Tras los pasos de Gardel

Esta noche, en el teatro Coliseo, quien fuera la voz de El Arranque intentará conquistar el título de mejor cantor de tangos de hoy
Gabriel Plaza
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30 de noviembre de 2013  

"Me levanto todos los días pensando en ser el mejor cantor de tangos. No quiero ser uno más del montón. Quizá me lleve toda la vida, porque eso de ser el mejor en realidad no existe. No hay una medalla, una copa o un mundial, pero desde que entré en esta profesión tengo ese objetivo."

No hay pedantería en las palabras de Ariel Ardit. El cantor sabe íntimamente que ese podio, esa medalla, esa copa mundial, pertenece y pertenecerá a Carlos Gardel por siempre. Hay algo irracional en ese objetivo que dirige cada uno de los pensamientos y acciones de este cantor nacido en Córdoba en 1974. Pero ese objetivo, por el que toma clases entrenado la voz como si fuera un retador al estilo Rocky Balboa, lo hace diferente.

Cuando se había ganado un lugar cómodo en la orquesta El Arranque, tocando hits como "Mariposita" en el Club del Vino, reducto por excelencia de los 90 por donde pasaron de Horacio Salgán a Luis Cardei, decidió empezar de nuevo y salir a cantar a bodegones para noventa personas.

"Esas primeras noventa personas me siguen hasta ahora, y hasta compartimos asados en casa porque ya nos hicimos amigos." Cuando todos le decían que tocara con formaciones chicas, decidió armar su propia orquesta típica y rendir homenaje a los cantores del 40. "Me decían que para qué me iba a meter en ese lío, pero yo siempre soñé con una orquesta, es mi ideal estético desde que escuché mis primeros discos de tango." Cuando el sentido común le marcaba que su nuevo disco, Así lo canto hoy , con cinco nuevos temas en su repertorio, lo tenía que presentar con un ciclo en una sala chica, eligió pegar el salto al vacío y soñar con un Coliseo lleno, un teatro prácticamente reservado para otros géneros.

Cuando apareció con su estampa retro de cantor, con el pelo engominado con fijador, el aire evocativo de su voz y ese fraseo que logra que las letras de tango tengan algo de sencilla épica cotidiana, lo bautizaron "Gardelito". Pero él no quiere vivir de glorias prestadas, quiere armar su propio campeonato, quiere lograr la medalla, quiere ser el primer artista "pop" del tango. "No quiero imitar a nadie, quiero hacer de mí", dice.

-¿Que te animó a pegar el salto a un teatro Coliseo?

-La ambición de ocupar cada vez espacios más grandes, no sólo en butacas, sino en popularidad. Quiero agrandar el ámbito del tango en el que uno se mueve. En marzo hice una gira a Rusia y en una fecha en Moscú metimos 2200 personas y en San Petersburgo, 2000. Una semana antes ya estaban agotadas las entradas. Pero acá eso es distinto. Afuera el tango tiene más espacio en los teatros. Acá hay que empezar a crearlo.

-¿Por qué pensás que al tango le cuesta llenar teatros?

-En la medida en que la gente tenga más acceso al tango se va a consumir más. Mientras tenga el dos por ciento de la difusión en la radio se hace muy difícil, por más que sean tangos nuevos o sean clásicos. La gente se termina enterando mucho tiempo después que sacaste un disco. Si hoy el tango tiene un problema no está ni en la composición, ni en las nuevas letras, ni en músicos jóvenes. Todo eso está. El problema serio es la difusión, tener la misma posibilidad que tiene Justin Bieber. Después, que la gente elija.

Estamos en el cafetín El Banderín, todo anacronía, estaño y estereotipo. Acá no suena Justin Bieber. Acá hay un televisor transmitiendo un partido de fútbol. Acá es la patria del tango y del fútbol. Ardit encaja a la perfección en este paisaje, entre cándido, melancólico y atorrante. Ardit canta de esa manera. "El boliche de Roberto fue mi universidad. Para mí fue una experiencia que me permitió sacarle la rigidez al cantor de tango, lo aprendí de Osvaldo Peredo y de Roberto Medina, que estaban ahí. Fue el mejor potrero. Ahí me hice cantor de tango".

-¿Te jugó a favor o en contra esa imagen de cantor anacrónico?

-Ese lugar anacrónico, como salido del blanco y negro, para mí ha sido el mejor elogio. Lo que puedo hacer de acá para adelante es el resultado de haber mirado para atrás, haber escuchado a los cantores, haber llegado al tango por Gardel, haber entendido cómo era la imagen del cantor dentro de la orquesta. Todo eso hace que me sienta visceralmente un cantor de orquesta típica. Pero también tengo la certeza de que a aquellos cantores les tocó vivir una determinada época y yo tengo que correr un riesgo con la actualidad, grabando temas nuevos.

-Un repertorio nuevo ya te diferencia del cantor de los cuarenta.

-Para este disco me llegaron historias que no desentonaron con lo anterior y con las que me puedo sentir identificado ,como "Abasto" de Alicia Crest. Ese no lo cantó ni Podestá, ni Rufino. Estos son mis tangos. La mayoría de los tangos nuevos tienen el perfume de los clásicos, de los tangos viejos que a mí me gustan. Incluso el pedido al director musical fue que en ningún momento busquemos la modernidad en la música. La actualidad está dada por alguien que tiene 39 años. El elogio del cantor de la década del cuarenta a mí me sirve mucho. Soy un cantor de tango que elige mirar hacia atrás, pero con una orquesta de pibes jóvenes. Entiendo la tradición como eso de pasar postas. Tomar la posta de lo anterior para pasársela a los que vienen. Sencillamente eso.

Los tangueros tienen eso. Lo hacen mal o lo hacen bien, pero hay una épica cotidiana detrás de sus actos, como boxeadores. Esta noche Ardit sale a dar pelea, a jugar su campeonato mundial. Tiene estilo, tiene cintura y tiene pegada.

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