Palomas con humor negro

Ernesto Schoo
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6 de diciembre de 2001  

"El mal de la paloma", de Omar Aíta. Con Silvia Dietrich y Luis Solanas. Dirección: Mónica Viñao. En la Sala Contemporánea del Centro Cultural Recoleta, Junín 1930, viernes y sábados, a las 22.

Nuestra opinión: bueno.

El juego del personaje ausente funciona a la perfección en este breve ejercicio de expresividad vocal y física. En realidad, Sandra - o Paloma, como su padre (¿pero es realmente su padre?) prefiere llamarla- está presente, virtual pero inmensa, pavorosa y destructora, y es la verdadera protagonista de "El mal de la paloma". Un ave cuya frecuentación, en precarias condiciones de higiene, puede provocar serios trastornos que conducen a la parálisis progresiva y a la muerte.

La dramaturgia, o texto, de Omar Aíta (merecedor, por esta obra, de la primera mención en el concurso de teatro de cámara de la Comedia bonaerense) simula, al comienzo, adherir al consabido costumbrismo porteño: lugar de la acción, modos del habla, conflicto doméstico. Pero una fuerte distorsión expresionista acecha a los localismos, los pervierte, trastornándolos y convirtiéndolos en un descenso a los infiernos. Irma y Osvaldo, una pareja de clase media para abajo, suburbana, se casaron cinco años atrás: él dedica más tiempo y atención a la crianza de palomas que a su mujer; ella ansía con vehemencia tener un hijo. Osvaldo ejerce un machismo rampante, al que Irma simula someterse, mientras incuba una ferocidad no menor que la de su marido. El lenguaje es cotidiano, soez; la violencia física, habitual.

Irma finge un embarazo y concurre a un hospital donde el matrimonio secuestra a una recién nacida. Invisible pero omnipresente, Sandrita, o Paloma, crece según el canon de las aves que su padre cría: como ellas, come y descome sin cesar, y es pérfida y agresiva. La enfermedad que finalmente aniquila a Osvaldo no es únicamente física, sugieren el autor y la directora, mediante un hábil recorrido dramático: es algo mucho más siniestro, porque proviene de una ausencia, más que de la presencia de un mal tangible.

Viñao evoca con certeza la requerida atmósfera de humor negro, donde el pintoresquismo del sainete porteño abre la puerta más allá de la cual se pierde toda esperanza, y exige de sus actores, como siempre, una entrega física y vocal que parecería estar más allá de las capacidades naturales. Silvia Dietrich y Luis Solanas superan esa barrera y logran sendas composiciones escalofriantes.

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