Unidos por el amor y el espanto

Alejandro Cruz
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31 de mayo de 2003  

"Dios perro", pieza de Ignacio Apolo inspirada en "Lástima que sea una puta", de John Ford. Con Carolina Fal, Luis Machín, Pablo Cedrón, Dolores Fonzi, Rafael Ferro y José Luis Di Zeo. Escenografía: Alberto Negrín. Iluminación: Jorge Pastorino. Vestuario: Mónica Toschi. Imagen: Gabriela Kogan. Dirección: Alejandra Ciurlanti. Sala Villa Villa del Centro Cultural Recoleta (Junín 1930). Duración: 100 minutos. Estreno: 29 de mayo.

Nuestra opinión: bueno

Comencemos por el principio: cuando el espectador entre en la sala Villa Villa seguramente quedará impactado ante semejante imagen. Se ingresa en el gran espacio en el nivel del piso enfrentando la impresionante escenografía que está ubicada frente a las 300 butacas. Y como la producción cuidó hasta los mínimos detalles, entrega un importante programa de mano.

En el escenario lo que está en juego es una versión inspirada en "Lástima que sea una puta", pieza clave del teatro isabelino escrita en 1633 por John Ford. La adaptación de Ignacio Apolo preserva del original, imposible de representar en estos tiempos por su extensión, la relación amorosa casi brutal, primaria y maravillosa de los hermanos Anabella y Giovanni. Ese enamoramiento que, probablemente, algún espectador recordará gracias al film "Adiós, hermano cruel", con Charlotte Rampling y Fabio Testi.

Entre los dos hermanos protagonistas de esta trama todo está permitido. En ese juego se llevan por delante valores sociales, morales y religiosos porque creen que el amor todo lo puede. O, como dice el mismo Giovanni: "Cualquier cosa que te atreves a pensar se puede hacer". Ellos se atreven a pensar y a actuar ese deseo que tendrá "como fruto majestuosos", según dice él, mellizos que aguardan salir a luz.

Allí radica el nudo de esta trama, el disparador brutal que, probablemente, se preste a la polémica. Porque es posible que algún espectador se sienta molesto al escuchar al cura decirle a Anabella que debe abortar "terminando esta historia como Dios manda" (texto en sintonía con el del padre Amaro en la película mexicana). Pero más allá de las opiniones, ahí está la riqueza de este autor contemporáneo de Shakespeare. Ahí radica la pureza de una tragedia que parece inevitable, de un enfrentamiento jugado al máximo entre una pulsión de vida que nada podrá hacer ante el deseo de aniquilamiento.

Al planteo original, la versión de Apolo le agregó consideraciones de orden antropológico y genético. Camino cuestionable porque con este nudo de base quizá no haya mucho más que agregar o actualizar. En última instancia, la fuerza brutal del incesto que Ford expone con maestría está decididamente fuera de cualquier tiempo histórico.

La puesta de Alejandra Ciurlanti (que años anteriores dirigió "Casa de muñecas") cuenta con un elenco seguramente envidiado por cualquier productor privado. Es que reúne a actores de llegada masiva y de verdadera estirpe teatral, como Luis Machín y Carolina Fal. Justamente ellos dos son los motores de esta trama, los que le ponen el cuerpo a Giovanni y a Anabella. Machín y Fal son dos intérpretes de enorme talento (basta con recordar el trabajo de él en "Cercano Oriente" o "El pecado que no se puede nombrar", o la labor de Fal en "Amanda y Eduardo").

Sin embargo, en esta puesta sus trabajos no son tan sólidos como en las puestas nombradas. Por empezar, los dos crecen dramáticamente cuando sus personajes deben enfrentarse a las estructuras sociales y religiosas (como en el monólogo de Machín de Dios perro o el enfrentamiento que mantiene Anabella con el cura). Pero al principio de la obra, cuando esos dos hermanos deberían enamorar a la platea, no llegan a instalar con firmeza la fuerza descontrolada de ese amor. Los mismos desniveles en la intensidad dramática como en los registros interpretativos están presentes en el resto del elenco, compuesto por Dolores Fonzi, Pablo Cedrón, Rafael Ferro y José Luis Di Zeo (este último el más flojo del sexteto).

Parecería que el trabajo de Ciurlanti se queda a mitad de camino. La luz plana de Pastorino, un innecesario video o la impresionante escenografía de Alberto Negrín (productor del espectáculo junto a la directora) aplanan un conflicto que pocas veces llega a emocionar, que se diluye en medio de un aparato escenotécnico que deslumbra pero que resulta poco funcional para el espectáculo.

De todos modos, a lo largo de la representación la obra se va instalando, va encontrando su ritmo y su mayor solidez hasta llegar a la escena del banquete en la que se resuelven el drama. Todo indicaría que "Dios perro" no pasará inadvertida. Y no sólo por un elenco de enorme llegada, sino porque el texto de John Ford, algunos momentos actorales y la producción del espectáculo se hacen por sí solos su lugar.

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