Un dilema moral y político

Jazmín Carbonell
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27 de agosto de 2017  

AMARILLO

De: Carlos Somigliana/ dirección y adaptación: Facundo Ramírez/ intérpretes: Patricia Becker, Gustavo Chantada, Manuel Fernández Othacehe, Pablo Finamore, Matías Garnica, Luciano Linardi, Mario Mahler, Manuel Martínez Sobrado, Mario Petrosini, Facundo Ramírez, Luciana Ulrich, Manuel Vignau/ escenografía y vestuario: Pía Drugueri/ luces: Roberto Traferri/ maquillaje: Dora Angélica Roldán/ asistencia de dirección: Manuel Fernández Othacehe, Jazmín Ríos/ sala: Teatro Celcit (Moreno 431) funciones: domingos, a las 16/ duración: 90 minutos/ Nuestra opnión: muy bueno

Cuando en 1959 el reconocido dramaturgo Carlos Somigliana escribió su primera obra, Amarillo, la situó en la antigua Roma de 123 a.C. para poder visibilizar los problemas humanos y su perdurabilidad a través de los siglos. La estrenó pocos años después y se convirtió junto con sus contemporáneos Halac, Cossa, Dragún, De Cecco, Rozenmacher y Walsh en un gran exponente de lo que se llamó la generación del 60, una camada de autores notables que incorporó temas y refrescó el panorama un poco aquietado.

Gran parte de este grupo fundó una línea dramática realista reflexiva, que incluía a la poética de Arthur Miller fusionada con la textualidad propia de estos lugares como el costumbrismo y el realismo heredado de Florencio Sánchez. El resultado: unas cuantas obras en relación necesaria con la realidad de su época y su objetivo de probar una tesis social.

Facundo Ramírez hace la prueba y la trae a nuestros tiempos. La tarea es ardua e implica a un espectador interesado. Es que aquí el conflicto y la tragedia serán políticos y el héroe tendrá la misión de salvar a su pueblo. Pero, claro, como en todo conflicto tiene que haber un oponente; los villanos en esta historia son los Patricios que representan ni más ni menos que la clase influyente y establecida en el poder desde hace tiempo en aquella Roma.

Cayo Graco (Manuel Vignau) es un joven con sed de justicia y libertad para su pueblo. Su hermano ha perdido la vida por la misma causa pero aun así su deber lo manda. Se presenta entonces a elecciones, pero sus reformas son tan profundas que rápidamente los nobles romanos encuentran en él al peor enemigo. Y el pueblo (representado por tres ciudadanos) parece oírlo al comienzo, pero luego inclinarse por el poder establecido aunque sus intereses los destruyan por completo.

El diseño espacial circular aprovecha muy bien la planta escénica del Celcit, que tiene plateas en dos de sus costados. Los espectadores aquí, además de ser público, sentirán la proximidad del debate político que se abre frente a ellos. Un espacio que remite al foro romano, o al ágora griega, capaz de contener a los diferentes sectores y donde se dan los debates y la discusión política e ideológica. Pero, tal como lo describía el investigador teatral Osvaldo Pelletieri, el personaje antihéroe (acá Cayo Graco) sucumbirá frente a su accionar y perderá. Sus villanos serán invencibles.

La tragedia es política y se resignifica, aquel color que tituló la pieza hace casi 60 años y que hacía referencia al color del oro y de la envidia ("la peor de las pasiones porque es el crimen de los mediocres" se oye decir en la pieza) hoy necesariamente tiene otro impacto. Y, en este sentido, sigue vinculada a la realidad de su propia época.

Las actuaciones acompañan a un texto que es extenso y por momentos tirano. Interesante sí pero protagonista, situación que obliga a poner a todos los demás componentes escénicos a su servicio. El uso del tú, tal como lo propuso Somigliana, genera una distancia que, en definitiva, no hace más que profundizar la posibilidad de repensarnos y ver cómo continuamos siendo, tristemente, los mismos.

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