Unipersonales: cuando los hombres se cortan solos

Cada vez hay más propuestas en la cartelera porteña de obras para un solo personaje; las razones son varias, desde lo presupuestario hasta el gusto personal
Jazmín Carbonell
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3 de mayo de 2017  

Parados: López, Lewis, Savignone, Marcou, Sayago, Zaikovski, Katz, Aguayo, Pazos; sentados, Guzmán, Romano y Machín
Parados: López, Lewis, Savignone, Marcou, Sayago, Zaikovski, Katz, Aguayo, Pazos; sentados, Guzmán, Romano y Machín Crédito: Santiago Filipuzzi

Aunque en la tradición teatral nombres como Antonio Gasalla, Enrique Pinti y Carlos Perciavalle resuenen con fuerza cuando se piensa en obras con un solo actor en escena, es cierto también que en los últimos años han aparecido muchísimos unipersonales femeninos. Probablemente signo de una era mucho más propicia para que la mujer ocupe otros roles y deje de estar asociada sólo a vestuario, asistencias y escenografías. Así, estos últimos tiempos asomaron obras con actrices que tenían mucho para decir. Es el caso de Mercedes Morán y Marilú Marini, por citar sólo dos ejemplos vitales entre tantas ricas propuestas que estrenaron en ese formato en 2016 y que este año vuelven a subirse a escena por el éxito que cosecharon.

A fines del año pasado, y tal vez también como un signo de una época en la que el teatro sufre los embates económicos, empezaron a estrenarse también unos cuantos unipersonales masculinos. Están desde los humorísticos, algunos ligados al clown, como el caso de Marcelo Katz y de George Lewis, o a la commedia del'arte de Marcelo Savignone, pasando por aquellas obras que surgieron de retazos del pasado de los artistas, como el caso de El Bululú, de José María Vilches, con Osqui Guzmán (con una buena cuota de humor también), o el Hijo del campo, de Martín Marcou; otras puestas que surgen de ricos textos, como Ensayo sobre la peste, de Alejandro Tantanian; El mar de noche, de Santiago Loza, que interpreta Luis Machín con la dirección de Guillermo Cacace, y Un judío común y corriente, que tiene a Gerardo Romano trabajando la polémica obra de Charles Lewinsky. Y así una lista bien jugosa que recorre historias personales o de personajes reales, homenajes a períodos del teatro y hasta buenas excusas para ver actuaciones mayúsculas.

Las razones podrían pensarse desde aristas diferentes. Por un lado, claro, las ganas que tiene el artista de contar una historia, de plantarse frente al público y mostrar lo que sabe hacer. "Este tipo de trabajos despiertan una magia especial -cuenta Osqui Guzmán-. Para eso es necesario trabajar del mismo modo que con el espectador de magia, que, después de terminada la obra, se pregunta «¿cómo lo hizo?». La técnica, el despliegue de lenguajes, el cuerpo sobrepasando sus propios límites, la vulgaridad poética y el sudor. Un solo actor que representa a un elenco numeroso es un Bululú ganándose el pan con el sudor de su frente, esa misma noche."

La palabra intimidad aparece en casi todos los intentos de explicación. "Una cena de dos es distinta a una cena en una mesa larga con muchos amigos. Un unipersonal es una cena de dos: el actor y el público. Permite un diálogo muy íntimo entre ambos", reflexiona Marcelo Katz, que tiene en escena Eskoff, pero que no es la primera vez que prueba este formato, que, asegura, le permite llevar su espectáculo a todas partes del mundo.

Gastón Marioni, director y autor de El elogio de la risa, obra que encuentra a Juan Leyrado interpretando a un hombre en distintos momentos de su vida, afirma: "Esa soledad que tiene el personaje es el contexto propicio para la propia intimidad. La confesión en ese cara a cara con uno mismo se hace presente".

La relación público-artista también tiene aquí una importancia capital. "Estar solo en la escena me permite manejar los tiempos de la relación con el público con total libertad -dice Katz-. Es una relación intensa y sin tener que dejar el espacio para terceros. Sólo el romance entre el público y yo."

Guillermo Cacace, que tiene en cartel Mi hijo sólo camina un poco más lento, con once actores, se lanza a esta nueva tarea: dirigir a Luis Machín en El mar de noche, un delicioso texto de Santiago Loza. "La intimidad es lo que cifra al unipersonal -rebate con fuerza Cacace-. Entrar quirúrgicamente en cada gesto, en cada palabra... No dar escapatoria a la voz que se está haciendo escuchar. Perderse en la vibración de los detalles."

Si algo define a Loza como autor es su afición por el detalle, por entrar milimétricamente en ese personaje que recorre con tanta exactitud. Su constante: personajes heridos y a la vez olvidados, como si el mundo pudiese vivir sin ellos, y Loza como justiciero los pone en el centro de la escena. "Con Santiago encontré una escritura que apelaba a una sensibilidad con la que me quería meter -confiesa Cacace-. No veía esas ansias de mostrar inteligencia en sus textos y sí veía un autor exponiendo heridas del andar por el mundo." Para Cacace, que desde hace años viene trabajando textos de autores clásicos, encontrarse con un autor tan vivo fue un motor de trabajo "para contar sobre las voces que son más difíciles de escuchar porque los regímenes de invisibilidad las opacan. Traen algo que no queremos escuchar porque duele, y así estamos: sin tramas aptas para procesar lo que lastima. Voces que podrían pronunciarse sobre diferentes temas, pero que en este caso, esta voz en particular, lo hacen sobre el amor en la circunstancia puntual de una separación. Estamos allí escuchando esa voz y padeciendo todos nuestros desencantos amorosos, profesionales y políticos".

Pero también hay ejemplos de historias propias, pasados que se quieren contar, hacer justicia. Como es el caso de Hijo del campo, de Martín Marcou, que lo tiene como actor, autor y director: "Esta obra me permitió reconstruir una mirada posible sobre mi adolescencia en un contexto rural. Me invitó a poner el cuerpo como actor, a plantarme en el espacio para revelar un texto. Quería abordar el tema de la diversidad sexual en otro contexto que no fuera el de las grandes urbes, reformular y deconstruir ciertos discursos e ideas que tienen que ver con el estereotipo del gaucho", confiesa Marcou, oriundo de un pueblo santacruceño de cinco mil habitantes. "El ejercicio de indagar sobre los contextos donde nací y me crié lo veo como una especie de justicia poética. Si bien en la provincia de Santa Cruz hay personas que escriben, no somos muchos los dramaturgos y las dramaturgas, por lo tanto me parece que darles cuerpo y representación a historias que ocurren en esos pagos es una deuda con mi pasado y es parte de mi presente inmediato."

Para Osqui Guzmán, también hacer El Bululú todos estos años implica poner parte de su historia en juego: "En términos artísticos, el unipersonal te permite desarrollar tu propio lenguaje como artista. Hablar de algo que te pertenece y que llevás adelante con convicción. La gente sale conmovida también por la confesión a la que la obra invita. Así como yo me abro para revelar una intimidad, también se abre el público para escucharla".

Hace tres años que Gerardo Romano presenta Un judío común y corriente. Claro que él no es la primera vez que coquetea con este formato, y su vasta experiencia lo ayuda a reflexionar: "En el unipersonal aparece la escena más temida del actor: quedarte en blanco, no saber qué viene, es el fantasma. Más que magia tiene adrenalina, hay algo sacrificial, algo que se produce y que nace y muere en el mismo momento. Esa adrenalina es como andar en un auto a mucha velocidad y el unipersonal sería como andar en un Fórmula Uno". Tratando de encontrar una razón que dé cuenta del porqué de la proliferación de obras con un solo actor en escena, Romano ensaya una respuesta: "Hay tantos porque los actores pueden. Pero no confundo el unipersonal con stand up, que es otro formato. Es foráneo y se va imponiendo, pero se trata de alguien diciendo cosas inteligentes o graciosas a buen ritmo. En los unipersonales hay una teatralidad en la ropa, en la actuación, en los cambios, en la construcción de los personajes, que es totalmente diferente".

Los ejemplos se multiplican y, con ellos, las razones. Pero hay algo común a todos: "En el unipersonal se da muy bien el detalle, lo pequeño, lo sutil, la infidencia, la vulnerabilidad, la emoción. Y al ser un espacio de mucha intimidad entre el artista y el público, la magia que se genera es muy particular. Lo onírico a lo que aspiramos muchos creadores escénicos se hace muy palpable en el unipersonal", afirma Marcelo Katz.

Agenda

Nadar mariposa (Fernando Sayago)

  • Lunes, a las 21
  • Espacio Polonia, Fitz Roy 1477

Madorrán (Ramiro Aguayo)

  • Viernes, a las 21
  • Anfitrión, Venezuela 3340

Hijo del campo (Martín Marcou)

  • Sábados, a las 20.30
  • Tole Tole Teatro, Pasteur 683

El bululú (Osqui Guzmán)

  • Sábados, a las 21 y 22.30
  • Timbre 4, México 3554

Eskoff (Marcelo Katz)

  • Viernes, a las 22.30.
  • La Carpintería, Jean Jaures 858

Ratón (Fernando López)

  • Domingos, a las 18
  • La Vieja Guarida, G. Vieja 3777

Ensayo sobre la peste (Cruz Zaikoski)

  • Domingos, a las 20.30
  • Teatro Del Abasto, Humahuaca 3549

El elogio de la risa (Juan Leyrado)

  • De jueves a domingos.
  • Multiteatro, Corrientes 1283

Un judío común y corriente (Gerardo Romano)

  • Sábados, a las 20.
  • Chacarerean Teatre, Nicaragua 5565

Jorobado, el encierro de un cornudo (Claudio Pazos)

  • Sábados, a las 20.45
  • La Comedia, Rodríguez Peña 1062

El mar de noche (Luis Machín)

  • Viernes, a las 23.
  • Apacheta, Pasco 623

Todo eso fuiste (Rodrigo Cárdenas)

  • Jueves, a las 21.15.
  • La Comedia, R. Peña 1062

Ahora, Homenaje a la Commedia dell'Arte (Marcelo Savignone)

  • Sábados, a las 22.30
  • Belisario, Corrientes 1624

Otra vez sopa (Enrique Pinti)

  • De jueves a domingos.
  • Liceo, Rivadavia 1499

Door (George Lewis)

  • Desde el 7 de agosto, domingos, a las 21.
  • NO Avestruz, Humboldt 1857

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