Un clásico de visita por el tango

El pianista se atrevió otra vez al género ciudadano en compañía de Mederos y Console.
El pianista se atrevió otra vez al género ciudadano en compañía de Mederos y Console.
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25 de agosto de 2000  

Cuando Horacio Salgán ingresa en el hall del teatro Gran Rex de la mano de Daniel Barenboim, detalle advertido sólo por quienes nos sentimos rozados a su paso (mientras artistas, miembros de la farándula y cholulos se mezclan alegremente), algo se está anunciando esa noche.

No obstante, hace cinco años que el prestigioso pianista argentino, que acaba de festejar los cincuenta años de su primer concierto en Buenos Aires, daba fe de su devoción por el colega tanguero al grabar en el disco "Mi Buenos Aires querido" -junto con Mederos y Console- tres tangos antológicos de don Horacio: "A fuego lento", "Don Agustín Bardi" y "Aquellos tangos camperos". Dada la mutua admiración en los campos de la música clásica y popular, resulta pertinente que Daniel Barenboim se lleve consigo al escenario y abrace cordialmente al maestro Horacio Salgán. Es, quizá, la demostración más cabal y acabada de su acercamiento espiritual con el venerable maestro del tango.

La noche musical se abre, precisamente, con "A fuego lento". Se abre, eso sí, lentamente, tomándose muy a pecho el título. Como sucederá con el resto de las obras que integran el citado disco. Delicadeza y acentos canyengues buscan el centro de lo tanguero, un secreto insondable de la música ciudadana, que a muy pocos intérpretes les es dado develar.

Pero ya en la variación chopiniana de este primer tango de Salgán se percibe tanto la lectura como el enfoque clásico de Barenboim. Es en tal punto donde se produce esa sutil desavenencia entre lo clásico y popular.

Barenboim no cree, a juzgar por su simpático desparpajo, estar violando el género. Su devoción por Salgán es quizá el aval que le permite mostrarse distendido, eufórico, incluso gracioso cuando empieza su diálogo con el devoto auditorio.

Vendrán luego "Mi Buenos Aires querido", "A don Agustín Bardi", "Aquellos tangos camperos"... en los que, tratándose del mismo lenguaje, asumido siempre morosamente por el trío ad hoc, se perciben las diferentes percepciones. Barenboim, atado a la partitura y siguiendo los pasos sutiles o canyengues de Console y Mederos; Mederos, prodigándose en rubatos y en deliciosos acentos; Console, desentrañando minuciosamente los misterios de la tanguedia.

Barenboim parece estar, pese a la distancia estilística, en su salsa. Y uno podría creer que siente afinidades ravelianas cuando asume una de las introducciones de "Adiós Nonino" (la escrita para Dante Amicarelli -la otra fue dedicada al pianista Pablo Ziegler-). Pero otra vez la lectura de una partitura más que refinamiento es la aplicación de códigos afines con la música clásica.

De todos modos, la noche tanguera irrumpe con el solo de Rodolfo Mederos y su mágica versión de "Nunca tuvo novio". Moroso, también, pero profundo, surge ese melodismo inconmensurable del tango argentino por entre esos inefables períodos musicales que traza su bandoneón. El sortilegio se prolongará en las notas de "Contrabajeando" en la visión de Héctor Console, y se repetirá cuando Mederos asuma acendradamente "La casita de mis viejos". Son momentos de antología. De antología tanguera, con todas las libertades que permite el tango en articulaciones, acentos y fraseos.

No obstante, le estará reservado a Barenboim prodigarse en maravillas cuando desgrana, en solo de piano, la Vidalita y el Bailecito de José Resta, y la bellísima "Danza de la moza donosa", de Ginastera. El pianista internacional surge allí -en la hermosura de la sencillez y la miniatura- con su arte empinado y magnífico.

En el final el pianista se da el gusto de incluir en la partida a su hijo violinista Michael, que toca muy bien su parte en "Libertango" y "Desde adentro". Llegará una versión pianísticamente esquemática de "Soledad", donde Mederos recala en la médula tanguera, y un bis concluyente y casi festiva de la milonga "Mano brava".

Por amor al arte, Daniel Borenboim queda eximido de cualquier pecado en esta incursión por los territorios de la música ciudadana.

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