Hay un travesti en mi sopa

Florencia de la V es pilar fundamental de la “comedia familiar” de Telefé
Pablo Sirvén
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29 de febrero de 2004  

Puede hacer reír o producir sarpullido, causar curiosidad o rechazo.

Sea por hache o por be, lo muy cierto es que Roberto Carlos Trinidad -chaqueño, al borde de los 28 años, que cumplirá pasado mañana-, más conocido como Florencia de la V -antes De la Vega, hasta que una homónima le arrancó ese apellido judicialmente-, es ahora uno de los pilares más sólidos de "Los Roldán", el descomunal éxito de la TV de 2004 que Claudio Villarruel define, con precisión, como "grotesco social", más fuerte y desopilante que el mero y manso costumbrismo.

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Que el hombre se disfraza de mujer desde tiempos inmemoriales -los griegos, bien misóginos, no querían saber nada con ellas sobre el escenario y se disfrazaban para hacer los papeles femeninos- no es ninguna novedad, y el humor popular argentino, en particular, tiene una abultadísima tradición en la materia (de Jorge Luz a Fernando Peña, pasando por Olmedo, Gasalla, Fontova, Del Sel, Alberti y Tortonese, por citar sólo algunos de los más conocidos).

Pero el travesti no es chiste y su dualidad puede incomodar por el andrógino estadio intermedio en el que se instala, intentando la utopía de querer abarcar ambos sexos a la vez. Ganado mayoritariamente por las miserias de la prostitución -que va desde los antros más sórdidos hasta los selectos "vips" que, curiosamente, se expanden cada vez más en el rubro 59 de los diarios-, su llegada a la TV no hizo otra cosa que hundirlo en un fango todavía más profundo: patético caballito de batalla de programas escandalosos, deformado por cirugías físicas y psíquicas, todo eso contribuyó aún más a su patético escarnio y discriminación.

Más allá de que el transformista fue, desde siempre, una presencia recurrente en espectáculos de varieté y revista, y su consumo era para públicos preferentemente restringidos, el ingreso en la masividad permanente se da, no por casualidad, a mediados de la década pasada, tal vez la de mayor travestismo político, jurídico y económico de la historia argentina, los superfluos años 90, en los que los argentinos nos solazamos en aparentar precisamente lo que no éramos.

El puntapié inicial lo dio Cris Miró, un casi odontólogo de finos rasgos y modales que Lino Patalano se atrevió a propulsar en el Maipo, allá por 1995, como primera -¿primer?- vedette, desplazando a Cecilia Narova, que se fue dando un portazo. Miró, una presencia frágil, etérea y no dada al escándalo, murió silenciosamente en 1999 de una "afección pulmonar", no sin antes compartir el escenario -en una revista producida por Carlos Rottemberg en el Tabarís- con quien, involuntariamente, se quedaría con su capital mediático y lo potenciaría enormemente en una trepada que no reconoce altibajos hasta el día de hoy: Florencia de la V. Con mayor desenfado, De la V se dio a una tarea original que en el campo de las mujeres (verdaderas) despampanantes ya había comenzado Moria Casán, bajándolas del pedestal solemne y riéndose ásperamente desde su propia condición. De la V abandonó el artificioso lugar de "femme fatal" del que el travesti tradicional se creía imbuido y avanzó hacia un lugar más distendido, cargado de un humor que las clases populares aceptan con mayor naturalidad que las capas superiores.

Con todo, a pesar de que Roberto decidió ser Florencia a los 17 años casi como un juego casual del que nunca más quiso salirse, le dio paradójicamente miedo representar a un travesti en la ficción, cuando Adrián Suar le ofreció hacer, en 2000, de la "novia" de Di Nardo (Roberto Carnaghi), el pintoresco jefe de redacción de "Primicias".

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Pero ahora está feliz con su Laisa, el hermano travesti del fletero Tito Roldán (Miguel Angel Rodríguez) que vuelve loco a Emilio Uriarte (Gabriel Goity), el "CEO" del holding de Mercedes Lozada (China Zorrilla), desplazado por la llegada del chirriante clan Roldán.

"Laisa es más travesti que Florencia", prefiere De la V utilizar la tercera persona, y eso no es lo que más sorprende: "Me costó mucho «hacer de» travesti y desde dónde encararlo".

El desafío tampoco es menor para los autores, Adriana Lorenzón y Mario Schajris, que cada día, ayudados por cuatro dialoguistas, deben escribir un libreto de 42 páginas, con unas 35 escenas, por programa, apenas tres días antes de su respectiva grabación, y en cuya historia original -escrita a partir de un pedido específico de Ideas del Sur, la productora de Marcelo Tinelli- no existía travesti alguno.

Para hacer lo menos traumática posible esa incorporación, dado el central horario de transmisión -lunes a viernes, a las 21-, en el contexto de una "comedia familiar", se buscó disparar el humor hasta convertir la historia en historieta, con personajes lúdicos y estereotipados que hacen reír más que escandalizar. Que la mayoría de la gente tomó bien el guiño lo prueba el promedio multitarget de rating de los primeros veinte programas (36 puntos). Dependerá ahora de cómo evolucione la relación Uriarte-Laisa (cuyo verdadero nombre en la ficción es Raúl y así lo llama su hermano Tito cuando se enoja) para ver si esta audaz apuesta llega a buen puerto sin tener que lamentar nuevos deterioros en los ya de por sí maltratados contenidos televisivos.

Gerardo Sofovich, que cinceló el último tramo de la ascendente carrera de De la V ("Polémica en el bar", "La peluquería de los Mateos", "Coronados con gloria vivamos"), quiere ahora que además de "primera vedette" sea "capocómico" de su próxima revista.

Hombre, mujer, ambas cosas a la vez, o ninguna de ellas, qué más da, De la V sigue subiendo. Como afirma el pensador francés Jean Baudrillard en "El otro por sí mismo" (Anagrama, Barcelona, 1994): "La contaminación viral de las cosas por la promiscuidad y la ubicuidad de las imágenes es la característica fatal de nuestra cultura. En materia de imágenes, la solicitación y la voracidad aumentan desmesuradamente. Se han transformado en nuestro auténtico objeto sexual".

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