5 experiencias exitosas de compartir la vida a bordo

Constanza Coll
(0)
14 de marzo de 2019  • 00:44

"Voy a rezar rosarios por ustedes", me dijo mi tía Catalina cuando leyó, en un posteo de Facebook, que habíamos decidido abrir la escotilla del barco para hospedar a amigos de las redes sociales. Para entonces llevábamos seis meses de vida en el mar en un viaje sin tiempos ni itinerario preestablecido, con mi marido Juan Dordal y nuestro hijo Ulises, que aún no cumple los 3 años. Para ser sinceros, no fue una idea nuestra, sino de Florencia y Agustín, que estaban planeando un viaje por Río de Janeiro y les interesaba la experiencia de vivir a bordo unos días. Quedaron advertidos del tamaño y las comodidades del Tangaroa2, de la inexistencia de heladera por ejemplo, de las duchas en el cockpit, y sobre todo, de la presencia del pequeño Uli, con todo lo encantador e intenso que puede ser un niño de su edad. "Nos encanta", cerramos el trato y los esperamos aquel 20 de enero a las 10 de la mañana en Praia da Julia, Ilha Grande.

Claro que es distinto ahora, por Ulises y porque vivimos en un velero de 9 metros y no en una casa o departamento, pero ya habíamos pasado por vivencias más o menos similares. Eso le respondí a mi muy querida tía Cati: que en nuestro primer monoambiente también recibíamos personas del mundo a través de la plataforma Couchsurfing, que siempre que hospedamos o nos hospedaron fueron oportunidades de mucho intercambio, que así hemos conocido a verdaderos amigos, y que además de todo, esta propuesta nos ayudaba a solventar algunos gastos del viaje. Aprovechando que la temporada de verano recién comenzaba, y que justo estábamos en un destino ideal para navegar, por la cantidad de islas y playas, y por el clima más que benévolo de Angra dos Reis, hicimos un posteo en el que anunciamos que la escotilla del Tangaroa2 quedaba oficialmente abierta a quienes quisieran pasar unos días con nosotros.

Desde entonces, en poco más de un mes tuvimos 5 casos exitosos (es decir, todos), con personas que vinieron solas, parejas y familias de hasta 6 personas. Lo que sigue son algunas reflexiones sobre lo que pasó y lo que aprendimos hasta ahora.

1. Confianza

Empezamos a recibir viajeros cuando tuvimos aquel primer departamento de 25 metros cuadrados en Belgrano, CABA. Vinieron personas de Grecia, Turquía, Vietnam, Estados Unidos y Brasil, y a todos les dimos un juego de llaves de casa hecho para tal fin, así podían entrar y salir cada vez que querían. Entonces creíamos, y aún no tuvimos ninguna decepción, que si uno abre las puertas de su hogar con confianza y buena onda, nadie te devuelve con traición o maltrato. En el barco es igual. Todo está disponible para usar, aprovechar, incluso, cuando se trata de una pareja les cedemos nuestro camarote para que estén lo más cómodos posible.

2. Intercambio

Con Florencia y Agustín pasamos 4 días recorriendo distintas bahías de las islas Grande y Gipoia, como la Laguna Azul, Sitio Forte, Dentista y Bananal, todos paraísos. Ellos aprendieron algunas cosas de náutica y jeites de la vida a bordo, como a limpiar pescados, economizar el agua dulce o cocinar con un sólo fuego; y nosotros aprendimos con ellos también: desde su estadía, por ejemplo, incorporamos los ñoquis de papa a nuestra dieta y las acuarelas para pintar con Ulises, que le divierte y relaja, especialmente los días de lluvia. Más adelante, con Juan Francisco, que trabajaba en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata, supimos los nombres de todos los dinosaurios que tanto le gustan a nuestro hijo; con Pamela, de Formosa, sumé algunas posturas y propuestas de yoga a mis prácticas en la playa; y la semana pasada aprendimos mucho de una buena relación padres-hijos con la familia Domingo, en la que cada uno de los cinco tenía su personalidad y a la vez todos se respetaban y llevaban muy bien.

3. Compañía

Una de las preguntas que más nos hacen respecto del viaje es por los pros y contras de vivir y viajar en barco. En la columna de los contras, la única y verdadera razón por la que alguna vez seguramente volvamos es la familia, los abuelos, los hermanos, los padres. La tripulación de #ElBarcoAmarillo somos Juan, quien escribe y Ulises, y a veces extrañamos. En el camino, paleamos un poco este gran "contra" con amigos que vamos haciendo en el viaje, tripulantes de otros barcos, vecinos de los lugares donde nos gustó y nos quedamos más tiempo, y ahora, amigos del Tangaroa2. En este último caso, los vínculos que formamos son muy fuertes y reales, porque el espacio es reducido y no hay forma de esconder o disimular nada, porque se comparten días completos y también las noches, momentos de paz y de adrenalina, charlas en el cockpit al desayuno, mientras atardece o mirando cielos muy estrellados. El problema, otra vez, son las despedidas, de los otros navegantes que siguen su viaje, de nuestra familia que viene de visita y luego regresa a nuestra querida ciudad, y de quienes vienen a pasar un tiempo a bordo. Ulises llora cada vez que se van sus amigos, y es triste, pero creemos que es un ejercicio del corazón que hace le muy bien a él y a nosotros.

4. Equipo

Es la primera vez que trabajamos juntos con Juan. En Buenos Aires, él es psicólogo y yo periodista; sólo compartíamos las anécdotas, reflexiones sobre lo que cada uno hacía o dejaba de hacer. Hoy armamos equipo, y con Ulises también, que por lejos es el mejor entreteniendo y enamorando a todo el mundo. Nos distribuimos las tareas según lo que a cada uno le sale mejor, y a veces no es fácil, porque tenemos que ser anfitriones, navegantes, familia, padre y madre, e irnos a dormir en paz cada noche. Además de nuestra pareja, que viene en ejercicio hace 15 años (casi la mitad de nuestras vidas), y del pequeño Ulises, se suma al equipo cada persona que se embarca, izando o desenrollando velas, timoneando, cocinando, pescando con caña o arpón, preparando caipirinhas o simplemente relajando e invitan a relajar, una cuestión clave para el bienestar del grupo en su conjunto.

5. Diversión

Hay muchas cosas que, estando solos, no haríamos. El hecho de estar recibiendo a personas que no conocen la zona, que quieren pasear y navegar a vela, nos "obliga" a estar soltando amarras todo el tiempo, a estar en movimiento. Una rutina factible de un día a bordo podría ser: amanecer en una bahía calma, desayunar al aire libre, navegar a tal o cual islita para almorzar y nadar por la tarde, buscar un fondeadero seguro para cenar y dormir tranquilos. Hay una frase que leí por ahí y que remite a esto de estar en movimiento, siempre en la búsqueda, que me (nos) resulta muy inspiradora: "las oportunidades bailan con los que están en la pista".

MÁS LEÍDAS DE Lifestyle

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.