Vigor y brillo con la Orquesta de Mantova

Dos conciertos de la Orchestra da Camera di Mantova. Director: Umberto Benedetti-Michelangeli. Solistas: Bruno Canino, piano y Giuliano Carmignola, violín. Primer programa. Ravel: Le tombeau de Couperin. Mendelssohn: Concierto en re menor para violín, piano y orquesta de cuerdas. Mozart: Sinfonía Nº 38 "Praga". Segundo programa. Mozart: Concierto Nº 4 para violín y orquesta K.218 y Concierto para piano y orquesta Nº 23, K.488. Beethoven: Sinfonía Nº 2. Temporada de Harmonia. Teatro Coliseo. Miércoles 18 y jueves 19 de octubre. Nuestra opinión: Muy bueno
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21 de octubre de 2000  

Lo que más impresionó de la Orchestra da Camera di Mantova fue el entusiasmo mantenido firmemente por sus instrumentistas, a lo largo de los dos conciertos del miércoles y jueves en el Coliseo. El amplio conjunto italiano, que ya había actuado en Buenos Aires en 1997, consiguió contagiar al público de ese clima fervoroso y seducirlo de entrada, una ventaja con la que no cuentan otras agrupaciones más flemáticas.

Nada se mantiene impasible en manos de estos 39 ejecutantes, casi todos muy jóvenes y musicalmente eficientes, aunque el inyector de tan trascendente fogosidad es Umberto Benedetti-Michelangeli, un director de estilo exaltado, pero también muy preciso. Todo lo que tocan está teñido de esa tonalidad intensa, que por suerte no desbordó en ningún momento. El oyente puede llegar a pensar que tanta vehemencia, repartida indiscriminadamente, termina por uniformar las interpretaciones en un levantado nivel efusivo. Pero esto no sucedió con el conjunto mantuano y todo lo que tocaron en sus dos programas apareció vivo y desembarazado.

Sin embargo, para ser fiel a esta subida intensidad, Benedetti-Michelangeli debe forzar algunos recursos interpretativos, especialmente la dinámica, el sonido y sus variados matices. Con esta actitud se vieron especialmente beneficiados los cuatro movimientos de "Le tombeau de Couperin", de Ravel, en el comienzo del primer programa, que fueron expuestos con gran refinamiento sónico y notable transparencia del tejido. Otro tanto sucedió con la Segunda Sinfonía de Beethoven. En cambio, Mozart no siempre responde adecuadamente a una acentuación tan vigorosa, aunque debe reconocerse que Benedetti-Michelangeli no empañó en ningún instante la limpidez y claridad de la Sinfonía "Praga", ni los acompañamientos en los conciertos K. 218, para violín y K. 488, para piano.

Curiosamente, los dos solistas que vinieron con la orquesta responden a las mismas características interpretativas del director. El violinista Giuliano Carmignola, de mecanismo particularmente atractivo, se muestra partidario de marcar netamente las aristas y no redondear el sonido, como es habitual en los instrumentistas que tienden a la sensualidad sónica. Su versión de Mozart no merece ningún reproche, salvo que, por momentos, una actitud tan rigurosa puede privar de gracia a algunos pasajes.

Con respecto al pianista Bruno Canino, los oyentes que allí estuvieron tuvieron ocasión de escuchar a uno de los camaristas actuales más interesantes de la escena actual, un músico consumado, de gran latitud interpretativa. En la Argentina se conocen varios de sus muy valiosos trabajos discográficos, sus Bartók, Hindemith, Bach y algunos contemporáneos poco grabados como los italianos Casella y Bussotti, el argentino Kagel, el húngaro Ligeti. También Canino adhirió al estilo tenso, contrastado e impetuoso de la Orchestra di Mantova, ante el que, por cierto, nadie puede mantenerse indiferente.

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