vibrante interpretación por parte de la directora de orquesta Susana Frangi, que, como bien se sabe, es quien sobrelleva la responsabilidad de respetar el estilo y los conceptos musicales.

Con la colaboración de un conjunto instrumental con experiencia en el mundo de la ópera -algunas leves fallas de ejecución no llegaron a desmerecer el buen nivel alcanzado-, la idónea música argentina acertó con el protagonismo de la melodía cadenciosa de largas y serenas frases que distinguen al autor e insufló la vibración que la intensidad dramática de la obra requiere, con el criterio de buscar el modo de no retener los tempi en demasía, sino, por el contrario, inyectándole buena cuota de mayor liviandad al discurso.

Buen nivel vocal

Desde luego que la primordial condición que domina a toda versión de "Norma" es la de contar con un cuarteto de cantantes de muy buenas aptitudes vocales y musicales, y en este sentido la actuación de la soprano Haydée Dabusti no dejó dudas de su idoneidad, resistencia física y arrojo para enfrentar tamaña responsabilidad artística.

Nobleza en el decir, canto matizado, buena presencia y un estudio sumamente prolijo fueron aspectos que dieron como resultado que Dabusti coronara una actuación significativa que seguramente se habrá de afianzar en las próximas funciones.

Del mismo modo se ratificó que María Luján Mirabelli es una cantante de muy buen nivel que basa su arte en la autoridad del decir, otorgando énfasis a los diferentes pasajes del canto. Probablemente no sea Adalgisa el mejor personaje para sus dotes, en especial cuando en los dúos debe encarar los pasajes de agilidad, pero todo en ella, más allá de algunos momentos algo pálidos en el sonido, es ejemplo de solvencia.

A Pollione, el procónsul romano, envuelto en tan tormentosa historia amorosa, Bellini le reservó la parte más ingrata, como si el autor se hubiera querido desquitar de los divos tenores de su época. Canta pasajes de indudable dificultad, interviene en dúos, tríos y concertantes, pero finalmente queda en un segundo plano frente a las damas.

Por eso es justo señalar que la labor del tenor Carlos Duarte fue muy buena, al ser fiel a lo dispuesto por el autor y expresar con voz sonora y vibrante. Aunque también hubo pasajes que se escucharon algo forzados, con pérdida del color y flexibilidad.

Ricardo Ortale mantuvo un correcto nivel a lo largo de toda la representación en el papel de Oroveso, al igual que Ana Laura Sinescalco y Carlos Muñoz, mientras que las niñas Julieta Jazmín Gibert y Camila Oriana Timbele, como las pequeñas hijas de Norma, actuaron con llamativa desenvoltura para su corta edad.

Puesta respetuosa y sobria

La puesta escénica, con la regie y ambientación de Jorge Luis Podestá, fue sobria, por momentos plásticamente bella y siempre lógica para el desarrollo de la historia, que no por simple deja de tener la necesidad de una marcación actoral que cuide los detalles que hagan creíbles las reacciones anímicas derivadas del drama.

Con el apoyo de una buena iluminación, diseñada por Oscar Bonardi, y con el aporte de la sastrería del Teatro Colón, cuyo vestuario es siempre de alta jerarquía, Podestá ofreció un espectáculo que, como ya se ha dicho, se distinguió por su lógica y sobriedad.

El coro, preparado por Alejandro Lasedra, actuó con buen nivel, siguiendo a la batuta de la directora de orquesta con respetuoso resultado, y en ese sentido su rendimiento fue muy aceptable en las escenas concertadas del primero y último actos, donde se logró un final sumamente emotivo, al que contribuyó la idea del regisseur al mostrar a las dos hijas de Norma junto a Oroveso y en señal de reconocimiento y perdón.

En definitiva, se advirtió, tanto en el ensayo general como en la primera función, que la compañía se movió impelida por una enorme vocación profesional colectiva donde primó el deseo de hacer ópera sólo por amor al género.

Este proyecto y realización hacen pensar en la posibilidad de que otros grupos de artistas líricos continúen en el esfuerzo de servir al género con seriedad y rigor en la preparación, prolongando en el tiempo este momento tan positivo para el quehacer lírico nacional, más allá de la difícil situación que genera el trabajo sin retribución económica.

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