Una fiesta al estilo decadente

Recital de Los Auténticos Decadentes. El sábado en el Estadio Obras. Nuestra opinión: bueno
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25 de octubre de 2000  

"Hoy trasnoche" sentencia el afiche, y lo que resulta, a priori, sólo el nombre del último disco de Los Auténticos Decadentes, es, más bien, una banda de sonido apócrifa, un sutil engaño del que todos están dispuestos a participar. De la primavera alfonsinista de los años 80 a la "fiesta menemista" de los 90, Cucho Parisi, Jorge Serrano y compañía siempre supieron exaltar, con fina ironía y bastante acierto, la "vida loca", ésa que arrebataron, sin pedirla prestada, para compartirla con la gente. Pero vivimos en la recesión del año 2000, se acerca fin de mes y las cosas no salen según lo previsto.

La noche del sábado, Obras estuvo lejos de asemejarse a sus grandes jornadas.

Con las populares cerradas, algunos claros en el pullman y un campo en el que se podía transitar con bastante comodidad, el clima atentaba contra la propuesta de la banda, que era la de tomar su nuevo álbum como excusa para repasar, en casi dos horas y media, su considerable discografía.

Experiencia en escena

Claro que un grupo que ya lleva quince años en la escena local, con mucho éxito y bien escaso fracaso, sabe cómo ponerles el pecho a estas circunstancias.

Cerca de las 22.45, cuando por fin se superaron algunos problemas de sonido, Los Auténticos Decadentes salieron al ruedo e impusieron su presencia en el estadio. Suplieron las ausencias, hasta el punto de volverlas anecdóticas. Chaleco sin mangas y pantalón blanco, remera violeta y anteojos, Cucho arremetió con "Yo puedo", "No puedo" y "La marca de la gorra", dos temas del nuevo trabajo y un clásico para calmar a las fieras. Claro que la espera había estado a tono con la puesta decadente: bailanta, cuarteto y una fiesta que ya había empezado sin sus máximos invitados.

Varias visitas sorpresa

"Prepárense, porque la noche va a ser larga", prometió Cucho, y también habló de celebración. Por eso no sorprendió a nadie que uno a uno se sucedieran los invitados previstos, algunos ya clásicos de la banda.

Tras subir la temperatura con "La música" y, más tarde, con "El dinero", y bajar los decibeles con esas típicas canciones de cóctel que tan bien le sientan a la segunda voz de la banda y compositor de la mayoría de los hits, Jorge Serrano, apareció la primera visita.

El cantante de los Babasónicos, Adrián Dárgelos, dio el presente para entonar "Luna radiante" y "Silbando", y enseguida le sucedieron en el escenario los Attaque 77 a pleno. Con Ciro Pertusi a la cabeza, la fiesta tuvo aquel color punk típico de los comienzos de los Decadentes. "Qué vas a hacer" y "El jorobadito" (que el cuarteto incluyó en su álbum "Otras canciones") fueron los dos temas elegidos, y quedó la sensación de que se había vivido uno de los mejores pasajes de la extensa fiesta.

En este tipo de conciertos en los que se suceden los invitados casi sin pausas, se corre el riesgo de que la performance de los protagonistas se diluya en esa seguidilla. Pero nada de eso sucedió, salvo en contados pasajes donde tanto Cucho como Serrano cedieron la batuta al resto de la banda y ésta se mostró perdida, como necesitando de sus habituales conductores.

Con "Gran señor", el estadio Obras pareció venirse abajo, y con "Los piratas" hasta hubo lugar para que la banda sorprendiera con algunos fuegos artificiales y con un "amigo pirata", tal como presentó Cucho a Javier Calamaro. A estas alturas, el show estaba promediando y nadie pedía la hora, como tampoco iba a suceder en el momento de los bises.

Luego, "Loco", "El murguero" (Con Pity y Sebastián de Los Piojos), ("Vení Raquel") y una excelente versión de "Gente que no" (clásico de Todos tus Muertos, coescrito por Serrano) desfilaron sin pausa.

Afuera, la ciudad ya no era la misma. El diluvio aguardaba por una presa fácil, el público "decadente". Cucho alertó a todos de lo que sucedía, con una expresión inequívoca, pero nadie le prestó atención. Todos querían aprovechar las últimas oportunidades que tenían para seguir bailando, para abstraerse unos minutos más de la realidad. Vaya paradoja la de la lluvia, golpeando a todos sin atenuantes, como para dejar bien en claro que aquello que se había vivido ya era parte del pasado.

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