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A 30 años de la caída del Muro. Recuerdos de una escritora argentina que estuvo ahí

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28 de octubre de 2019  

Por Liliana Villanueva

El 9 de noviembre de 1989, un funcionario de la República Democrática Alemana leyó por error un comunicado que decía que a partir de ese momento se podía cruzar la frontera entre el este y el oeste sin visa. Liliana Villanueva era una joven arquitecta argentina que acababa de mudarse a Berlín Occidental. Treinta años después cuenta, en su flamante libro Otoño alemán (Blatt & Ríos), cómo fue ser testigo directo de los días en los que cayó el Muro, más allá de mitos y reescrituras históricas.

Fuente: Archivo - Crédito: La Nación

A las ocho en punto de la mañana del viernes 10 de noviembre de 1989 estoy frente al Oberbaumbrücke, el puente -die Brücke es femenino- sobre el río Spree que normalmente está vacío y ahora está lleno de gente que espera. Cientos de personas en hileras desordenadas arman una fila sin forma que ocupa todo el ancho del puente frente al puesto de frontera que abrirá, como anunciaron ayer por la noche, a las nueve en punto de esta mañana soleada. En esa simplificación que normalmente llaman "la caída del Muro" habría que incluir esta escena, la espera algo tensa pero alegre, el aire festivo de una fiesta que aún no estalla.

Pero por aquí frente al río Spree en el confín sudeste de Kreuzberg no hay muro, el límite pasa por el medio del río, es una línea abstracta sobre las aguas que ahora brillan bajo el sol. La frontera excluye al puente -inutilizado para el tránsito y para el paso de peatones desde 1961, salvo con un permiso especial- y avanza por el borde occidental del Spree, se mete por uno de los canales y entra a la ciudad otra vez convertida en muro por una calle cualquiera, entre las casas de un barrio que originariamente fue de trabajadores y divide calles angostas de edificios con fachadas sin ornamentos ni balcones que no estaban pensados como zona limítrofe ni para pasar a la historia.

En el puente de Oberbaum, que enlaza los barrios de Kreuzberg y Friedrichshain, a la espera de la apertura de la frontera.
En el puente de Oberbaum, que enlaza los barrios de Kreuzberg y Friedrichshain, a la espera de la apertura de la frontera. Fuente: Archivo - Crédito: Gentileza Liliana Villanueva

Saco una foto del puente, de las personas sobre el puente, pero el zoom no me acerca más a ellas. Todavía conservo una copia, la miro con detenimiento tratando de encontrar algo, un dato nuevo que me ayude a recordar. Pero la foto es decepcionante, el puente parece pesado, se refleja en el río oscureciendo el agua, el día es nublado mientras yo lo recuerdo soleado; las líneas de los edificios de Berlín Este en el fondo están fuera de foco detrás de una bruma rosada y tampoco se distinguen bien las personas. La imagen no da idea de la multitud que se pierde en la distancia por la perspectiva y tampoco refleja la expectación sostenida que colgaba del aire, el ambiente de fiesta; la foto es apenas un recorte de esa escena grandiosa que quedó en mi memoria. Y aunque mi imagen mental es en blanco, marrones y grises iluminados, en la foto descubro colores, camperas de jean con amplias hombreras, el rojo de algunos abrigos, el gorro rojo de un chico que se aferra a la mano de su padre, barbas y pelo largo, mujeres con permanente y carritos de bebé, parejas abrazadas. Casi no hay espacio entre las personas que en ese día de pocos colores, filas desprolijas y amontonamientos esperaban pacientes sobre el puente. Ahora recuerdo la sensación que tuve en ese momento, lo irreal que me resultaba ver a través del objetivo de mi cámara de bolsillo. ¿Cómo sacar fotos a una multitud, a rostros de personas desconocidas, los gestos de sorpresa, de admiración o timidez, desde qué distancia, cómo apuntar el objetivo a la gente sin ofenderla? La única manera de ver era guardando la cámara en la cartera y cuando llegara la hora mezclarme con ellos. No hay más fotos de ese largo día cuando Berlín se llenó de gente, millones de personas.

La anhelada paz en ambos lados del muro.
La anhelada paz en ambos lados del muro. Fuente: Archivo - Crédito: La Nación

¿Cómo explicar un día así cuando se lo vive sin la distancia de los manuales, cuando se vive minuto a minuto en el centro mismo de los acontecimientos? Esta espera también es parte de la del Muro que cae imperceptible aunque no se lo vea, aunque en este tramo del río no haya muro, todos sentimos que el aire es distinto, la mañana, el día que empieza, esos cientos de personas, los alemanes del Este, los berlineses y los que vinieron de Occidente respiramos algo que se huele y se siente, esa emoción esquiva que por no encontrar otra palabra llaman normalmente libertad. También los soldados que esperan en sus puestos sobre el puente y en todos los demás puestos de la frontera, en Berlín y en el resto de Alemania, lo sienten.

En este mismo momento a menos de una hora de que se abran las compuertas, millones de personas están haciendo la historia, escribiendo historia, viviéndola. Una brisa empuja las últimas hojas de los árboles que caen sobre el Spree en este otoño apurado.

Algunos Wessis trajeron botellas de champagne y copas de plástico para brindar, alguien sostiene una bolsa con fuegos artificiales. ¿Cuándo hay que brindar? ¿A las nueve en punto? Se supone que van a compartir el brindis con los Ossis pero ya se escuchan corchos de botellas que estallan en el silencio apenas cruzado por frases en voz baja.

Y de repente, un hombre con voz de barítono levanta la botella y grita:

-¡Hermanos del Este! ¡Bienvenidos!

En el puente la gente sigue quieta.

-¡Los amamos! -grita una mujer poniendo las manos alrededor de la boca para que su deseo llegue a la gente.

Siento un poco el ridículo pero son palabras que me conmueven. Cualquier frase se gasta en el momento, se convierte en lugar común, la emoción y las lágrimas están a flor de piel a uno y otro lado de la frontera, todos podríamos reír y llorar al mismo tiempo y la mayoría opta por controlar sus sentimientos. Noto que soy la única extranjera aunque el papel en mi bolsillo constate que soy berlinesa.

El muro de 45 kilómetros de largo.
El muro de 45 kilómetros de largo. Fuente: Archivo - Crédito: La Nación

A treinta años de esa mañana en la que el tiempo parecía pasar más lento es difícil explicar lo que significaba para todas esas personas la expectativa de pasar libremente de un sistema al otro. Familias separadas desde 1961 por el Muro de Berlín de 45 kilómetros de largo, 115 kilómetros de alambres de púas, terrenos minados alrededor de la ciudad convertida en isla de Occidente en territorio comunista, patrullas y torres controladas por soldados armados con la orden de disparar a cualquiera que se acercara a la frontera y la prohibición de viajar al extranjero no comunista hasta la edad de jubilarse. Todas esas prohibiciones estaban por acabarse en menos de media hora.

Historias de familias separadas durante casi medio siglo, duelos de personas queridas, heridas que nunca terminan de cicatrizar. Y tantas historias calladas u olvidadas.

En agosto de 1961 se levantó "el muro de protección contra el capitalismo".
En agosto de 1961 se levantó "el muro de protección contra el capitalismo". Fuente: Archivo - Crédito: La Nación

En las primeras semanas de agosto de 1961, cuando se levantó el "muro de protección contra el capitalismo", 47533 berlineses de la zona ocupada por los soviéticos se fugaron a los barrios de los Aliados en Berlín Oeste. Entre ellos estaba el que más tarde sería mi profesor de doctorado, para entonces un joven estudiante de arquitectura que se animó a cruzar el límite mientras los obreros del Este construían bloque a bloque el muro y los soldados vigilaban que nadie pasara. El profesor me contó que lo persiguieron durante años, a su hermana del lado comunista la encarcelaron y murió en cautiverio, asesinada por el servicio secreto. Ya muy mayor, cuando habían pasado más de cuarenta años de la muerte de su hermana, el viejo profesor que se mantenía siempre distante y reservado me contó su historia emocionado hasta las lágrimas. Estábamos en el café Balzac de Charlottenburg, el profesor se disculpó, pidió la cuenta a la moza, pagó y me dijo que mejor nos encontráramos en otro momento. Una historia entre millones de historias de familias separadas durante casi medio siglo, duelos de personas queridas, heridas que nunca terminan de cicatrizar. Y tantas historias calladas u olvidadas.

El viernes 10 de noviembre de 1989, el día que cambió el mundo.
El viernes 10 de noviembre de 1989, el día que cambió el mundo. Fuente: Archivo - Crédito: La Nación

Pasó más de media hora desde que llegué y no pasa nada. Es curioso que cuando suceden acontecimientos de este tipo, en los manuales de historia y en los artículos periodísticos se escriban frases como "cuando se aceleraron los acontecimientos" o "el día en que se precipitó la historia".

Sobre el puente todo sigue quieto, aquí de este lado del río la gente está quieta y espera, una pareja hace trotecitos para entrar en calor, ya hay un hombre un poco borracho de champagne que abraza a otro. Yo también empiezo a sentir el frío.

Camino media cuadra hasta la Skalitzerstrasse, en la esquina hay un bar donde trabaja un amigo, en realidad Rainer es el amigo del novio de mi amiga y aunque no lo conozco bien ella me dijo que fuera a visitarlo al bar, por las mañanas no pasa nada y se aburre un poco. Entro al bar vacío y lo veo detrás de la barra. A pesar de la cara de cansado me saluda lleno de energía. Me sirve un café doble con leche espumosa en una cazuela que tomo con ambas manos para calentarlas, mis manos heladas lo agradecen.

-¿Te conté que estuve en la cárcel en la RDA? -me dice Rainer-. Fue después de una visita de un día con mi pase berlinés.

Los berlineses occidentales, una categoría en la que me vi incluida cuando saqué el certificado de domicilio, podían entrar a Berlín Este con un pase especial a través de los pasos autorizados del Muro. Si el Checkpoint Charly era el punto por donde cruzaban los extranjeros, otros puestos de frontera estaban pensados especialmente para los berlineses. La estadía en Berlín Este era limitada tanto espacial como temporalmente, no se podían sobrepasar los límites de la ciudad y había que volver antes de las doce de la noche como en el cuento de la Cenicienta.

Los berlineses occidentales podían entrar a Berlín Este con un pase especial a través de los pasos autorizados del Muro. La estadía era limitada tanto espacial como temporalmente.

Quedarse del otro lado se penaba con la cárcel. Todavía conservo el papel con mi foto sellado por las autoridades de Berlín Occidental que me transformó en berlinesa y me dio el derecho a pasar durante el día al otro lado de Berlín, un derecho de libertad que a los berlineses orientales les estaba vedado, al menos hasta dentro de veinte minutos.

Rainer me cuenta la historia de su penosa experiencia.

-Había ido a una fiesta con unos amigos. Antes de las doce teníamos que volver a Berlín Occidental. Ya estábamos medio borrachos cuando unos Ossis se nos acercaron y empezaron a hacer bromas. Uno me dijo que éramos tan parecidos que si le prestaba mi pasaporte podría pasar al otro lado. Borrachos como estábamos se lo mostré para comparar su rostro con la foto, yo pensaba que hablaba en broma pero el tipo me lo sacó de las manos y se fue corriendo. Más tarde me enteré de que realmente se había ido a Berlín Occidental haciéndose pasar por mí. Cuando me presenté en la frontera sin pasaporte no me creyeron. Me metieron en la cárcel. Estuve unos meses preso hasta que se solucionó el malentendido. Fue una experiencia muy extraña.

Cuando lo visité en el bar de la Skalitzerstrasse Rainer me contó la historia como si hubiera vivido una aventura, pero cuando se la recuerdo me dice, haciendo un gesto de la mano como queriendo olvidar:

-No tengo un buen recuerdo de ese tiempo.

Toma un trago de cerveza directamente de la botella y cambia de tema.

Pasajes a través del muro, momentos históricos.
Pasajes a través del muro, momentos históricos. Fuente: Archivo - Crédito: La Nación

Cuando vuelvo a mi puesto frente al Spree pasadas las nueve, unas treinta personas ya pasaron por la frontera, muchas parejas jóvenes, padres jóvenes con sus hijos. Caminan rápido con los ojos muy abiertos quizás buscando las diferencias, es la primera vez que pisan el mundo capitalista.

Pero los árboles de este lado son iguales a los de la otra ladera del río, las casas de Kreuzberg no se diferencian tanto de las casas de Friedrichshain al otro lado, el cielo es el mismo cielo. No hay abrazos ni la euforia, los Ossis caminan apurados, las madres con los carritos de bebé apuran el paso como si vinieran a hacer un trámite y no tuvieran mucho tiempo. No hay fiesta de bienvenida, la gente se dispersa enseguida. Un hombre joven me pregunta dónde está el correo. Le contesto un poco confundida que la próxima oficina de correos está a cuatro cuadras de aquí más o menos y ni bien le señalo con la mano la dirección de la Skalitzerstrasse que corta en diagonal el barrio el hombre se va corriendo sin decir gracias. ¿Tanto apuro para llevar una carta al correo? No es el único que pregunta a los que estamos esperando de este lado, unos a otros se pasan la información y siguen caminando al correo apurados y entonces empiezo a comprender. El correo abre a las nueve y el Estado de la RFA le da la bienvenida a cada ciudadano de Alemania del Este con un regalo de cien marcos.

Fuente: Archivo

Cada vez sale más gente del puesto de frontera, a las nueve y treinta empiezan a salir grupos enteros de quince a veinte personas, salen corriendo y ya nadie pregunta, se corrió la noticia de que en el correo del Lausitzerplatz hay una cola de más de cien personas y todos van directamente a la estación de subte. Los ciudadanos del Este hoy pueden viajar gratis. Me mezclo entre la gente, subimos la escalera hasta el andén de la terminal de la Línea 1 de donde parten los trenes hacia Charlottenburg y el centro de Berlín Occidental. Los asientos alargados y enfrentados se ocupan pronto, encuentro un lugar vacío, a mi lado se sienta una pareja del Este y enfrente, del otro lado del amplio pasillo, se ubica su hijo de siete u ocho años.

Los Ossis están callados, no quieren llamar la atención, como si este fuera un viaje normal de un día normal. Pero enseguida se nota la diferencia, por la ropa algo pasada de moda, la permanente de las mujeres, el acento cuando hablan en voz baja. El vagón se llena de un olor diferente al habitual, olor a carbón de mala calidad, a jabón de lavar, a transpiración. La pareja a mi lado tiene la espalda muy recta, ambos están muy rígidos, al contrario de su hijo sentado enfrente que ahora se arrodilla sobre el asiento y mira por la ventanilla, la nariz apoyada contra el vidrio.

No hay mucho para ver salvo las casas grises o mal pintadas de Kreuzberg, los grafitis en las plantas bajas, los murales en las medianeras de los terrenos baldíos. La mujer sentada a mi lado dice en voz baja con tono autoritario:

-Sentate derecho como corresponde.

El chico no le hace caso.

En los altavoces una voz anuncia la partida del subte, el tren entra en movimiento y alcanza una velocidad estable. Desde esta altura pueden verse las casas al nivel del primer piso, luces encendidas, carteles de publicidad de negocios de comida turca y árabe. El subte pasa por una amplia explanada donde se exponen autos de segunda mano con enormes carteles con los precios sobre los parabrisas, los números bien grandes a propósito para que se lleguen a ver desde el puente. Los precios van de 600 a 7500 marcos los más caros, hay Mercedes usados y muchas más marcas de autos.

El nene del asiento de enfrente da un grito:

-¡Papá! ¡Los autos tienen precio!

En la RDA todo el mundo sabía lo que costaba un Trabbi, había que apuntarse a una lista y esperar once años. El Trabant, el auto más común de Alemania del Este, tenía carrocería de Duroplast, un material fabricado con fibras naturales como el algodón y con la consistencia de cartón duro, con formas que parecen de juguete.

Un Trabbi costaba 11000 marcos orientales, era el precio oficial, aunque uno usado costaba más que uno nuevo, los autos eran uno de los pocos bienes hereditarios y eran cuidados con mucho celo. En los últimos años el precio podía variar en el mercado negro. Un Wartburg costaba 20000 marcos orientales y las listas de espera eran de doce años. Un Volga era un lujo al que solo tenían acceso los miembros del Partido.

El padre del chico toma de la mano a su mujer, la mira a los ojos emocionado y le dice, en voz baja:

-Estamos en Occidente.

Celebración y bienvenida tras la caída del muro.
Celebración y bienvenida tras la caída del muro. Fuente: Archivo - Crédito: La Nación

Sobre la autora

Liliana Villanueva nació en Buenos Aires. Entre 1986 y 1996 vivió en Alemania, y luego en Moscú, donde fue corresponsal de prensa. Egresada de la UBA, trabajó como arquitecta en Berlín y fue docente en la Universidad de Darmstadt, donde se doctoró en Arquitectura. Como autora, publicó Las clases de Hebe Uhart (Blatt & Ríos), Sombras rusas (Blatt & Ríos), Lloverá siempre. Las vidas de María Esther Gilio (Criatura) y Maestros de la escritura (Ediciones Godot). Por todos ellos recibió premios en la Argentina y en el exterior. Vive entre Buenos Aires y Berlín.

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