Dolina y su mundo

Marcelo Stiletano
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9 de mayo de 2003  

"Bar del infierno", programa de relatos fantásticos con idea, libro y participación protagónica de Alejandro Dolina. Guión y puesta en escena: Claudio Gallardou. Dirección musical: Federico Mizrahi. Dirección integral: Marcelo Molteni. Por Canal 7, de lunes a viernes, a la medianoche.

Nuestra opinión: bueno

Para ingresar en un mundo improbable de seres ensoñados y relatos mágicos en el que se unen la porteñidad de pura cepa, algunas fascinantes referencias mitológicas y abundantes citas de la mejor literatura universal, Alejandro Dolina extiende cada noche, por radio, una invitación preferencial a insomnes, desvelados y personas ávidas por alimentarse con ese tipo de conocimiento.

Curiosamente, este "Bar del infierno" que asoma desde el lunes último cada medianoche en la pantalla de Canal 7, concebido a la manera de una representación visual de aquél universo imaginario, aparece como un equivalente para público adulto y exigente de esos cuentos para ir a dormir que, en el caso de los chicos, a veces coincide con el comienzo del horario de protección al menor.

"No se puede salir del bar... el afuera no existe", advierte desde la presentación un desbordado Pompeyo Audivert. El tono casi furibundo de ese monólogo contrasta con el aire complaciente y gentil de ese bar que en apariencia se muestra digno de la rica herencia de la Commedia Dell´Arte, primer indicio de la presencia de Claudio Gallardou detrás de las cámaras como responsable de una puesta en escena ostensiblemente recargada.

Allí, iluminado por contraluces fuertemente subrayados, Dolina cumple con ese destino de narrador eternamente confinado a contar historias y entonar canciones rodeado de un coro que se presta al juego, según el caso, con distanciamientos o complicidades.

Los 15 minutos responden cada noche a un leitmotiv distinto, tan polifacético como las fuentes en las que abreva Dolina. La puesta de los relatos, que van de Napoleón a Joyce y de las tragedias griegas a la tradición anglosajona sobre relatos de fantasmas, remite al teatro musical y hasta a cuadros de ópera en pequeña escala, pero puede abrumar por momentos en su barroquismo, que en vez de medio estético corre el riesgo de convertirse en un fin en sí mismo.

En tanto, el toque criollo que también identifica al autor se manifiesta en bellísimas canciones que viajan por caminos musicales casi olvidados (el estilo, el triunfo, la milonga campera, el vals), aunque lamentablemente se interpretan en playback. Contrastes que serán disimulados por los incondicionales de Dolina, pero que deberán ser superados si este "Bar del infierno" aspira desde su bienvenida brevedad a ganar una audiencia amplia como la admirable materia prima de la que se nutre.

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