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52 años después. Nido vacío y desafío: ¿qué era lo que nos había unido y enamorado?

Señorita Heart
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20 de noviembre de 2020  • 00:22

Cuando entró a esa fiesta y la vio sentada, con su minifalda y su mirada profunda, sintió que el corazón se escapaba de su pecho. "Tengo que sacarla a bailar", pensó. Algo inexplicable lo había atraído hacia esa dulce morocha que reía y conversaba con amigas mientras él, a la distancia, la observaba con ojos de asombro.

Era abril de 1968. José tenía 16 años y Tere 15. Charlaron, se conocieron, volvieron a encontrarse en sucesivas fiestas de la zona y, finalmente, con el día de la Primavera de ese año formalizaron su relación y "se metieron", como se decía en aquella época. A una estación de ferrocarril de distancia, Tere y José pasaron su adolescencia entre Hurlingham y Bella Vista, en la zona noroeste del Gran Buenos Aires, con William Morris como punto de encuentro.

En noviembre de 1974, contrajeron matrimonio y comenzaron una vida juntos. Con mucho esfuerzo, lograron mudarse a su primer departamento en el barrio de Belgrano. Era de dos ambientes. Allí vivieron desde 1974 a 1980. Ya con dos hijos se mudaron a Santa Fe casi Riobamba y cuando nació el menor se instalaron en un edificio de Las Heras y Lafinur, frente al Botánico.

Tere trabajaba como secretaria en un colegio del barrio de Caballito, en tanto que José había desarrollado una carrera de periodista especializado en turismo aventura, que lo llevó a viajar por el país y por el mundo durante 30 años. Comenzó en la revista de aventura Aire y Sol, donde llegó a ser jefe de Redacción. Luego fue Jefe de Prensa de la Administración de Parques Nacionales, Jefe de Redacción de la revista Weekend y finalmente creador y director de la revista Tiempo de Aventura, del grupo de revistas del diario LA NACION. También trabajó como columnista de la sección Viajes de Clarín, para la que editó suplementos de nieve en temporada. Finalmente obtuvo un cargo como director de Comunicación de la Fundación Vida Silvestre Argentina.

"Tuve que animarme a hacer todo tipo de aventuras: desde una expedición a caballo en San Juan a 4.000 metros de altura hasta buceo en los Esteros del Iberá, el Mar Rojo y el Caribe; volar en globo por el desierto de Arizona; participar de expediciones de trekking por la cordillera; salidas en vehículos 4x4 por el desierto; expediciones en camello por los desiertos del Sahara y del Sinaí; volar en parapente en Tucumán; navegar por los lagos del Sur, naufragio incluido; recorrer la Ruta Nacional 40, entre otras experiencias que aún recuerdo con mucha alegría", dice José.

Consolidarse en los medios requirió, desde luego, una gran valentía de su parte y un acuerdo con Tere por sus largas ausencias. Lejos de casa, José permanecía fiel a dos promesas que había hecho: su compromiso de fidelidad y la calidad del tiempo dedicada a los suyos cada vez que regresaba al hogar.

Por su parte, incluso cuando se convirtió en madre -el matrimonio tiene cuatro hijos-, Tere nunca dejó de trabajar. "Teníamos muy arraigada la idea de que la mujer metida en las tareas domésticas termina frustrada. Nos arreglamos con mucha participación los dos, y dio resultado, en parte gracias a la ayuda de las personas que contratábamos para las tareas de la casa".

Soledad y convivencia

Con los años, los hijos crecieron, armaron sus vidas y se fueron de casa. Los viajes de José también llegaron a su fin. Así, sin buscarlo ni pensarlo, las circunstancias hicieron que 30 años después de aquel primer baile, Tere y José se reencontraran cara a cara, con el nido vacío y un desafío por delante: aprender una nueva manera de convivir, que los interpelaba y ponía a prueba con ese amor sufrido de compañía y abandono por igual.

El reencuentro era una incógnita: ¿tolerarían el nuevo tipo de convivencia?, ¿podrían coexistir en los mismos espacios con la cotidianeidad de los desencuentros? El tiempo nuevo que les tocaba vivir fue mostrando su obra: quienes los conocían advertían la unión que demostraban desde siempre, pero les tocaba enfrentar una nueva realidad. El de la libertad que otorgan los hijos al partir; el de la convivencia intensa a la que no estaban acostumbrados; el del respeto que es más fácil cuanto menor es el contacto.

52 años después

Tuvieron que renovar votos internamente y reflexionar en soledad. ¿Qué era lo que en su momento los había unido y enamorado? "De Tere me enamoró y me sigue enamorando su extrema paciencia familiar, la manera en que me cuida, su belleza interior y exterior, su simpatía, su temple, su fidelidad. Y tengo la fortuna de saber que le sigo gustando, como ella a mí. Siempre resalta mi lealtad, mi compromiso y fidelidad, mi generosidad, mi sentido de compartir, mi disposición a hacer todo juntos como si fuéramos uno".

Dicen que no tienen secretos para permanecer juntos. Pero que hay rutinas y gestos que repiten día a día, como quien busca mantener una llama encendida. Hacen todo juntos y reconocen que son mejores amigos. También se dicen "te amo" tres o cuatro veces por día. Están atentos a los estados de ánimo del otro. Disfrutan de los momentos de intimidad como al principio. Y respetan las opiniones diferentes y los deseos del otro.

Este noviembre, Tere y José cumplieron 46 años de casados y sintieron que era una excelente oportunidad para festejar en la intimidad. Salieron a las 10 de la mañana, rumbearon hacia la costa de San Isidro y al mediodía descubrieron un lindísimo restaurante con un delicioso menú. En el baúl del auto habían dejado un par de lonas, que después de almorzar tiraron sobre el pasto y frente al río. Fue una buena oportunidad para repasar y abrochar con recuerdos 52 años juntos, abrigados por un sol que se resistía a morir con tal de escuchar las confesiones de los dos. Finalmente, al atardecer, recogieron sus cosas, las devolvieron al baúl y se escurrieron por esas callecitas de casas antiguas y señoriales. Sus caras lo decían todo: habían comprobado una vez más los frutos de ese amor compañero que los había llevado a superar las barreras del tiempo. Como prometieron ese noviembre de 1974.

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