Wim Wenders, en su mundo

"The million dollar hotel" ("El hotel del millón de dólares"/1999). Presentada por Primer Plano Film Group. Dirección: Wim Wenders. Con Jeremy Davies, Milla Jovovich, Mel Gibson, Jimmy Smits, Peter Stormare y otros. Guión: Bono y Nicholas Klein, basado en un libro de Nicholas Klein. Fotografía: Phedon Papamichael. Música: Bono, Jon Hassel, Daniel Lanois y Brian Eno. Duración: 120 minutos. Calificación: sólo apta para mayores de 16 años. Nuestra opinión: Regular
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22 de febrero de 2001  

En la filmografía de Wim Wenders hay cualidades distintivas, elementos propios y originales y temáticas que ningún cineasta había planteado antes con tanta claridad. Hay, también, defectos y limitaciones de los que no está libre ningún director que posea una estética propia.

Los primeros cortometrajes del creador alemán, realizados hacia fines de la década del sesenta y principios de la del setenta, ya demostraron muchos desafíos a los códigos cinematográficos frecuentes en aquellos períodos. En 1970 se insertó en el largometraje con "Verano en la ciudad", a la que siguieron títulos como "Alicia en las ciudades", "El amigo americano" y, fundamentalmente, "El estado de las cosas", "Paris-Texas" y "Las alas del deseo", que le dieron renombre internacional.

Encandilado por las promesas de los productores norteamericanos (y, posiblemente, también por los dólares que creía merecer), Wenders dejó su Alemania natal y se introdujo en ese mundo de arte-industria que obliga a las permanentes concesiones. Y con "Hammett" ofreció el testimonio de un desengaño y de un fracaso. El sueño de América contrastado por la imposibilidad de sumarse a él de modo exitoso. Allí, en esa fábrica de producir de- prisa y compulsivamente, Wim Wenders prosiguió su trayectoria artística. Y "The million dollar hotel" es el resultados de esa continua decadencia de su realizador. No se aparta aquí de su microcosmos a través del que indaga la realidad, los objetos que lo rodean, las ciudades y lugares en que se vive. Ve, también, la muerte, la finitud del hombre y lo transitorio de las cosas.

Pero la fuerza expresiva de las historias de Wenders, aquella de sus realizaciones iniciales, ya pierde aquí la potencia y la poesía que supo imponerles a sus anteriores anécdotas. Su nueva propuesta se centra en una banda de parias y rebeldes que viven en una pocilga del centro de Los Angeles, conocido locamente como Million Dollar Hotel. La trama es vista a través de los ojos de Tom Tom, un joven que les sirve a sus compañeros de alojamiento como una especie de "mayordomo del mendigo" y posee una mentalidad infantil e inocente.

El peligro de la reiteración

El joven se ha enamorado locamente de Eloise, una especie de ángel callejero inserto en sus silencios y en sus fantasías, y mientras la relación sentimental avanza el hotel se convierte en el centro de una investigación policial: uno de sus residentes, drogadicto e hijo de un magnate, se cayó (o lo empujaron) de la terraza del edificio.

En la historia, Wenders no se aparta de su estética sombría, de sus personajes permanentemente oscilantes entre la bondad y las dudas, de sus situaciones que entrelazan lo real y lo pesadillesco, de los claroscuros que son metáforas de las almas de sus criaturas. Pero todo es aquí descabellado y casi surrealista bordado por un humor que pretende descubrir los pliegues más hondos de cada uno de los personajes.

Vale recordar que el realizador alemán es un verdadero aficionado a la música -concretamente al rock- y en esta oportunidad se dejó atrapar por un relato escrito por Bono, conocido internacionalmente como la cara principal de la aclamada banda U2. Así, con esa anécdota en la que impera la más estridente música y dibuja extraños arabescos en sus protagonistas, Wenders intenta retomar su cine tan personal. Pero no lo logra, o lo logra apenas. La morosidad, ese juego casi cansador de una cámara inquieta y un entramado que se desarrolla casi exclusivamente en interiores agónicos y repetidos atentan contra el virtuosismo, la poesía y el resplandor de quien fue uno de los más talentosos realizadores de los años setenta y ochenta.

Jeremy Davis se esfuerza por sacar adelante su nada fácil personaje; Milla Jovovich aporta un rostro angelical y una ternura escondida a esa joven necesitada de cariño, y Mel Gibson transita por la historia a través de un estrambótico detective que, muy lejos de los creados por el cine negro norteamericano, apuesta a una rebuscada seducción.

Mucho más allá de esta nueva y fallida producción de Wim Wenders, todavía es posible creer en su talento y en su sensibilidad. Ello ocurrirá, sin duda, cuando el realizador se vea libre de las imposiciones de un mercado que le marca pautas irreconciliables con su primigenia forma de apreciar y valorar sus anteriores trabajos.

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