Un festival desparejo y sin perfil propio

Durante nueve días, 300 teatristas de todo el país expusieron sus trabajos en 19 salas porteñas
Alejandro Cruz
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20 de marzo de 2006  

Anteanoche, con un acto con discursos y premios que tuvo lugar en el teatro Empire, culminó la vigésima primera edición de la Fiesta Nacional del Teatro, acontecimiento escénico organizado por el Instituto Nacional del Teatro y la Secretaría de Cultura de la ciudad de Buenos Aires.

A manera de balance, corresponde hacer un repaso de la calidad artística que se ofreció durante estos nueve días con los casi 300 teatristas de todo el país que deambularon entusiasmados por los 19 espacios donde se presentaron los trabajos. Muchos pujaron y se pelearon por asistir a las funciones de las cuatro obras porteñas participantes ("La omisión de la familia Coleman", "No me dejes así", "Decidí canción" y "Ella"), además de "Los mansos", especialmente invitada. Y aunque muchos de los actores que trabajaron en ellas tuvieron un ida y vuelta interesante y holgado con sus colegas del interior, otros no se anoticiaron demasiado sobre lo que ocurría en la cabeza de los visitantes.

El material del interior ofrecido tiene muchos puntos en común: dramaturgia enclenque, dirección dispar y buenas actuaciones. En algunos casos, como "El número es másico", dirigida por Carlos Perlen, y "Desquicios", con dirección de Marcelo Padelín (ambos, montajes del Chaco); "La pasión del piquetero", a cargo de Susana Bernardi (Corrientes), y "Miradas que matan" (Neuquén), dirigida por Fernando Aragón, puede hablarse de puestas ingeniosas, multiplicidad de elementos teatrales en juego y buen manejo de la dirección actoral. Pero fueron varias las obras sin una rienda segura, con actores desprotegidos que hacían lo que podían en espacios escénicos que les eran ajenos.

Si se habla de sorpresas, podrían destacarse dos: "El número es másico" y "Miradas que matan". Siendo francos, no se apostaba mucho a esas propuestas y los espectadores que acudieron a ellas salieron entre felices y sorprendidos. No sólo hablaban de una búsqueda teatral, un trabajo elaborado y exhaustivo, sino de dos escenas provinciales que crecieron notoriamente en comparación con otras fiestas.

Por otro lado, los que veíamos dos obras por día y tratábamos de olvidar algunas a los minutos de salir a la calle, nos llevábamos en la memoria actuaciones muy buenas. Merecerían destacarse algunas: Daniel Clavijo (San Juan), Humberto Olivares y César Martínez Salomón (Santiago del Estero), Roger Grancic y Gustavo Duarte (Chaco), Luis Ignacio Serradoni, Sebastián Cardozo y Darío Lovatto (Corrientes), Sergio Escobar, Horacio Sansivero y Marcelo Lamberte (Rosario), Gustavo Azar y Lala Vega (Neuquén).

Lógicamente, cabe aclarar que hubiera sido imposible para estos dos cronistas poder ver todas las obras del interior que se presentaron en estos nueve días (vale aclarar que los montajes porteños ya tuvieron sus respectivas críticas al momento del estreno). Por lo tanto, hay varios espectáculos para adultos que no fue posible analizar. En esto tuvo mucha incidencia la idea de programar las dos funciones de cada obra en un mismo día. Podrá ser práctico para las salas, pero no lo es para el público ni para los mismos artistas (que, en forma constante, todos los días se quejaron de esto). Algo más para destacar: pocos clásicos y muchas más creaciones colectivas. Con fallas y tropiezos, pero preferible a toparse con versiones realistas, con estilos de actuación antiguos, de viejos clásicos de la dramaturgia local o internacional.

Federales a los tumbos

La fiesta bajó su telón dejando varias puertas abiertas para su análisis. A lo largo de estos nueve días se realizaron 76 funciones en 19 salas que congregaron, según cifras oficiales, a unas 5600 personas. El cartelito de entradas agotadas fue una constante. Pero no nos engañemos: colgar ese cartel en salas de un promedio de 80 butacas en una ciudad teatrera y con entradas gratuitas era, casi, una fija.

Sí se puede decir que, en general, las funciones comenzaron en horario, que más allá de algunos casos puntuales, las salas recibieron del mejor modo a los teatristas del interior y al público o que hubo algunos pocos desbordes con el público típicos de cuando se trata de funciones con entradas gratuitas. Los seminarios, cursos y foros de discusión funcionaron a pleno y esta vez se agregó la experiencia de charlas informales en bares porteños con figuras de peso que sumó una novedad al formato tradicional de este encuentro, que hacía 18 años no se realizaba en Buenos Aires. Claro que, como era de esperar, el festival no se apoderó de la ciudad, no marcó su ritmo. No hubo afiches, no hubo una fiesta de apertura puertas afuera ni nada de eso.

Más allá de sus logros, la fiesta sigue sin definir un perfil propio y en esto hubo, quizás, algún retroceso. Por ejemplo, el haber retomado el carácter competitivo confunde, es una medida que apela a un federalismo de palabra que intenta igualar lo que no está igualado por motivos históricos, culturales, políticos y económicos. Varios de los espectáculos que se vieron en estos días tuvieron un valor desde lo comunitario, pero no desde lo artístico. Entonces, ¿por qué hacerlos jugar en la misma división cuando claramente responden a categorías distintas? ¿A qué viene entonces esa intención? Claro que si la idea fue la de igualar a todos los trabajos bajo cierta mirada democrática y esas cosas, a los mismos organizadores les salió el tiro por la culata ya que en la entrega de premios de anteayer (ver recuadro) todos los galardones principales fueron a parar a dos espectáculos de la Capital Federal.

Las preguntas siguen: ¿por qué varios teatristas del interior cuestionan duramente la acción de los jurados de las fiestas provinciales que determinan los montajes que luego llegan a la fiesta nacional? ¿Qué pasa ahí? ¿Por qué será que varias figuras de peso del interior no se presentan?

Con la Fiesta Nacional del Teatro parecería ser que el Instituto cumple en lo estrictamente formal (la realización anual de un encuentro escénico que reúne a elencos de todo el país), pero no hay una reflexión más profunda detrás de eso ni una definición clara y superadora de un formato de festival con personalidad propia que se vaya renovando a medida que pasan las temporadas.

Parece ser que a medida que pasan los años la matriz sigue siendo la misma y la única variable es el lugar en donde se realiza. A esta altura de los acontecimientos, esa fórmula comienza a gastarse.

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