Tormenta berlinesa para Barenboim

Sigue la polémica por las declaraciones de un político democristiano que, en sentido ambiguo, lo calificó de músico judío
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29 de octubre de 2000  

BERLIN.- El mundo de la ópera local es a menudo turbulento, dividido por rivalidades tan intensas como en la Guerra Fría. Sin embargo, ciertos comentarios supuestamente antisemíticos sobre Daniel Barenboim, el director artístico de la Staatsoper, descargaron una tormenta que es anormal incluso para los parámetros de esta ciudad.

Barenboim, de 57 años, que ha estado en la magnífica Staatsoper de la ex Berlín Oriental desde hace ocho años, está envuelto en un tenso forcejeo con las autoridades municipales, que aportan gran parte de la financiación, respecto de los planes para achicar costos y fusionar esa ópera con la mucho menos venerable Deutsche Oper, del Oeste.

La controversia hace que Barenboim, que es además director musical de la Orquesta Sinfónica de Chicago y candidato -con posibilidades inciertas- para reemplazar a Kurt Masur en la Filarmónica de Nueva York, esté enfrentado con muchas personas. Una de ellas, y no la menos importante por cierto, es la estrella, en franco ascenso, de la música alemana, Christian Thielemann, de 41 años, director musical de la Deutsche Oper cuyo aclamado debut en Bayreuth este año con "Die Meistersinger" ha reforzado su posición.

De pronto, Klaus Landowsky, un prominente político del Partido Demócrata Cristiano, entró en escena y, en declaraciones al diario Berliner Morgenpost, sintetizó la situación en los siguientes términos: "Por un lado tenemos a Thielemann, en quien vemos al joven Von Karajan, y por el otro tenemos al judío Barenboim".

Se produjo un revuelo. Barenboim reveló que pocas horas después de que aparecieran esas declaraciones en el diario, el alcalde de Berlín, el demócrata cristiano Eberhard Diepgen, lo había llamado por teléfono para asegurarle que el comentario de Landowsky había sido vertido, en realidad, como un cumplido para destacar la diversidad cultural de la "nueva Berlín". Pero eso no lavó la supuesta afrenta. Barenboim emitió una declaración en la que expresó que le "asombraba" descubrir que "mi condición de judío podía tener algo que ver con mi cargo en la Staatsoper o con mi música". Y añadió: "Si Landowsky dijo eso como un cumplido o como un insulto, igualmente me alarma".

En una entrevista, Barenboim señaló que le había explicado al alcalde Diepgen: "Como quiera que se interprete, ese comentario es agraviante". Y agregó:"Considero increíble esa especie de antisemitismo. No quiero creer que exista".

Las expresiones de Landowsky dieron la impresión de ser particularmente incendiarias porque fue precisamente el joven Herbert von Karajan quien se afilió al partido nazi en 1933 antes llegar a sus gloriosos años en la Filarmónica de Berlín.

Por lo tanto, yuxtaponer a Barenboim, el judío, con Thielemann, el "joven Von Karajan", pareció ser extraordinariamente provocativo. Además, el comentario no fue demasiado oportuno, ya que en las últimas semanas una serie de ataques contra sinagogas en Francia y Alemania había creado un clima de tensión.

En una entrevista telefónica, Landowsky afirmó que lo último que hubiese querido hacer es insultar a Barenboim. Lo que quiso, según dijo, fue trazar un paralelismo entre "Thielemann por un lado, y, por el otro, el importante elemento cultural judío representado por Barenboim".

El político demócrata cristiano añadió que la gran tragedia de la cultura germana en este siglo había sido la aniquilación por parte de Hitler de la comunidad judía, y que la presencia en Berlín de gente como Barenboim y el director del museo judío, Michael Blumenthal, tenía una gran importancia para la ciudad. "Estamos muy orgullosos de esa presencia", expresó Landowsky.

Sin embargo, cuánto tiempo más permanecerá Barenboim en el cargo es algo que está en duda. Su contrato vence en 2002 y ha dejado en claro que renunciará si es aprobado el plan de fusión propuesto por el máximo funcionario del área cultural de Berlín, Christoph Stoelzl. Habida cuenta de la tremenda popularidad del turbodinámico Barenboim, eso podría asestar un duro golpe a Berlín, que considera la cultura como el eje de sus ambiciosos planes para convertirse en una "Weltstadt", una metrópolis de categoría mundial.

"Lo que se está proponiendo es la ruina de dos teatros de la ópera para ahorrar cinco millones de dólares de un presupuesto cultural de varios cientos de millones de dólares. No tiene sentido, ni artística ni financieramente", advirtió Barenboim. "La Staatsoper -prosiguió el director- tiene 250 años de antigüedad y su orquesta de coro, la Staatskapelle, es la segunda más antigua del mundo, mientras que la Deutsche Oper es una creación del siglo XX. Pero en lugar de establecer prioridades y decir que un teatro de la ópera, la Staatsoper, representa a Alemania y a Berlín y debe ser respaldada, vemos que hay un intento chapucero de cimentar la ahora imposible de afrontar proliferación cultural de los años del Muro de Berlín".

Sin embargo, Christoph Stoelzl sostuvo que su plan tiene sentido, puesto que proporciona a Berlín un esquema similar al de París, donde la Opera Nacional está configurada por dos teatros, la Opera Bastille y el Palais Garnier. El funcionario del área cultural indicó que de ese modo se ahorraría dinero y, paralelamente, la Deutsche Oper podría concentrarse en el repertorio romántico, mientras que la Staatsoper podría dedicarse al repertorio clásico.

Pero mucha gente no cree que la rivalidad de esos dos teatros de la ópera podría superarse con una fusión, y ya hay algo que se da por cierto: Barenboim podría alejarse. Esto parece haber despertado el apetito de Thielemann, que había anunciado que pronto abandonaría la Deutsche Oper, pero que ahora aclaró que estaría disponible y dispuesto a dirigir una Opera de Berlín fusionada.

Con este telón de fondo de puñales desenvainados fue que por primera vez se hizo referencia a la condición de judío de Barenboim hace unos días.

En una encendida carta que envió al Frankfurter Allgemeine, el diario más respetado de Alemania, el ex máximo funcionario cultural de Berlín Ulrich Roloff-Momin instó a Barenboim a permanecer en el cargo y declaró que la campaña contra el director estaba orquestada en parte por antisemitas.

"¿No es realmente insoportable que incluso políticos responsables siempre hagan hincapié en el judío Barenboim y no en el artista de renombre mundial?", escribió Roloff-Momin. "¿Y acaso no es patente el antismitismo cuando uno piensa en el comentario formulado por un prominente berlinés, oído por muchos, pero repetido sólo por lo bajo, cuando dijo que ya terminó el descalabro judío en Berlín?", agregó.

Esta última frase fue atribuida por muchos a Thielemann. Pero el director de la Deutsche Oper negó haberla dicho, calificó de "ridículas" las versiones que lo señalaban, y sugirió la posibilidad de que hubieran sido tramadas para dañar su renombre en un momento tan delicado. "Es curioso que algo semejante surja en este momento", ironizó.

Los músicos de los dos teatros de la ópera manifestaron en una delcración conjunta que jamás habían escuchado un comentario de esa naturaleza en boca de Thielemann. Pero Barenboim aparentemente no estuvo muy convencido que digamos.

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