The quiet volume: murmullo de libros, mirar a los ojos

Leni González
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17 de octubre de 2017  

The quiet volume (reino unido/alemania) / Autoría y dirección: Ant Hampton y Tim Etchells / Voces: Luz Algranti, Paula Porroni, Diego Jalfen, Boris Villamarin, Ana Baidembaum / Sonido: Ant Hampton y Tito Toblerone / Producción: Ciudades Paralelas y Vooruit Arts Centre, Ghent / Duración: 60 minutos / Sala: Biblioteca Nacional de Maestros, Pizzurno 953 / Funciones: martes a viernes, de 14 a 20 / Nuestra opinión: buena

El sordo le dice al ciego lo que no puede ver y el ciego le explica al sordo lo que este no puede escuchar", leemos en Klaus y Lucas, de Agota Kristof, y quizá por un instante seamos uno y no un par de desconocidos. La primera persona del plural esta vez cobra sentido. Porque en The Quiet Volume se comparte de a dos el intransferible acto de la lectura en silencio. Libros superpuestos por igual, de un lado y otro del escritorio: Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago; Cuando fuimos huérfanos, de Kazuo Ishiguro, el de Kristof; un cuaderno de tapas verdes con anotaciones; y solo un ejemplar de Cityscapes, del fotógrafo Gabriele Basilico. Libros que serán recorridos por los ojos y los dedos de estos casuales lectores performáticos, obedientes a la otra lectura, la que escuchan por los auriculares, mandato al que se entregan sentados codo a codo, sin mirarse a los ojos, concentrados en una acción. No hay otra manera de comprometerse en este romance de una hora. Superpuestas como páginas son también las experiencias que se acoplan al entrar en la biblioteca, un ritual en retirada, donde se pisa el silencio y se abren los tonos del susurro, los soplidos, el murmullo, las capas de lo incidental. Las diferentes voces por el auricular, el contacto con el cuerpo volumen, el blanco de las hojas, el grosor de las letras proponen el reconocimiento sensorial de la lectura. Los textos, leídos al ritmo de cada uno, viajan por las páginas y dialogan entre ellos como si estuviéramos ahí, llevándonos de la mano hipnotizados y conscientes de que somos dos, al mismo tiempo y en el mismo camino. La ilusión termina al sacarse los aparatitos y cruzar el umbral de regreso a lo que no se puede compartir.

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