Los autores de TV no quieren más cuentos

Reclamarán a las productoras que se respete la ley 11.723 y así poder cobrar las ganancias de las ventas de sus historias al exterior
Pablo Sirvén
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12 de septiembre de 2010  

Parece un trabalenguas, pero es mucho peor que eso: a los que cuentan cuentos, en la televisión, les hicieron el cuento del tío, les metieron la mano en el bolsillo y les birlaron los billetes que se habían ganado en buena ley con el cuento de comprarles sus historias sólo si resignan para siempre sus legítimos derechos de propiedad intelectual.

Había una vez un país donde los libretistas de la pantalla chica eran merecidas luminarias: Abel Santa Cruz, Alberto Migré, Nené Cascallar, Celia Alcántara, Hugo Moser, Gius y siguen las firmas.

Rápido: intente ahora mentalmente armar una listita de cinco o seis nombres actuales de autores televisivos. Si no le viene ninguno a la cabeza no es que usted esté sufriendo un repentino Alzheimer o que los guionistas argentinos se hayan extinguido como los dinosaurios.

Sucede que entre la época en que los mencionados autores y otros tallaban fuerte en la pantalla chica abasteciéndola de 25 o más ficciones diarias, semanales y periódicos especiales, y ésta, en la que escasamente sobreviven en la TV seis o siete, el trabajo del libretista se precarizó por completo y escasea a más no poder.

Borrarlos, ningunearlos, reducirlos a escribas a sueldo, sin voz ni voto, al caprichoso arbitrio de sus abusivos patrones, parece ser la consigna de la hora. En los avances que hacen los canales de sus tiras y unitarios ya hace mucho que no se nombra a sus autores, como obliga la ley (sus nombres, entonces, no se convierten en marcas, hasta los periodistas nos olvidamos de ellos y se los invisibiliza para desvalorizar aún más su oficio).

Las productoras, que hoy tienen en sus manos la mayoría de los contenidos televisivos, aprovechándose del poco trabajo que hay para los guionistas -los más baratos programas de chimentos, archivos, magazines y entretenimientos han reducido a la ficción a su mínima expresión-, les imponen contratos leoninos que los obligan a ceder a perpetuidad los derechos de sus obras. Y si no se avienen a esa condición, que pase el que sigue (se calcula que hay unos 200 guionistas, así que la ansiedad por trabajar es mucho mayor que la dignidad por defender elementales derechos).

* * *

En el recién aparecido Argentores su historia /La casa de los autores 1» época (Editorial Dunken, Buenos Aires, 2010), donde su autora, la conocida conductora radial Rafí (Rosa Angélica Fabbri), relata con lujo de detalles y valiosa documentación una muy amena historia de esa entidad y del espectáculo en la Argentina, se da abundante cuenta de que esta oprobiosa modalidad de esquilmar a los autores y enriquecerse con el trabajo de ellos no es nada nuevo.

Hace cien años, cuenta Rafí, los que se pasaban de vivos eran los hábiles empresarios teatrales que ganaban fortunas con la representación de obras a cuyos autores sólo les pagaban chirolas.

Los Podestá, fundadores del circo criollo, cuna del teatro argentino, tironearon de lo lindo en la Justicia con los herederos de Eduardo Gutiérrez, autor del consagratorio Juan Moreira , hito fundamental en la historia de la escena nacional, para apropiarse del todo de esa pieza, cuyo colosal éxito de público les producía enormes ganancias.

Cansados de que se aprovecharan de sus trabajos sin compartir sus réditos, algunos autores hacían entonces verdaderos piquetes en medio de las representaciones para interrumpirlas y concientizar a los actores y al público de esa anomalía. Pero el escándalo llegó a tener ribetes internacionales cuando para el Centenario fue invitado a Buenos Aires el gran escritor y ministro francés Georges Clemenceau y él mismo percibió que se estaba representando aquí una de sus obras sin que él hubiese prestado su consentimiento (y, por ende, tampoco iba a percibir ni un peso de la taquilla). Lo cierto es que, gracias a Clemenceau, el tema de los derechos intelectuales llegó por primera vez al Congreso, aunque habría que esperar hasta 1933 para que se sancionase la ley 11.723, que consagra la propiedad intelectual, conocida también como ley Noble (porque fue redactada por quien doce años más tarde fundaría Clarín , Roberto Noble).

Aquel primer movimiento impulsado por Clemenceau animó, hace justo un siglo, el 11 de septiembre de 1910, a que los autores, convocados por el célebre escritor Enrique García Velloso, se decidieran a dar el puntapié inicial de lo que hoy es Argentores.

* * *

Pasaron cien años y los derechos de autor en el teatro parecen bien regulados ya que de todo bordereau le corresponde el 10 por ciento (que puede llegar al 15 por ciento en musicales o revistas). Se liquida semanalmente a Argentores y esta entidad lo carga a la cuenta de quien corresponda. En el cine, se fija un cachet para el libreto original y luego, de cada entrada vendida, el 1,18 por ciento de su valor es para el autor. En la TV, suelen pagarles a los guionistas unos 1800 dólares por cada capítulo de tira y unos 2200 en el caso de los unitarios.

Pero siguiendo y perfeccionando un viejo invento de Alejandro Romay ("idea de"), ahora los productores exigen reconocimiento como coautores, luego eyectan a los verdaderos creadores de las historias cuando salen a vender el programa al exterior y todo lo que ganan lo embolsan íntegramente.

Los guionistas más connotados, cansados de estos abusos, ya no trabajan para el mercado local y los que lo siguen haciendo se avienen a firmar la cesión lisa y llana de sus derechos de por vida por miedo a quedarse sin trabajo y a otras represalias.

El libretista de TV en un principio trabajaba en soledad; en los años 90 la dupla Sergio Vainman-Jorge Maestro, al tener varios programas a cargo al mismo tiempo, comenzaron a imponer la costumbre de trabajar con equipos de colaboradores. Las productoras pretenden convertir sus programas de ficción en "formatos" y absorber el trabajo de los libretistas como un ingrediente más de su producción, cuando, sin historia desarrollada capítulo tras capítulo, todo lo demás no tiene razón de ser.

La bronca acumulada es mucha y los autores se están organizando para reclamar lo que consideran que es legítimamente suyo.

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