Con menos aventuras y más melodrama

Marcelo Stiletano
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29 de marzo de 2007  

Zorro, la telenovela (Zorro, la espada y la rosa ) telenovela protagonizada por Christian Meier, Marlene Favela, Arturo Peniche, Osvaldo Ríos, Andrea López, Jorge Cao, Natalia Bedoya y elenco. Libretos: Humberto Kiko Olivieri, Carolina Díaz, Tabaré Pérez y Alejandro Vergara. Dirección de fotografía: Eduardo Carreño. Dirección de arte: Gabriela Monroy. Dirección: Mauricio Cruz y Agustín Restrepo. Una producción de RTI (Colombia) y Telemundo (EE.UU.) Por Telefé, de lunes a viernes, a las 14.

Nuestra opinión: muy bueno

Al igual que la inoxidable serie de Disney, hace ya medio siglo, que nos hizo definitivamente amigos de Guy Williams y de un par de grandes apariciones cinematográficas (aquella con Tyrone Power y la primera de las dos que tuvo como protagonista a Antonio Banderas) este flamante Zorro parece destinado a hacerse irresistible desde el vamos.

Las andanzas del justiciero enmascarado de Los Angeles -en tiempos en que California todavía pertenecía a la corona española- supo atraparnos en el pasado desde la aventura, el humor y el toque romántico. Aquí, este último elemento se convierte en esencial, ya que desde él se pone en juego toda la carga melodramática que, bien sustentada, constituye a toda gran telenovela. Y Zorro: la espada y la rosa -título original que Telefé subordina en sus promociones a otro más sencillo y elemental: Zorro, la telenovela - apunta en sus primeros tramos hacia esa dirección, y no sólo por el atípico despliegue de producción sobre el cual descansa.

Ante todo, el gran atractivo que el nuevo Zorro hecho culebrón muestra hasta aquí tiene que ver con los entrecruzamientos familiares y los conflictos de identidad que -inevitablemente- envuelven a los personajes principales. La historia propiamente dicha comienza cuando el gobernador Fernando Sánchez de Moncada -un villano con todas las de la ley- regresa a California desde España y se reencuentra con un pasado cruel en cuyo centro aparece el siempre elegante y apolíneo Diego de la Vega. Llega con su hija Esmeralda, bella y flamante viuda rica, dueña de un espíritu indómito que se acrecienta cada vez que una familia gitana cree ver en ella algo así como la reencarnación de la reina de su tribu.

El resto, que va apareciendo en dosis oportunas y en los momentos adecuados, es la distribución sobre el tablero de las fichas (personajes, situaciones) que irán desplazándose conforme lo indica el certero canon del género: ya se insinúan amores prohibidos, venganzas, recelos familiares, sospechas, amores frustrados, desconfianzas y malentendidos a cada paso. Todo enriquecido por el notable rendimiento de todos los rubros técnicos y formales (fotografía, iluminación, escenografía, vestuario, dirección artística), bellísimos exteriores, un cuidadoso trabajo de continuidad narrativa y, sobre todo, por la convicción general de que el melodrama es un camino óptimo para que la historia del Zorro pueda desenvolverse en toda su magnitud.

Así las cosas, por ejemplo, podemos imaginar que nuestro héroe no tardará en debatirse entre el amor y el compromiso de justicia al que se entregó al vestir el disfraz, la capa y la máscara. O que algún conflicto social quedará insinuado al quedar frente a ricos hacendados y pobres peones.

Los personajes clásicos y conocidos reaparecen aquí con algún matiz (el viejo capitán Monasterio se llama ahora Montero; el sargento García es más bajo, menos gordo y poco carismático), encarnados con gestos de la clásica escuela de la telenovela por un disciplinado elenco. No importa que el nuevo Zorro (el peruano Christian Meier) luzca más apuesto que expresivo o convincente. Lo que importa aquí es otra cosa: el marco y el poder de una historia igual de irresistible.

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