Texto demandante, espectador consciente

Federico Irazábal
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25 de junio de 2014  

El dragón de oro / Autor: Roland Schimmelpfennig / Elenco: Julio Hirsch, Sebastián Marino, Gerarde Serre, Victoria Solarz y Andy Vertone / Escenografía e iluminación: Magalí Acha / Música original: Alejandro Nuin / Asistencia de dirección: Ariel Lutzker / Dirección: Uriel Guastavino / Sala: Beckett, Guardia Vieja 3556 / Funciones: Sábados, a las 22 / Duración: 70 minutos / Nuestra opinión: buena

Durante muchos años tuvimos la fortuna, gracias a una política muy activa en materia cultural del Goethe Institut, de conocer bien de cerca lo que iba ocurriendo con la dramaturgia y con el teatro alemán contemporáneo. Una política que nos permitió conocer que había teatro más allá de Brecht. En los últimos años esto, que fue una política cultural, se convirtió en una posibilidad aislada, motivada por individuos.

De esta fuerza surge el estreno de El dragón de oro, una pieza escrita por Roland Schimmelpfennig en 2010 y que podría ser pensada como un compendio de aquella teatralidad, que, a su modo, es también la nuestra. Schimmelpfennig escribe una pieza que quiebra absolutamente con el sistema ilusorio y de representación de la dramaturgia clásica, que busca mecanismos novedosos para lograr un espectador consciente que pueda seguir no tanto el argumento -que lo tiene como la filosofía política que vehiculiza al espectáculo. Los actores "actúan" y narran de manera permanente sin generar la ilusión del "como si" tan necesario en el teatro de pretensiones realistas. Aquí el trabajo sobre el realismo está en la estructura y no en la adecuación del argumento a una verdad ya conocida.

Para ello el autor ubica la escena en la cocina de un restaurante de otra nacionalidad, para hablar de explotación en un mundo de flujos migratorios permanentes, y cuenta la vida dentro de la misma cocina, así como cosas que suceden en el salón o en departamentos aledaños; a su vez, cuenta historias de humanos, pero también se encuentra la brillante "fábula" de la hormiga y el grillo, que parodia la estructura moralizante de las fábulas infantiles en un texto que cuestiona a la sociedad capitalista contemporánea, pero sin bajada de línea.

La escena está muy bien resuelta en lo escenográfico, ya que apela a la economía y a la practicidad para poder armar y desarmar los espacios con celeridad. Unas estructuras de madera alcanzarán para esa tarea. En las actuaciones es donde se ven las dificultades ya que la demanda del texto es superlativa y si bien todos logran intensidad en la narración no ocurre lo mismo en los momentos de juego de representación, en donde cinco actores deberán hacer una veintena de personajes, sin búsqueda de coincidencia ni en lo genérico ni en lo etario. Y la puesta justo allí se ralentiza por la innecesaria "composición" de la mujer.

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