Un Quijote distinto, para disfrutar

Mónica Berman
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27 de julio de 2015  

La mancha de Don Quijote / Dramaturgia y dirección: María Inés Falconi / Intérpretes: Damián Benchetrit, Claudio Provenzano, Marcelo Balaá, Matías Hirsch / Música: Carlos Gianni / Músico en vivo: Federico Duca / Iluminación: Miguel Coronel, María Inés Falconi / Vestuario: Lucía de Urquiza / Escenografía y realización de armadura: Silvina Viaggio / Sala: Universidad Popular de Belgrano, Campos Salles 2145 / Funciones: sábados, a las 21 / Nuestra opinión: muy buena

Versiones del Quijote, ya se sabe, hay casi infinitas. Muchas de ellas son poco originales y aburridas e intentan reproducir una literalidad definitivamente imposible. Entonces, cuando aparece una que apuesta a reformular, a cambiar la perspectiva, manteniendo algo del orden del relato, pero modificando el género, es tiempo de celebración.

María Inés Falconi construyó con inteligencia la dramaturgia de esta propuesta que tiene como destinatarios directos a los adolescentes, pero que se disfruta con todas las edades. ¿Cuál es La mancha de Don Quijote? ¿La lectura o la locura? ¿O es una particular combinación de ambas?

Los actores ya están en escena mientras el público se acomoda. El centro lo preside una biblioteca y ellos van recibiendo los libros que se les va alcanzando. La ficción es una ficción enmarcada. De hecho, se construirán los relatores de manera alternada para entrar y salir de la historia, para acomodar o desacomodar algunas cuestiones.

A un costado se encuentra el músico, que es una pieza fundamental porque, por un lado, habrá música durante toda la representación, pero además hay canciones cuyas letras pertenecen a León Felipe, Jorge Luis Borges, Rubén Darío, entre otros, sobre partitura de Carlos Gianni.

La decisión de puesta es absolutamente lúdica. El humor en todas sus formas: verbal, gestual, situacional, dice presente de manera constante. Si la literatura clásica suele estar asociada al acartonamiento y a la solemnidad, acá nos demuestra que hay otro modo de referirla. Ni siquiera renuncian, de vez en cuando, al registro literal de Cervantes y lo hacen de tal modo que circula casi con naturalidad.

Si la historia está enmarcada, como lo está la novela misma del Manco de Lepanto, en la escena esto está llevado a sus últimas consecuencias. Por un lado, desde una decisión actoral, ellos entran y salen de los personajes de una manera fluida y dinámica. El espacio escénico se amplía, puesto que habitan los extremos, jugando con el punto de vista de los espectadores. Pero, además, están los cruces temporales (autores, objetos, referencias varias) que arman un entramado muy particular entre el universo del Quijote y nuestra propia época, el modo de batallar (sin tocar al contrincante y enunciando referentes literarios), los objetos en escena, desplazados de sus funciones y pensados de manera original, la iluminación que trabaja desde lo estético y desde lo narrativo. Todos los elementos puestos en el escenario construyen un trabajo inteligente, delicioso, divertido y profundamente teatral.

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