srcset

Hábitos

24 horas arriba del barco de 9 metros donde vive una familia de tres

Constanza Coll
(0)
23 de octubre de 2018  • 13:22

Estamos navegando . Después de un mes y medio en Florianópolis, al fin conseguimos soltar amarras y poner proa al norte. El barco había quedado parado más de un año, desde que Juan lo trajo hasta que tomamos la decisión de seguir navegando juntos, así que había mucho por hacer.

Entre otras cosas, limpiamos el moho acumulado en cada rincón; construímos una planchada en la popa para pescar y poner los pies en el mar; instalamos el piloto automático, que es clave en navegaciones de varios días, especialmente con un bebé de dos años a bordo; rediseñamos los espacios de guarda; armamos un toldo para tener sombra en el cockpit; sacamos el barco del agua para limpiar y pintar el fondo; y lo equipamos con todas esas cosas que hacen de un velero, un hogar.

Entre trabajo y trabajo, nos sumamos a una regata hasta Itajaí y estuvimos navegando entre islas y a playas cerca; pero ahora sí, nos fuimos. Claro que hay cuestiones pendientes para resolver y que van a aparecer cosas para hacer en el camino, pero ya se empieza a vislumbrar el viaje que soñamos, los próximos puertos, los desafíos, y sobre todo, cómo son nuestras rutinas en el Tangaroa2. Es increíble cómo las mismas personas, con sus costumbres y necesidades de siempre, pueden tener un día a día tan distinto viviendo en el mar.

6:00 hs, todos arriba

Las mañanas son de sol y desayuno, antes de navegar
Las mañanas son de sol y desayuno, antes de navegar Crédito: Constanza Coll

Es imposible pasar de esa hora, el sol atraviesa los toldos y pega justo en los ojos. Y el barco, que es de acero, se empieza a calentar, así que nos levantamos enseguida para abrir al máximo todos los tambuchos (ventanas) y cambiar la disposición de los toldos para que reenvíen todo el aire posible hacia adentro. Desde nuestro camarote en la popa, y desde el de Ulises en la proa, lo primero que se ve al abrir los ojos es el cielo, y eso define la planificación del resto del día. En esta parte de Brasil, o por lo menos lo que vivimos hasta ahora, suele haber menos viento y nubes por la mañana, y se va complicando con el correr de las horas. Preparamos el desayuno y lo llevamos al cockpit: frutas, café o mate con yerba gaúcha, leche (sólo usamos en polvo), cereales, pan, queso, miel.

8:00 hs, a sus puestos

Nos gusta navegar desde temprano, y calculamos bien las millas y la velocidad que hacemos para no llegar a un puerto nuevo después de la caída del sol, por seguridad. Así que, si vamos a algún lado, a las 8:00 am ya estamos con las velas bien arriba y sabiendo los waypoints que vamos a hacer para llegar a destino en tiempo y forma. Si acaso nos vamos a quedar, entonces para estas horas el gomoncito ya está flotando, con su pequeño motor instalado, listo para que podamos bajar a la playa: los veleros tienen una quilla que va, en el caso del Tangaroa2, casi 1,7 metros debajo de la línea de flotación, por lo que siempre quedan fondeados más o menos lejos de la costa.

11:00 hs, "hambre mamá"

Mucho antes del mediodía ya estamos pensando en el almuerzo, quizás porque nos levantamos muy temprano, o por el aire de mar, o porque ya queremos volver al barco. El primero en reclamar es Ulises, y el timing es perfecto, porque después de las 10 y hasta las 16 intentamos no estar tanto al sol. El almuerzo se improvisa con cosas que haya en la alacena o sobras del día anterior: nada que no se pueda cocinar en menos de lo que se demora en comer, como decía mi abuela Coca. Esto es aún más radical si es estamos navegando, porque el barco escora (se inclina) e imposibilita cualquier preparación que exceda unos fideos o arroz con atún.

16:00 hs, momento de playa o compras

Rara vez duermen siesta, pero después de comer es momento de leer y descansar
Rara vez duermen siesta, pero después de comer es momento de leer y descansar Crédito: Constanza Coll

Son contadas las veces que dormimos siesta, pero sí hacemos cosas tranquilas al principio de la tarde. Esto es: leer, dibujar, jugar a las cartas, escribir, hacer algún arreglo o mejora en el barco. Recién a eso de las cuatro encaramos el resto del día, volvemos a salir al cockpit y cambiamos el fondadero si el viento lo exige: siempre buscamos reparo de tierra para dormir tranquilos. Y desembarcamos, conocemos si es un lugar nuevo, caminamos por la playa y entramos al mar. Entre las misiones, antes de volver al barco está conseguir los ingredientes necesarios para la receta de la noche. En este punto vale aclarar que no tenemos heladera a bordo, sólo una conservadora, lo que nos obliga a comprar víveres siempre que queramos comer algo fresco.

19:00 hs a cielo abierto

Nunca pero nunca se pierden un atardecer
Nunca pero nunca se pierden un atardecer Crédito: Constanza Coll

Vemos el atardecer siempre. No dejamos pasar este momento del día, ningún día. A veces es lindo, como todo atardecer, pero hay soles que se van con tanto espamento que uno no consigue dejar de mirar el cielo y el mar, que refleja y duplica el paisaje todo alrededor del barco, los 360°. Cuando la noche pinta bien, cocinamos y comemos en el cockpit, donde tenemos una parrillita y un fogón a gas con una plancha de hierro. Acá suele tomar las riendas Juan, que justo al contrario que en mi caso, disfruta y tiene la paciencia suficiente para prender un fuego, pensar un plato, amasar, condimentar con lo justo, esperar a que se cocine despacito: pescados grillados, verduras asadas o salteadas, pizzas a la piedra, pollo al curry, carne de cerdo al limón (mucho más sabrosa y barata que la carne de vaca por estos lares).

24:00 hs de madrugada

Ulises pide "dormir" enseguida después de cenar, y nosotros estiramos la noche un poco más, pero nunca llegamos a las 22. El proceso de irnos a dormir es bastante trabajoso: guardamos el motor y levantamos el bote con el guinche para apoyarlo en la planchada de popa, ponemos los toldos sobre los tambuchos para tapar la luz de la mañana y posibles chubascos, atamos cabos flojos y todas las cosas que hacen ruido cuando reina el silencio y el barco se mece con las olas. Por último, cerramos la escotilla. A eso de la medianoche, cada noche hasta ahora, nos despertamos con algún "clanc" que puede ser: platos chocando, una driza que quedó suelta, el gancho del guinche, algún juguete olvidado que rueda de un lado al otro del puente… Con el tiempo esperamos volvernos más expertos, menos mañosos, o las dos.

Constanza y Ulises con los pies en el agua
Constanza y Ulises con los pies en el agua Crédito: Constanza Coll

Seguí nuestro viaje en Instagram: El_Barco_Amarillo, Facebook/Tangaroa2 o www.elbarcoamarillo.com.ar

MÁS LEÍDAS DE Lifestyle

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.