Vientre, el hueco de donde venimos: la gran fiesta ideológica de las mujeres

Fuente: LA NACION
Leni González
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29 de abril de 2018  

Muy buena / Dramaturgia: Gabriel Graves y Marcos Arano / Intérpretes: Victoria Pescara, Marcelo Sapoznik, Rodrigo Frascara, Luna Ventura, Carolina Maldonado, Manuel Oucinde, Luciana Ramos, Paola Sanabria, Manuela Bottale, Rocio Rodríguez Paz, Florencia Catenaccio, Alejandro Jorge Dubal, Viviana Lastiri y Lala Buceviciene / Músicos: Agustín Vanucci, Bruno Leichman, Eugenia Blanco, Franco López Lameiro, Gina Locatelli, Jazmín Laurenza y Olivia Dalez / Cantantes: Eugenia Encina y Liliana Isaguirre / Iluminación: Alejandro Velázquez / Escenografía: Marcelo Valiente / Vestuario: Jazmin Savignac / Coreografía: Gabi Goldberg / Máscaras: Andrea Picón, Nicolás Roura Picón / Dirección musical: Ian Shifres / Dirección: Marcos Arano / Sala: La Carpintería, Jean Jaures 858 / Funciones: domingos, a las 20 / Duración: 80 minutos.

¿Cómo llevar nuestra historia al escenario sin caer en el "billikenismo", esa vieja costumbre de las ficciones nacionales cada vez (o casi) que intentaron meterse con los bronces y el barro? Tal vez la respuesta la tenían los clowns, capaces de mirar al mundo con el rigor incorruptible de los chicos. En el baúl del sótano hay mucho para elegir y para jugar, solo hace falta la libertad creativa de combinar y poner patas para arriba el orden de los manuales y las biblias.

Bajo la dirección de Marcos Arano, la compañía de clowns, actores y músicos Malvado Colibrí busca en sus espectáculos contar la historia como una épica popular y no como la gesta de algunas pocas luminarias. En Patriada, su primera obra, en Tierra partida (en cartel, los viernes en La Carpintería) y en la última, Vientre, ese sujeto de miles de cabezas, con nombres y apellidos silenciados en el relato oficial, es el protagonista. Por este espíritu de resistencia y de memoria, por el despliegue artístico inusual en el off (hay más de 20 artistas en escena, incluidos dos cantantes y tres músicos) y por la energía vital que las producciones de esta compañía transmiten, se emparentan con las del teatro comunitario. Pero, en este caso, no hecho por vecinos ni amateurs sino por un grupo entrenado profesionalmente, afinado igual que una orquesta que no admite incertidumbres.

En Vientre, el hueco de donde venimos, son las mujeres latinoamericanas las que alzan su propia voz para contarse. Dos sepultureros son los testigos involuntarios del desentierro de las que se niegan al olvido. Una a una, saldrán de su tumba figuras individuales -Micaela Bastidas, Alicia Moreau de Justo, Julieta Lanteri, Rosa Guerra y Eva Perón, entre otras- y colectivas -la huelga de las escobas, las putas de San Julián, las rabonas de los ejércitos de la independencia-, en una sucesión no encorsetada en la cronología ni en precisiones exhaustivas pero que pone el foco en el menospreciado protagonismo femenino.

Desde el inicio, la clave es el humor. Cualquier atisbo de solemnidad es barrido por la avalancha de energía carnavalesca. La propuesta comienza en la calle porque desde allí ingresa a la sala el cortejo de lloronas que quiere despedir a "la muerta" con palabras que la distingan del eufemismo del montón. Con la misma estructura de Patriada y Tierra partida, donde un dúo masculino enmarca, presenta y dialoga con la historia viva, en Vientre los sepultureros, machistas simpáticos, guían el camino hacia su propia anagnórisis, la revelación de lo obvio que requería aclaración aun cuando estaba ahí, frente a sus ojos que son, claro, los del público.

Son muchas las etiquetas que admite Vientre. Es teatro en el teatro por el encuadre, es físico por el peso del lenguaje corporal, es clown -sin narices rojas- por el corrimiento de límites y la mirada compasiva al otro, es burlón y absurdo (Evita da su último discurso a los descamisados, cruzando sus palabras con las de Maradona), es un varieté cabaretero y musical (gran número el de los esqueletos en la oscuridad, diseño de Paola Sanabria) y hasta intenta el monólogo standupero (el segmento más flojo porque lo explicativo desinfla en este show y en cualquiera). No obstante, sobre todo, es teatro político pero no en la medida que todo el teatro lo es, sino en explícita toma de posición ante la desigualdad de las mujeres. Era obvio pero había que desenterrarlo con una fiesta.

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