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Y mañana serán hombres

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7 de agosto de 2007  

Esta foto vale por un millón de años. El que va de la A del mono a la Z del hombre. De Camila a Willy. Esta foto sucede a diario en el Instituto de Primatología (Cemic), de Buenos Aires. Aquí, desde hace 34 años, el sabio Carlos Nagle expediciona tras un objetivo fantástico: la cara de Adán. Con rigor y temblor, junto a las científicas Farinati, Lahoz, y Manzur, él ahonda en un viaje de fábula. En un recinto de 175 metros cuadrados (y cuidados como niños) habitan 77 monos Cebus apella . También llamados capuchinos , pues remiten a la silueta bicolor de dichos monjes. Aquí, en un ambiente donde el amor humaniza la ciencia, se estudian el perfil, la conducta y la relojería ovular de monos que escapan al esquema del rótulo. A los cebus, la ciencia los considera de los más inteligentes del planeta. Más próximos al primate humano que ejemplares de crueldad suma como son el bushdiábolo, el putinesco o la condy vulgaris, hembra de cara de cobra obstinada en vender cocos atómicos a países de odio endémico. El Cebus apella , en cambio, asiste a discapacitados y sus hembras prestan su relojería ovárica a estudios que echan nueva luz al embarazo humano.

Dado que hablamos de nuestra parentela básica, amerita mirar un segundo el árbol. Luego del primate humano vienen los simios: chimpancé (polígamo), bonovo (casi humanoide, caza en grupo), el gorila (monógamo), orangután (enseña a sus hijos). De todos, el chimpancé es el que tiene más próxima sinonimia con lo humano. Estos abuelos básicos provienen de dos ramas: los catarrinos (nacidos en el Viejo Mundo) y los platirrinos (del Nuevo). Los cebus de nuestro cuento real son plati y se los encuentra desde el litoral argentino, pasando por el brasileño, hasta Panamá. Su predador natural es el yaguareté. Y el cultural, entre otros, María Julia Alsogaray. Durante la obra faraónica de Yacyretá, ella telefonéo al doctor Tagle, cuando ya era muy tarde, por si quería organizar operativos de salvamento. Dos semanas después la suelta de aguas sobre el inmenso hábitat le costó a la naturaleza la pérdida de dos millones de monos (triple sic ).

Pasar un rato junto a los Cebus apella conmueve hasta lagrimear. Los 77 poseen su nombre en las jaulas y responden a ellos. Negro es el veterano (54 años, sumido, pelambre oscura). Camila, la autista, sólo abandona la inmovilidad cuando se aproxima Guillermo Gette, técnico en cuidado y alimentación, cuyo amor por estos animales lo lleva a visitarlos incluso en sus días de descanso. Además de descubrimientos sobre ovulación logrados por las biólogas, se destaca la preparación de los cebus para asistir a anoréxicas y parapléjicos. Tras ser humanizados (quita de la madre al nacer, alimentación con leche de vaca y permanecer sólo en contacto con humanos), se los envía al Albert Einstein de Nueva York, donde completan su adiestramiento. Desde una mocha recibirán impulsos no agresivos y señales de láser los llevarán a relacionar objetos con acciones a realizar. Así, cuando el enfermo pulse el botón de su necesidad, el cebus acudirá al objeto iluminado y traerá el pañuelo para secar la saliva, el vaso con agua, el casete para colocar o el libro cuyas hojas irá dando vuelta ante los ojos del incapacitado total. Los cebus comprenden hasta 15 señales y por cada ejemplar familias de Estados Unidos pagan hasta 50.000 dólares.

Ahora bien. Si somos lo que fuimos, nada impide imaginar que estos monos lleguen a ser hombres. Si somos el mañana de aquel lejano ayer es aceptable pensar que los descendientes de estos monos, sus futuribles choznos (dentro de un milenio o más, y fracasada como va la actual camada de primate humano) evolucionen hasta cuajar un nuevo formato de hombre. Si por pésima gestión o por calentura global o porque las células se atasquen vendrá (Dios quiera) otro modelo. Y de ser así, ellos serán lo que somos. Mejorados. Y esta primicia válida: y serán hombres.

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