Una pieza de alto lirismo

Ernesto Schoo
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25 de enero de 2002  

"Finlandia", de Ricardo Monti. Con Cutuli, Andrea Bonelli, Ignacio Gadano y Jorge Rod. Escenografía y vestuario: Horacio Pigozzi. Luces: H. Pantano y M. Viñao. Música original de "Paradiso": Emiliano Greizerstein. Dirección general: Mónica Viñao. La Trastienda.

Nuestra opinión: muy bueno.

Beltrami, el tirano espera, insomne, la hora de librar batalla contra su enemigo mortal, el Loco. Allí, en "la tierra del confín, extrema y barrosa; es una tierra al margen" (nada que ver con la Finlandia auténtica, la de los mil lagos y los bosques de abetos), la vigilia se prolonga hasta la exasperación. Hay que entretenerse en algo, y por allí merodean los Mezzogiorno, siameses italianos, varón y mujer. Unidos por el bajo vientre, viven en perpetua exaltación sexual y su consecuente gratificación infinita. Los detuvieron suponiéndolos espías del Loco y Beltrami parece dispuesto a hacerlos fusilar. Pero en esta hora del lobo, incierta entre la noche y el alba, los Mezzogiorno pueden también ser una diversión. Son obscenos, desenfadados, petulantes: capaces de tratar de igual a igual al poderoso, o de rodar abyectamente a sus pies pidiendo clemencia. Polilla, el criado del dictador, los hace comparecer ante su amo, más para divertirlo que para indagarlos. Los mellizos ponen, en el potente imaginario evocado por Monti, el temblor misterioso, inquietante, del andrógino, tal como lo concibieron - y temieron- las mitologías occidentales ("Zeus es viril... Zeus es una mujer inmortal", declara un himno órfico) y orientales (la dupla Shiva-Shakti), y la alquimia: "La recobrada unidad primigenia, la originaria totalidad del reino materno y paterno en divina plenitud, que disuelve todas las tensiones" (según el "Diccionario de símbolos", de Hans Biedermann).

De la escatología a la mística

Fuera del escenario, invisible para el público, otra pareja joven aguarda la sentencia de Beltrami. Son una muchacha de buena familia y el cura que la sedujo. Las autoridades eclesiásticas han denunciado el escándalo y reclaman el castigo ejemplar de los pecadores. El padre de ella es el más encarnizado acusador de su propia hija, aunque le concede la gracia de considerarla víctima de un vil libertino. Quien crea reconocer la tragedia de Camila O«Gorman y Uladislao Gutiérrez, acertará. Porque "Finlandia" es otra versión de "Una pasión sudamericana", que Ricardo Monti estrenó, con su propia dirección, en el San Martín en 1989. Aquí, la crónica histórica se vuelve leyenda: el texto -magnífico- es recorrido por un esplendor poético tan sólo comparable con el de Leopoldo Marechal. No, sin embargo, el Marechal dramaturgo sino el poeta del amor navegante, cuyos remeros, en espléndida imagen, no surcaban el mar sino la mañana misma.

Pocos ejemplos hay en el teatro argentino de un aliento poético semejante al de "Finlandia". Lejos, por cierto, de la acepción habitual de "teatro poético" a la manera de Lorca (en el mejor de los casos), o de D´Annunzio (en el peor). Porque los siameses Mezzogiorno pueden entonar un canto de pasión carnal tan desaforada que únicamente la belleza brutal del texto hace de la escatología una obra de arte. Y pueden, en el fragmento titulado "Paradiso", ascender a cumbres de lirismo donde resuenan ecos de San Juan de la Cruz y de Shakespeare. Son Camila y Uladislao, y también Adán y Eva, y los amantes de "El cantar de los cantares": "¡Qué extraña nuestra piel resplandecía/en el aire de plata de un lozano,/eterno amanecer! La luz llovía./Y era de oro vibrante un sol cercano,/del que nunca sabremos si se hundía/o se elevaba. Ni qué divina mano/lo fijó para siempre, desgarrado/del tiempo, tierno sol encadenado".

Obra singular, ajena a las modas, arraigada en la tradición de la más depurada lírica en lengua española, "Finlandia" no desdeña hundir también sus raíces en el barro más elemental y maloliente de la condición humana. Y ahí es donde Monti -uno de nuestros dramaturgos más valiosos e inspirados ("Una noche con el señor Magnus y sus hijos", "Historia tendenciosa de la clase media argentina", "Marathon", "La oscuridad de la razón")- se encuentra con Jean Genet y con Samuel Beckett, a la vez que afirma una voz propia, muy personal, rotundamente argentina. Obra difícil de concretar en escena, con su oscilación constante entre lo áspero y lo tierno, el excremento y la mística, la sensualidad más desatada y la más elevada espiritualidad (y que tal vez procura la improbable conciliación de estos extremos, tan sólo posible en ese lugar entre el cielo y la tierra que es el escenario), encuentra en Mónica Viñao a una directora experta, que sabe sugerir la poesía del espacio y conjugar todos los rubros -escenografía, vestuario, luces, la música bellísima de Greizerstein- en un haz de unánime calidad, que incluye a un elenco de primera.

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