
Un mal sueño del que nadie puede despertarse
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Mientras filmaba "Twin Peaks" -el largometraje, no estrenado en la Argentina-, a David Lynch se le ocurrió la idea de un personaje interpretado por dos actores o, mejor, la de un hombre, como Jano, con dos cabezas -las de dos actores- y sus dos mujeres, encarnadas por una sola actriz.
La idea fue madurando. Entretanto, una línea de la novela "Night People", de Barry Gifford, su habitual colaborador y guionista, le vino bien para imaginar un título para aquel asunto: literalmente, "Carretera perdida" ("Lost Highway"). Poco después, Hank Williams reclamó porque cuenta con un tema musical de igual nombre. "Yo no lo sabía", respondió cortante Lynch.
Gifford es el autor y guionista de "Corazón salvaje" y el adaptador de "Ambiciones prohibidas" ("The Grifters", la novela de Jim Thompson), que Stephen Frears realizó en 1990. Su libro "Perdita Durango" acaba de ingresar en la pantalla española.
David Lynch se inició en el largometraje, en 1972, con la (inédita) "Eireserhead" ("Cabeza de goma de borrar"). Se mostró inquietante y mensajero de una incomodidad interior, proveniente de la extraña estética de su película. El aplomo de "El hombre elefante" lo diplomó en realización, y "Duna", un capricho de Dino De Laurentiis, fue un retroceso. "Corazón salvaje" (1990) le hizo ganar el premio en Cannes y la serie "Twin Peaks" -tanto como el film "Terciopelo azul"- le regaló consideración entre el público más exigente.
De "Lost Highway" se ha dicho ya que "quien ingresa en su aventura de tiempo y espacio no tiene salida: difícilmente vuelva a entrar en un cine sin recordar esta experiencia".
Implica la noción de laberinto, donde el placer no está ni en entrar ni en salir, sino en el perverso recorrido. Hablando del lugar de la acción, Lynch -sobre todo desde "Terciopelo azul"- descubrió el recurso de la "tajada espacial": el recorte comunitario, la localidad pequeña donde se dan todas las relaciones individuales y sociales.
La idea -explotada hasta la crispación en la infructuosa búsqueda del asesino de Laura Palmer, en el serial "Twin Peaks"- viene de lejos. Es la paradoja narrativa de la antigua serie "Peyton Place" ("La caldera del diablo"), donde, en cada subhistoria, interesan más los vecinos y los seres marginales (los "sospechosos de siempre") que observan a los protagonistas (espiados a su vez por la cámara).
Un lugar que es no-lugar
La carretera a que alude el título remite a la teoría del no-lugar esbozada por el antropólogo cultural Marc Augé. Incluye los aeropuertos, los shoppings, los caminos de plaza, el videogame, las carreteras (por supuesto), las rutas turísticas, la ilusión del laberinto, entre otros hechos (imprescindibles) contemporáneos. Es lo opuesto a la noción de lugar como asentamiento, propio de la antropología. Son sitios donde el rito es imposible. La cancha de fútbol -espacio ritual- sólo es un lugar .
El no-lugar es una descripción propia de la ciudad posmoderna, a la que David Lynch configura desde sus recortes urbanos. Esa tajada tiene sentido de universalidad. No es fácil penetrar en el argumento de "Lost Highway" -estrenada en París antes que en los Estados Unidos, pues es una producción con capitales mayoritarios franceses-, porque la información es recatada en la materia.
Se sabe que el notable Bill Pullman hace de marido celoso. Se llama Fred Madison y sospecha que su mujer lo engaña. En cierto momento comienza otra historia -parece que el enlace es el enigma del que nadie habla y es sorprendente-, con otro personaje masculino, Pete Dayton (el actor Balthasar Getty), pero con la misma mujer (Patricia Arquette), sólo que ahora está de rubio platino. Unos pocos datos indican que los dos hombres -el celoso y el otro, muy sensual y bien correspondido- son una misma persona.
El mayor elogio a esta producción reside en que en ningún momento la acción ingresa en lo sobrenatural. La realidad, de la que no se aparta, es más inquietante e imperiosa que cualquier salida al mundo de los fantasmas.
Arquette encarna a la rubia y a la morena: no es difícil asociar a Renée y a Alice (ambas son Arquette) con Judy y Madeleine, la morena y la rubia de "Vértigo", el clásico de Alfred Hitchcock. Ni al guionista Gifford ni al director Lynch les molesta la comparación con el maestro, aunque no es el suspenso sino la fascinación del miedo el punto de apoyo de "Lost Highway".
En realidad, se trata del horror que se vive en el tiempo de la memoria y el olvido, un tiempo no-tiempo . Se trata de "un mundo donde el tiempo está peligrosamente fuera de control", según señala la información norteamericana de la película.
La identidad perdida
El otro disparador del miedo es la identidad desnaturalizada. Dice Lynch en una entrevista: "No se trata de un film sobre la psiquis humana; la película se instala en ella".
La acción ocurre en una ciudad que se parece sospechosamente a Los Angeles. Pero el espacio principal -lo dice Lynch- está en otra parte, menos asible, acaso en la misma imaginación del creador. "En la apariencia y en el modo de sentir es un voluntario rétro modern ", añade el director recurriendo a un saludable juego de antinomias.
El cine de Lynch es expresionista, aunque el realizador admire a André Bréton hasta autodenominarse surrealista y no tanto por la escritura automática : Lynch es cuidadoso con la lógica interior de la narración y con la retórica para expresar su creencia en "la omnipotencia del sueño".
Por supuesto, hay detonantes reconocibles, por eso producen tanta adhesión estas obras: el sexo, los sueños -tantas veces durante la vigilia- y el inconsciente, trabajado desde la suspensión musical de Angelo Badalamenti. Es buen ejemplo, en "Corazón salvaje", una secuencia primordial: en cierto lugar de la ruta, los protagonistas se enfrentan con las víctimas de un accidente automovilístico. Como si fuera un film de zombies, los muertos corren por el campo, a los gritos, violentos, en su última exhalación.
Después de cuatro años sin filmar, David Lynch regresa con una pesadilla: no se trata de su puesta en escena. "Lost Highway" es el mal sueño.





