Un puesta blanca, blanquísima

Alejandro Cruz
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15 de marzo de 2007  

Las mujeres entre los hielos , de Agustina Muñoz. Con Laura Gamberg, Priscila Zelasco y María Zorraquín. Vestuario: Flavia López Foco. Escenografía: Clara Díaz. Vestuario: Flavia López Foco. Iluminación: Leo D Aiuto. Música original: Pablo Heredia. Dirección: Agustina Muñoz. En El Camarín de las Musas.

Nuestra opinión: bueno

Tres mujeres abrigadas con tapados de piel recuerdan al paisaje blanco (blanquísimo) de cuando vivían en Alaska junto a sus respectivos maridos. De algún modo parece ser que el haber habitado una lejana y solitaria base científica de un país de sombras largas las ha transformado en mujeres frías, distantes y con la mente en blanco en medio de un entorno blanco (blanquísimo).

Superadas por la situación, de ahí huyeron hacia tierras tropicales, coloridas y cálidas. Por eso una de ellas se pinta las uñas de rojo, la otra habla de comer tomates y la tercera (o todas, poco importa) fantasea con irse ya mismo al Mato Grosso. Sin embargo, hay que reconocer que en Las mujeres entre los hielos , el trabajo en cuestión, nada es tan lineal. Por lo pronto, ninguna de las tres parece haber zafado de aquel período de sus vidas ni de aquellos amores. Es más, nunca se sacan los abrigos y el paisaje blanco ("el limbo", como lo llama la autora) parece perseguirlas y constituirlas.

Lo cierto es que a medida que avanza la obra el pasado y el presente se confunden cada vez más. Es así que ni Lisa ni Lourdes ni Clara saben si volvieron o siguen allá en ese paisaje blanco (sí, blanquísimo).

En esa confusión radica una de las virtudes de este sugestivo montaje creado y dirigido por Agustina Muñoz, una joven de 21 años ganadora del primer nacional de dramaturgia que acaba de entregar el Instituto Nacional del Teatro.

Si bien a la obra le cuesta arrancar y la reflexión sobre el recuerdo y el amor (posibles ejes dramáticos de esta historia) por momentos se desdibuja un poco, la obra claramente se afianza en otros aspectos. Por ejemplo, en las sólidas interpretaciones de Priscila Zelasco, María Zorraquín y -fundamentalmente- en el trabajo de Laura Gamberg.

Para la puesta, Muñoz crea una especie de instalación (blanca sobre fondo negro) de una fina conexión entre cada una de las partes. En ella se luce el espectacular vestuario de Flavia López Foco, la escenografía de Aduki y Clara Díaz, y la iluminación de Leo D Aiuto que constantemente va cambiando de intensidades. En ese limbo transcurre una acción basada en los recuerdos, en una evocación de fotos blancas (blanquísimas), algunas palabras de amor y un pasado que no cierra.

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