Un jurado sin un villano, no es jurado

En la mecánica implícita de los reality shows, el rol de jurado que hace sufrir a los participantes es un elemento fundamental a la hora de sostener el interés; los casos particulares que se dieron en nuestro medio
Ricardo Marín
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15 de octubre de 2016  

Christophe Kriwonis, un malo entre ollas
Christophe Kriwonis, un malo entre ollas Crédito: Telefe

Hay veces en que la participación de algún concursante en un reality no deja posibilidades para que los jurados lo evalúen con suavidad. Es lo que ocurrió anteayer en Showmatch, con la presentación de Charlotte Caniggia, tan poco agraciada que hasta la supergenerosa Soledad Silveyra la calificó con un tres y la retó en la devolución. "Empezá a ponerle un poco más de ganas a lo que hacés Charlotte, te lo pido por favor", le recomendó en concordancia con sus compañeros del jurado que la evaluaron aun duramente.

Pero esto no es lo habitual. Generalmente en el conjunto de especialistas que deben calificar la labor de los concursantes en estos programas hay algunos como Solita que adoptan una actitud casi de complicidad con los participantes y los alientan con sus devoluciones. En el otro extremo están los otros, los que la juegan de malos, los "maltratadores". Léase: Marcelo Polino y Ángel De Brito en el presente de Showmatch. "Hago un personaje que claramente resulta irritante para los participantes. Me parece perfecto que contesten mis devoluciones. De eso también se trata el show. Pero algunos participantes se avivan y saben que, si discuten conmigo, tienen asegurada una gira mediática por diferentes programas de chimentos", sostiene Polino, dando en la tecla acerca de cómo funciona la dinámica de esa suerte de "show de la pelea" que se genera en estos programas.

Los malvados en el recuerdo

Allá por los primeros años del milenio, cuando los televidentes estábamos aprendiendo a mirar el género de los realities, con todas esas variantes que luego coparon gran parte del tiempo de aire en televisión, en el plano internacional apareció en American Idol uno de los primeros malditos en el rubro de los jurados: Simon Cowell. Él fue quien estableció la costumbre de expresarle a los participantes sin pelos en la lengua lo poco que le gustaba lo que hacían. "Sos el peor cantante que escuché en mi vida", era lo que más solía decir. Su táctica rápidamente dio resultado y él se convirtió en el atractivo principal del programa. La gente veía American Idol para ver a Corwell maltratar a los jóvenes que iban a probar suerte al reality.

En el plano local no tardó en aparecer un juez que emulaba a este inglés devenido jurado de un ciclo de los más exitosos en América del Norte. Quien probó la táctica de convertirse en el malo del concurso aquí fue el productor discográfico Pablo Ramírez, que formó parte del jurado de Popstar y de Operación triunfo, dos realities que movieron en serio las agujas en las mediciones de rating de nuestra televisión en los primeros años del siglo. Por esos días, Ramírez no podía salir a la calle sin que adolescentes y no tanto le gritaran cosas para que dejara de maltratar a esos ídolos en ciernes.

Un par de años más adelante, cuando ya el género y sus mañas eran conocidos por el público y más aún por quienes lo producen, Marcelo Tinelli llamó a uno de los integrantes de lo que sería el jurado de las primeras ediciones de "Bailando por un sueño" y le dio instrucciones precisas de lo que quería de él. Se trata de Jorge Lafauci, uno de los malos que hicieron historia en nuestro medio. "Tinelli me dijo que iba a haber cuatro jurados y que quería que yo fuera el más duro, porque los demás iban a ser condescendientes con los participantes", recuerda el periodista. Para conseguir lo que le pedía Tinelli, Lafauci cuenta que tuvo que armarse un personaje, como hace un actor para encarar una ficción. "Me imaginé que era un profesor duro, muy exigente. Me planté en eso y actué así", cuenta. El personaje era tan estricto que en los primeros programas los productores estaban un poco dubitativos acerca de si no se estaría pasando un poco de la raya. Sin embargo los números de rating demostraban que a la gente le gustaba y las cosas siguieron igual.

Cuando llegó al país la vertiente de los realities en que el tema de competencia es la gastronomía, el referente del malo internacional fue Gordon Ramsay, el chef británico que llevó a la fama en su país el formato del programa que desde hace un par de semanas conduce en Telefé Christophe Kriwonis, Pesadilla en la cocina. Pero anteriormente pasó por otro formato por el que también transitó el chef francés que vive entre nosotros. Se trata de Master Chef, en cuya versión para Estados Unidos Ramsay maltrataba a los participantes de una manera que hasta podía resultar indignante. Además del desprecio con que les comentaba que no le gustaba lo que habían cocinado, solía tirar a la basura con asco los platos preparados.

En el caso de Kriwonis, también era uno de los malvados en la versión de Master Chef regular, pero en la versión juniors, con chicos, era tan bueno como un pan francés. "A mí me hacen fama de malo, porque confunden que si uno es exigente es malo. Yo soy exigente y muy sincero a la hora de expresar mis opiniones, pero eso no quiere decir que tenga maldad", sostiene el chef, que en aquel ciclo compartía el puesto de odioso del jurado con Germán Martitegui, mientras que el efecto de compensación estaba dado por la actitud con que se manejaba Donato De Santis, que trataba con mayor amabilidad a los participantes. En otra propuesta, Dueños de la cocina, que dio unos meses atrás Telefé, en la que los jurados eran Kriwonis, De Santis y Narda Lepes, los tres jugaban de malos, hasta el punto que resultaba extraño ver al chef italiano y a Lepes amonestando con tanta vehemencia a los concursantes que no cumplían con lo que se espera de un cocinero profesional.

En cuanto a perder los estribos con un participante que a uno no le gusta como trabaja, Kriwonis sostiene que en su caso, más allá de lo que parece, en general no pierde los estribos. "No soy de enojarme por cualquier cosa, menos cuando estoy en la televisión. Vos dirás: «¿Pero qué me dice este tipo si se la pasa retando a los participantes?» Bueno, que yo sea vehemente cuando estoy dando una devolución, no significa que esté enojado. Pero sí, también hay momentos en que me enojo. ¿Cuándo? Cuando el tipo es terco y no quiere aprender. O cuando hace una macana y no quiere reconocer su responsabilidad. Esas cosas son las que me sacan", explica el chef francés.

Además de los malvados nombrados hubo en los realities que se vieron en nuestro medio, algunos con particularidades que no tienen parangón en otras latitudes. La primera de ellas fue Nacha Guevara, que hizo su aparición en el rol de juzgar a los participantes en El artista del año. Ese programa, de 2013, conducido por Mariana Fabbiani, tenía la intención de encontrar artistas que pudieran desempeñarse en varias disciplinas artísticas. En un primer momento, el compañero de Nacha en el jurado fue Nicolás Repetto, pero luego de varios programas dio un paso al costado y su lugar lo ocupó Ricky Pashkus. El éxodo de Repetto se produjo luego de ciertos encontronazos con Nacha, que no perdonaba a nadie a la hora de sostener sus opiniones con vehemencia, ni a los participantes, ni a su compañero, ni a la misma Mariana Fabbiani, con quien también tuvo algunos cambios de palabras subidos de tono. Lo que sí era evidente es que la manera de actuar de la actriz y cantante era propio de su personalidad y no fruto de una composición para montar un show. Todo un hallazgo para los productores de realities, que Tinelli supo aprovechar muy bien luego cuando la incorporó al jurado del "Bailando por un sueño", aunque tuvo que soportar también alguna estocada verbal cuando no estuvieron de acuerdo.

El otro personaje maldito que integró jurados de realities de música es Oscar Mediavilla, quien empezó a jugar ese rol en 2012, en Soñando por cantar, que condujo Mariano Iúdica. Allí Mediavilla fue mostrando que su exigencia era muy alta, que luego fue endureciendo cada vez más. Sin llegar a los niveles de mortificación con los que Nacha castiga a los participantes, Mediavilla también es duro con ellos, pero sus devoluciones siempre se sustentan con argumentos de índole profesional. Al igual que Nacha, no arma un show artificial de esta cuestión.

Finalmente está el caso de Maximiliano Guerra, quien fue parte del jurado de Talento argentino, junto a Catherine Fulop y Kike Teruel. Allí aunque jugó el rol del exigente del grupo, no llegó a asumir el papel de maltratador. Donde se demostraba su falta de paciencia era en la rapidez con la que apretaba el botón rojo para expulsar participantes cuando algo no lo convencía. Por esas cosas de la vida, un tiempo después le tocó estar del otro lado, como participante del "Bailando por un sueño" con su mujer. Y tampoco lo trataron muy bien.

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