Una historia sin fin que recomienza

Los espectáculos y los medios, en un nuevo capítulo del justicialismo en el poder
Pablo Sirvén
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18 de mayo de 2003  

Salvajemente estatistas o privatistas descontrolados según las épocas, lo único seguro que puede decirse de los peronistas es que cuando llegan al poder, los espectáculos y, en particular, los medios de comunicación no les son ajenos y les prestan atención a ellos casi se diría de manera instintiva, personalizada y obsesiva.

A juzgar por el claro comportamiento intervencionista adoptado frente a ellos en sus dos primeras incursiones (1946/55 y 1973/76) por diversas administraciones justicialistas, podría suponerse que éstas no los conciben de otra manera que no sea bajo sus férreas férulas. Sin embargo, en esta historia también hay que anotar el giro de 180 grados que llevó esa concepción de una antípoda a la otra durante la tercera "república" peronista (1989/99), cuando el Estado se replegó para permitir una invasión de inversiones extranjeras y acelerados cambios societarios sin la menor regulación y transparencia, conforme a las leyes vigentes.

Entre uno y otro extremo, ¿qué criterios adoptará en esta delicada materia el nuevo presidente electo de los argentinos, Néstor Kirchner?

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Juan Domingo Perón, durante sus dos primeras y sucesivas presidencias, montó un gigantesco aparato mediático de comunicación al servicio de su gobierno que fue absorbiendo por muy diversas vías a medios de comunicación gráficos y radiales hasta entonces privados. Llevó también adelante políticas muy dominantes y dirigistas de promoción de la cultura popular que obligaron a que el 50 por ciento de la música emitida por radio fuese nacional y a que en todos los conciertos, por lo menos, se incluyera un tema de autor argentino, lo que determinó una expansión notable del tango y del folklore.

La obligatoriedad del "acto vivo" antes de cada función cinematográfica también reactivó las fuentes laborales de los actores, ya que los cines, además, cada cinco semanas, estaban obligados a proyectar una película argentina. También el acceso a muchos espectáculos se hizo gratuito, en 1954 arrancó el festival internacional de cine de Mar del Plata y el gobierno estableció la estabilidad de los cuadros artísticos del Teatro Colón. No pocos intelectuales y artistas conocidos fueron captados por entonces para "la causa" y la televisión argentina nació arrullada por la marcha peronista el 17 de octubre de 1951.

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En la experiencia siguiente, ya en los turbulentos años 70, el peronismo no lució compacto como veinte años antes y comenzó a manifestar serias contradicciones en su propio seno con consecuencias graves a nivel público.

Así, por ejemplo, el fugaz Héctor Cámpora abolió la censura cinematográfica, pero con su renuncia las tijeras volvieron aún más afiladas. El interino Lastiri dispuso la intervención de los canales 9, 11 y 13, pero un Perón terminal -apenas gobernó nueve meses y murió- se mostró más cauteloso y no dio un solo paso para la estatización definitiva de la TV. Sólo un mes después, cuando ya gobernaba su viuda y el poder del superministro José López Rega se volvía omnímodo, los canales eran tomados a punta de pistola.

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Carlos Menem lo prometió durante su campaña y nadie le creyó. Pero cuando llegó al gobierno, la larga lista de privatizaciones polémicas que caracterizó sus dos gestiones se inauguró precisamente con la privatización de los canales 11 y 13. La derogación del inciso e del artículo 45 de la ley de radiodifusión posibilitó el ingreso en el negocio audiovisual de las empresas periodísticas hasta entonces impedidas de hacerlo por esa norma.

La desestatización del sector movió positivamente las aguas, reactivándolo. Se expandió el cable, florecieron las productoras independientes y el "uno a uno" hizo posible la visita y actuación constante de figuras mundiales. La incursión no regulada de capitales extranjeros y de grupos nacionales relacionados vidriosamente con la política en el territorio audiovisual oscureció el panorama y sumó mayor confusión a partir de los primeros síntomas de la recesión que, tras el efecto tequila en México, en 1995, devastó aquí también a este y a otros sectores.

Mientras tanto, el presidente Menem, en una inédita simbiosis con la colonia artística, logró colarse en la mayoría de los programas periodísticos y de ficción de su época y en contraprestación se llevó con él a varias figuras, a las que hizo debutar en política o mantuvo a su alrededor como voceros oficiosos y permanentes de su exuberante gestión.

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Salvo por la poco afortunada prolongación de las licencias de varias emisoras -que no debió hacer a tan pocos días de abandonar el poder y, en especial, por su particular y frágil condición de presidente transitorio y no elegido por el pueblo-, Eduardo Duhalde se mantuvo bastante cauteloso en esta materia en comparación con sus predecesores más notables. Se reservó un espacio semanal para sí en Radio Nacional, pero afortunadamente para él se salvó del papelón de tener un programa de TV propio en Canal 7, que, dicho sea de paso, no convirtió, menos mal, en una usina propagandística a su exclusivo servicio. Auspició una guía de contenidos y un nuevo régimen de sanciones para la radio y la TV que posibilitó limpiar un tanto las programaciones ante el temor de la aplicación de severas infracciones y devolvió la vital autarquía económica al cine e intentó hacer lo mismo con el teatro, dispuesta sólo en teoría en tiempos de Menem (ya que Cavallo desviaba esos fondos hacia Rentas Generales).

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Ahora es el turno de Kirchner. Como primer mandatario nacional deberá hacer un gran esfuerzo personal para ampliar muchísimo la tolerancia que demostró hasta ahora como gobernador supremo de Santa Cruz. El grado de influencia absoluta que supo tener sobre la justicia de su provincia, y también sobre el periodismo local, no debería intentar proyectarlo a nivel nacional y sus incursiones mediáticas tendrán que ostentar mayor temple y sabiduría, si es que desea dejar un buen recuerdo en la historia y contribuir a la concordia nacional.

En cambio, si el sesgo productivista prometido para conducir la economía también se traslada, como sería de prever, al campo del espectáculo, hay mucho por hacer para promoverlo y reactivarlo en armónica convivencia, y sin competencias desleales, con lo que se realiza desde el campo privado en la materia.

En este sentido, una nueva ley de radiodifusión que reemplace a la anticuada, autoritaria y demasiado emparchada norma concebida por el ex general Jorge Rafael Videla y que, asombrosamente, sigue vigente 23 años después de su firma, se torna imprescindible. Para que no sea una nueva fuente de frustración y conflictos y, básicamente, sirva para fijar un marco claro, democrático y moderno de las comunicaciones audiovisuales, deberá ser consensuada con todos los protagonistas de este estratégico ámbito.

El matrimonio Kirchner se ha preocupado en los últimos días en sacarse fotos con figuras del espectáculo y de la cultura del denominado campo "progresista" y muchas otras, de igual prestigio, han firmado una solicitada publicada en los diarios de anteayer con buenos augurios hacia la gestión que se abre.

Ojalá que, a partir del próximo domingo, la ilusión de lo nuevo esta vez no se malogre con ninguna oscuridad.

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