Terminó la Fiesta Nacional del Teatro

Asistieron cerca de veinte mil personas
Alejandro Cruz
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26 de abril de 2004  

RAFAELA.-- La decimonovena edición de la Fiesta Nacional del Teatro llegó a su fin. En un nivel del relato, los datos indican que en 10 días en esta ciudad santafecina se ofrecieron 42 espectáculos (contando la muestra nacional y la local), que fueron vistos por una cifra --todavía no oficial-- que podría trepar hasta los 20 mil espectadores (tomando en cuenta las subsedes). Que la demanda del público fue tan impresionante que algunas obras debieron agregar hasta dos funciones con horarios tan extraños como el de las 14 (hora en la cual acá se debería estar durmiendo la siesta). Que las entradas se evaporaban al mediodía con colas que comenzaban bien temprano. Que hasta algunos profesores secundarios dejaban a sus alumnos libres para que pudieran conseguir su deseado ticket, que costaba dos pesos. Que hubo homenajes, talleres, charlas, debates y seminarios. Que estuvieron China Zorrilla, Paco Giménez, Daniel Veronese o Rubén Szuchmacher, entre otros teatristas. Que para muchos el estar aquí implicó conocer las bondades de esta ciudad y hasta descubrir una sala como la del Centro Cultural La Máscara, un espacio polifuncional de primer nivel. En fin, que sencillamente esto fue un éxito más allá de algunos desajustes comprensibles para quienes no tienen la gimnasia de generar acontecimientos de este tipo. Hasta ahí, todo bien.

Pero, como en cualquier tipo de experiencia, el día después se abre el juego a las reflexiones para que el próximo encuentro sea necesariamente superador.

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Para Rafaela, ciudad anfitriona y una de las organizadoras de la fiesta junto al Instituto Nacional del Teatro (INT) y la provincia de Santa Fe, el balance es altamente positivo. Por un lado, ni los mismos organizadores se imaginaban la adhesión que tuvieron con salas llenas, excelente respuesta mediática y un público muy respetuoso. En lo organizativo, la gente de la Municipalidad se puede sentir orgullosa. Pero justamente sobre esa gente recae la responsabilidad de que la fiesta que acaba de finalizar en el cine/teatro Belgrano (la sala más amplia) no sea un hecho aislado que con el tiempo caerá en el olvido. El tiempo también demostrará si la Municipalidad y la provincia gastaron dinero o lo invirtieron. La ciudad en sí misma, su infraestructura y la sensibilidad de su gente merecerían que proyectos de este tipo convirtieran a Rafaela en una plaza cultural con un calendario artístico y una impronta propia (como las hermosas y antiguas carteleras municipales que 47 artistas locales transformaron en imaginativas instalaciones, desparramadas por la ciudad).

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Para el Instituto Nacional del Teatro se abre otro desafío: las fiestas como tales ya están establecidas casi por derecho propio de los teatristas. Pero si los organizadores se siguen quedando en cumplir convocando anualmente a un encuentro que reúne a elencos de todo el país, ese formato no presenta un desafío latente. La fiesta necesariamente debería dar un salto en la calidad de los espectáculos (y esto es responsabilidad de los jurados y, en última instancia, de los teatristas). Si uno se queda con la imagen del público aplaudiendo un espectáculo de dudoso rigor puede llegar a conclusiones mentirosas. Hasta esa postal puede hablar no tanto de la calidad del espectáculo, sino de la necesidad de la gente de confrontarse con un acontecimiento de este tipo. El comité curatorial debería fijar criterios y hacerse cargo de ellos. Debería fijar pautas. Quizás una provincia no deba estar representada por un espectáculo si es que ninguno alcanzó determinado piso, y sí estar representada por una nutrida delegación de teatristas que aprovechen el ámbito para la formación, el intercambio y el crecimiento. Porque el espectador merecería también ser cuidado y formado para que sea cada vez más exigente, para que en su descontento motive la reflexión de los artistas.

Pero para que estas hipótesis (o tantas otras) funcionen debe haber un profundo replanteo de los objetivos de este encuentro escénico. Pensar nuevos sentidos para la Fiesta Nacional del Teatro, sentidos que respondan a un plan maestro, con objetivos a corto y largo plazo.

De no ser así, las fiestas continuarán siendo maratónicas jornadas que, para el espectador, estarán regidas por alguna de estas tres variables: ver las obras de directores consagrados de determinadas ciudades con alto nivel de producción teatral (como la Capital Federal, Córdoba, Rosario o Mendoza), esperar que surja un tapado (por suerte, siempre los hay) o presenciar una franja de espectáculos con muy serios problemas, producto de la enorme e injusta desigualdad económica que existe entre las distintas provincias del país. Como espectadores, esa Fiesta Nacional del Teatro, sea en Rafaela o Mendoza, ya la conocemos.

¿No habrá otra posible?

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