Una ópera justamente olvidada

"Francesca da Rimini", ópera de Riccardo Zandonai con texto de Tito Ricordi sobre el drama de Gabriele D´Annunzio, con Cynthia Makris (Francesca), Sergei Larin (Paolo), Valery Alexejev (Giovanni), Ricardo Cassinelli (Malatestino), Cecilia Díaz (Samaritana) y elenco. Régie: Oscar Figueroa; escenografía: Enrique Bordolini; figurinista Imme Müller. Coro y Orquesta Estable del Teatro Colón. Dirección Mario Perusso. Función del Gran Abono, Teatro Colón. Nuestra opinión: bueno.
"Francesca da Rimini", ópera de Riccardo Zandonai con texto de Tito Ricordi sobre el drama de Gabriele D´Annunzio, con Cynthia Makris (Francesca), Sergei Larin (Paolo), Valery Alexejev (Giovanni), Ricardo Cassinelli (Malatestino), Cecilia Díaz (Samaritana) y elenco. Régie: Oscar Figueroa; escenografía: Enrique Bordolini; figurinista Imme Müller. Coro y Orquesta Estable del Teatro Colón. Dirección Mario Perusso. Función del Gran Abono, Teatro Colón. Nuestra opinión: bueno.
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24 de agosto de 2000  

Sesenta y ocho años pasaron desde la última presentación de "Francesca da Rimini" en el Colón. Dentro de un arte que vive y respira mayormente de las recreaciones de obras del pasado, tan prolongada ausencia es testimonio harto elocuente de carencias congénitas y de una concreta falta de interés por reponerla o presenciarla.

También se podría hacer mención al hecho de que no es una ópera que esté registrada dentro de los catálogos de los sellos discográficos más importantes. La posibilidad de observarla en el Colón, por lo tanto, no era para desaprovechar. Pero tampoco para dejar de sacar conclusiones sobre sus escasos valores ni para dejar de mencionar el hecho de que el largo silencio, en definitiva, no responde a ninguna injusticia. Como casi siempre, la historia no se ha equivocado, y a "Francesca" es difícil tarea encontrarle méritos que vayan más allá de ciertos y muy escasos aciertos.

Como hombre, director y compositor al tanto de las tendencias dramáticas e idiomáticas de la música de su tiempo, Zandonai introdujo todos los ingredientes que hacían falta, en 1914, para obtener una ópera moderna. En lo musical, la obra abunda en armonías cromáticas, prescinde de las arias que discontinúan el devenir teatral, se despega de cierta vena melódica del romanticismo y del primer verismo italianos, incorpora sonidos sinfónicos que, por momentos, recuerdan a los poswagnerianos, y ocasionalmente también se pueden escuchar las armonías modales y hexatónicas y los movimientos de acordes paralelos característicos del impresionismo debussyano. Con todo, de tal mezcla de actualidad no ha salido un buen producto, tal vez por falta de personalidad musical o porque dichos elementos están combinados de manera desordenada y con poco sentido general.

La ópera es exageradamente lenta. El drama de Francesca y Paolo, cuñados y amantes, muertos por Giovanni, el marido de una, el hermano del otro, fue extraído por D´Annunzio de la "Divina comedia", de Dante. Quizá con material apenas suficiente para un breve relato trágico, el poeta y novelista italiano lo extendió hasta un drama romántico en verso pero de contenidos decadentistas y no pocas conexiones con el simbolismo francés.

Independientemente de su lógica textual, Zandonai lo lleva adelante con una lentitud extrema, sin continuidad musical que justifique tanta languidez y sin algún toque sonoro que altere tanta monotonía. Todo el primer acto, por ejemplo, se reduce a generar alguna expectativa previa a la entrada de Francesca, cómo se pergeña su casamiento, a un diálogo casi críptico con su hermana Samaritana y, nuevamente, a crear otra vez más expectativa para la llegada de Paolo. Pero además, el libreto abunda en situaciones secundarias, marginales y hasta remanidas, que no hacen al desarrollo de la relación de los amantes. Desde el punto de vista teatral y operístico, la acción sólo avanza consistentemente en el último acto. Antes de eso hubo una guerra, acciones heroicas, sufrimientos por parte de Francesca, personajes estereotipados, danzas cortesanas y situaciones entre el kitsch y la vulgaridad, como el coro femenino lejano cantando a la primavera en el momento del primer beso de Francesca y Paolo.

Si bien de libretos insustanciales está poblado el reino de la ópera, también es real que los grandes compositores han logrado sobreponerse a esas limitaciones para concitar la atención y dejar tensos a todos y cada uno de los espectadores.

Zandonai, por esta "Francesca", que es su drama más célebre, no puede ser incluido dentro de esta constelación de operistas de pura cepa. Con sus recursos de actualidad, articulados de modo impersonal y poco efectivo, sólo logra hacer pasar el tiempo con poco interés y con longitudes inapropiadas. La concreción teatral de "Francesca" tampoco fue lo suficientemente atractiva como para avivar la imaginación. La escenografía ultradetallista, con la mira puesta en cada elemento con minuciosidad histórica y una concepción plástica destacable, se vio relegada a un segundo plano por una iluminación que se regodeó mayormente en sombras y planos oscuros y por actuaciones y movimientos escénicos sumamente estáticos y estereotipados.

El final del segundo acto, teatralmente lo más impactante de toda la obra, comenzó con el giro del escenario y la apertura de una acción de guerra con flechazos, combates cuerpo a cuerpo, mucho movimiento y algunos efectos especiales que debe de haber costado un enorme trabajo montar. Con todo, la gran parafernalia escénica no fue sino un instante mínimo y espectacular, que arrancó aplausos espontáneos a medida que se cerraba el telón pero que, en definitiva, no pasó de ser una mera nota de color. La guerra entre güelfos y gibelinos no tiene casi ninguna importancia en el desarrollo dramático de la ópera, ni una trascendencia significativa en la relación de Paolo y Francesca.

En el plano de las actuaciones, no brilló Cynthia Makris. Su voz no tiene volumen ni cuerpo en el registro grave y es un tanto estridente en el agudo. Su personaje fue excesivamente taciturno, más cercano a una Mélisande de muchos misterios que a una Francesca simplemente dudosa entre su deber conyugal y su amor por el cuñado. Larin, el Paolo en cuestión, se mostró mucho más firme en la construcción del personaje, con una voz bien timbrada y agradable y también con actuaciones de una simplicidad llamativa.

Del elenco central sobresalieron el tosco Giovanni, interpretado por Valery Alexejev, y un repulsivo y contradictorio Malatestino, bien trabajado por Ricardo Cassinelli. Con todo, en el plano de la excelencia, la que se llevó todos los honores fue Cecilia Díaz, en el papel de Samaritana, un personaje ciertamente secundario, que sólo aparece en la segunda escena del primer acto. Cecilia cantó con expresividad, con una voz cada vez más afirmada, bien afinada y sin baches en ningún registro. Fue una lástima que Samaritana se fuera con sus congojas con el telón del primer acto sin regresar jamás. El resto del elenco cumplió acertadamente, lo mismo que la orquesta, bien dirigida por Perusso.

No hubo aplausos estruendosos hacia el final de la ópera. El esfuerzo de los cantantes y los músicos lo habría merecido. Pero las pocas butacas vacías que se vieron cuando se abrió la función a las 20.30 se habían transformado en enormes huecos cuando la obra concluyó cuatro horas más tarde. A medida que pasaba el tiempo y la ópera no generaba expectativas ni despertaba emociones, el público se fue yendo no tan lentamente. Dos intervalos amplios y dos intervalos menores entre los tres cuadros de los últimos dos actos fueron una invitación a la deserción. Y no hay reparos ni objeciones. Zandonai no ofreció un banquete que justificara cuatro horas para algún postre final.

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