Una vida en la televisión

La conductora regresa hoy, a las 13, por América, con sus clásicos almuerzos, ahora con su nieto como productor
Carlos Sanzol
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24 de julio de 2006  

Hubo un día en el que Mirtha Legrand bajó de la torre de marfil que había construido para chocarse con la realidad; esa que conoció cuando comenzó con sus clásicos almuerzos por televisión. "La TV me humanizó. Ahora me conduelo más de cosas que antes no me importaban", confiesa la conductora a LA NACION, en el living de su casa.

Fue en la tele, dice, donde se acercó a los problemas sociales. "Las estrellas de cine vivíamos en una especie de torre de marfil; todos los problemas nos resbalaban", cuenta.

El tiempo frente a las cámaras la cambió. Ya no es esa señora que se jactaba con la frase barroca de las "rosas rococó rosadas". De esas flores sólo queda una pintura que cuelga en una pared de su living: ahora se enorgullece de ser una conductora con una lengua filosa. "Los directivos de los canales de televisión tienen miedo de que se enoje la gente del Gobierno con lo que uno dice y que les quiten las pautas publicitarias", se anima a señalar.

Pero, también, hay otra Mirtha: la que disfruta del halago del público. "Eso es lo que me hace volver." Justifica así las amenazas de abandonar la televisión cada vez que termina una temporada de su programa. Hoy, volverá con "Almorzando con Mirtha Legrand", a las 13, por América, para buscar lo que la motiva en su vida: el cariño del público.

Va a volver con una ayuda extra. Su nieto, Ignacio Viale del Carril, formará parte de su equipo de producción (ver aparte). A Mirtha, su familia la contiene de las críticas. "Me molesta cuando me ridiculizan", explica.

La conductora tiene un sueño: almorzar por televisión con los suyos. "Para que la gente vea cómo es mi familia y lo que nos queremos", indica. Pero su familia no le da el gusto.

Esa necesidad de compartir todo con el público es lo que la llevó a mostrar el dolor frente a cámaras cuando fallecieron su marido, Daniel Tinayre, y su hijo, Danielito, como solía decirle. "Me arrepiento de eso porque uno no tiene que volver a la televisión cuando no está en condiciones", dice, conmovida. Mirtha habla de ese dolor, mientras una vela arde frente al portarretrato de su hijo.

A pesar de sus pérdidas, ella considera que su vida ha sido milagrosa. "Protagonicé mi primera película, «Los martes orquídeas» a los 14 años y desde ahí no paré", recuerda esta mujer que esconde su edad como un pirata su botín.

Lo primero es la familia

No hace falta que a uno le digan que el piso en el que va a entrar, en un edificio de Palermo Chico, es el de Mirtha. Lo advierten las iniciales M.L.D.T., inscriptas en la alfombra de la puerta de entrada. Igual que las letras ML que están grabadas en las cajitas de plata sobre la mesita de mármol de su living o la cantidad de retratos que muestran a Mirtha en diferentes épocas.

"La señora ya viene", dice la mucama al abrir la puerta. A los 15 minutos entra ella, enfundada en un trajecito azul y con un pañuelo blanco de seda que le rodea el cuello. Se desplaza como si hubiese aprendido a la perfección ese caminar de las modelos ("talón, punta, talón, punta").

"Estoy a su disposición", dice, para entregarse a las preguntas.

-Esta es la temporada número 38 de "Almorzando..."

-Sí. Es una barbaridad. Debe de ser un récord en la TV argentina.

-¿Le preocupa el rating?

-Nunca he tenido grandes niveles de audiencia, pero tengo un público muy fiel y grandes avisadores, por lo que el canal gana dinero conmigo. Ya les dije que no quiero saber nada con la medición minuto a minuto; no quiero estar condicionada. Espero que no me mortifiquen, si no me voy.

-¿Cómo evalúa a la televisión?

- Está muy variada; hay propuestas para todos los gustos. Aunque está un poco zafada. Nunca creí que viviría para ver algunas cosas que he visto por televisión. Lo que noto es que la gente no protesta por algunas cosas que se ven.

A Mirtha hay algunas escenas que hacen que cambie de canal, como las que protagoniza su nieta Juana en la telenovela "Se dice amor". "Le digo que no haga escenas eróticas, pero ella me contesta con una sonrisa", cuenta. A ese cuestionamiento su hija, Marcela, la madre de Juana, le retruca con: "Pero, mamá, si a vos te violaron en una película [«La patota»]".

Las advertencias de Mirtha no calan hondo en su nieta. "Como Juana fuma, yo le digo que no lo haga. Entonces, ella me muestra una foto en la que yo tengo un cigarrillo entre los dedos, en mi época de fumadora", confiesa.

La torre de marfil

Hoy, como todos los días, Mirtha se levantará a las 6. Se pondrá al tanto de las noticias por la radio. Desayunará en la cama, su lugar de trabajo preferido, y desplegará los antecedentes de sus invitados. Anotará un par de preguntas tentativas y se irá al canal.

-¿Siempre dice que se va a retirar?

-Hace varios años que lo vengo pensando. Aunque cueste creerlo, ésta es la última temporada. Lo que pasa es que soy una mujer grande. Es un gran esfuerzo en esta profesión estar flaca, no tener arrugas y además que el cerebro esté alerta. Pero al mismo tiempo el público me alienta.

-¿Tiene algo para recriminarle a la televisión?

-No, la TV ha sido muy generosa conmigo. La televisión ha hecho que las nuevas generaciones me conozcan y me ha permitido madurar.

-¿Por qué la ayudó a madurar?

-Las actrices de cine, como yo, vivíamos como en una especie de torre de marfil. Nada nos llegaba, como que todo nos resbalaba. Y la televisión me ha humanizado. Ahora, me conduelo de cosas que antes no me importaban. Veo lo que sucede con las madres del dolor y con la seguridad. Todo eso me provoca mucho dolor.

-¿Qué diferencias encuentra con los actuales directivos de los canales en relación con los de otras épocas?

-Ahora están muy volcados hacia los gobiernos. Están temerosos y no tienen la libertad de hacer y decir. Siempre tienen miedo de que se enoje el gobierno y de que les quiten las pautas publicitarias.

-¿Se lo hicieron sentir alguna vez a esto?

-No se animan mucho conmigo, porque yo arremeto y sigo.

Mirtha va guardando este tipo de historias en su cabeza porque piensa escribir sus memorias. Y, cuando lo haga, contará que un día bajó de la torre de marfil para hacer televisión, chocarse con la realidad y poder mirar la vida de una manera más clara, más humana.

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