El marginal muestra un asfixiante laberinto, mirado con aspereza y compasión

Marcelo Stiletano
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12 de junio de 2016  

El marginal / Serie dramática sobre una historia original de Sebastián Ortega y Adrián Caetano / Autores: Adrián Caetano y Guillermo Salmerón / Elenco: Juan Minujín, Martina Gusmán, Gerardo Romano, Claudio Rissi, Carlos Portaluppi, Maite Lanata, Mariano Argento, Gerardo Otero, Adriana Salonia, Nicolás Furtado / Producción general: Pablo Culell / Director: Luis Ortega (primer capítulo) / Dirección general: Sebastián Ortega / Una producción de Underground y la TV Pública / Los jueves, a las 22.30 / Nuestra opinión: muy buena

El primer borrador de El marginal fue escrito en 2002. Ese año apareció Tumberos y a través de esa serie, cruda como pocas en lenguaje e imágenes, descubrimos que la cárcel puede funcionar como un mundo cerrado, autosuficiente, con una organización jerárquica de poder. Quienes la integran parecen más interesados en escalar posiciones dentro de esa estructura que en salir de allí.

Volver a esa lógica nos ayuda a entrar en la atrayente trama de El marginal, que en apariencia funciona como un laberinto perfecto, sin escapatoria. Ese hilo une a Adrián Caetano, responsable de Tumberos y autor de El marginal, y a Luis Ortega, director de esta flamante miniserie que regresa a ese universo opaco y endiablado.

En ese sentido, el abogado de Tumberos tiene un aire de familia con Miguel Palacios (Minujín), el personaje central de El marginal. Como aquél, ingresa como un cuerpo extraño en la cárcel, en este caso para rescatar a la hija de un juez. La chica fue secuestrada por la banda que maneja la prisión desde adentro con la bendición de un alcaide terrorífico y corrupto. Liberar a la muchacha significará también la libertad de Miguel, a quien vemos al comienzo encerrado en otra abominable mazmorra.

Palacios y la chica son los únicos que piensan en el "afuera". Tienen genuinos deseos de libertad, aunque el primero carga con un pasado que no se revela, pero está ligado a ese mundo del que quiere escapar. Los demás (policías, delincuentes y jueces) viven en un círculo inalterable de mutua necesidad e interdependencia. En esa espiral de codicia y poder todos se sienten impunes. Cualquier perversión se ejerce con la mayor naturalidad, algo que también quedaba a la vista en Historia de un clan.

Por eso también hay que regresar a la obra previa de Luis Ortega como realizador para terminar de entender lo que cuenta El marginal. En la miniserie sobre el clan Puccio y, sobre todo, en Lulú (el último largometraje de Ortega, otra lúcida mirada sobre la marginalidad) siempre aparece algún minúsculo espacio en donde subsiste un espíritu cuestionador, indomable, que resiste y se opone a la prepotencia del poder.

De nuevo, más que en Tumberos, las imágenes y el lenguaje son de una crudeza absoluta. El retrato humano, descriptivo o testimonial, de ese verdadero inframundo se mueve entre la compasión, la curiosidad, la aspereza y la condescendencia. También hay cierto regodeo innecesario en la descripción de las rutinas de una cárcel en la que "el chorro se vuelve más chorro y el asesino más asesino".

El resultado es intenso y atrapante, magnético para el espectador en la medida en que puedan evitarse las redundancias a las que Ortega, por momentos, parece bastante inclinado. De todas maneras, el director siempre se las ingenia para escapar con alguna salida inesperada del encierro que su propia puesta en escena alienta. Esa habilidad para sorprendernos, respaldada por la calidad de todos los rubros técnicos y artísticos, coloca a El marginal por encima de cualquier otra ficción local vista en 2016.

El elenco también es parejo y espléndido. Minujín pone cuerpo y alma al servicio de un personaje intenso y complejo. También brillan Rissi, Portaluppi (en un papel dificilísimo), Romano y Gusmán, cuya asistente social recupera el compromiso que la actriz mostró en Leonera y Carancho.

No es nuevo lo que describe esta historia. Más bien se trata del regreso a un mundo observado desde la ficción televisiva con frecuencia. Tal vez El marginal se convierta en un nuevo borrador de futuras incursiones en este terreno.

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