A la deriva

(0)
16 de mayo de 2004  

Las primeras generaciones embrujadas por las imágenes deslumbrantes y fugaces del cine, y más tarde de la televisión, estaban ancladas con firmeza a la palabra y al libro, debido, sobre todo, a una sólida educación pública. En los años que transcurrieron desde la década de 1960, la cultura popular se fue convirtiendo de modo gradual en "la" cultura de las nuevas generaciones, que ya rara vez son expuestas a creaciones artísticas más ambiciosas. Por ejemplo, tanto entre los alumnos como entre sus maestros desaparece la paciencia que requiere aproximarse a obras literarias complejas, así como el entusiasmo por discutir su significado y sus implicancias para la vida personal y social.

Camille Paglia, profesora de Humanidades en la Universidad de Filadelfia, EE.UU., educada en aquella década y carente de los prejuicios y prevenciones que caracterizan estos debates, en escritos e intervenciones públicas ha analizado este fenómeno, que define como de "disipación cultural", una pirueta para evitar calificarlo de decadencia cultural. En una reciente conferencia sobre la palabra y la imagen en la era de los medios, señaló que los jóvenes actuales, ahogados en un mar de imágenes inconexas, no sólo carecen de los instrumentos que les permitan analizarlas, sino que no logran insertarlas en un marco histórico de referencia.

Ejemplificó esta situación recurriendo a un momento del film de Kubrick 2001: odisea del espacio, cuando, por una falla en el sistema de computación central, uno de los astronautas queda a la deriva en el espacio al seccionarse la manguera que lo mantenía anclado a la nave espacial. De igual modo, las nuevas generaciones, educadas en un mundo de pantallas de televisión y computadoras, pero privadas, en esta época, de una sólida educación básica, quedan a la deriva al perder su ancla con la nave insignia de la cultura. De útil servidora, la tecnología pasa así a ser despiadada dominadora, sostiene Paglia.

La correspondencia de tan gráfica descripción con la realidad no escapa a ningún observador de la sociedad contemporánea. No pocas veces las concepciones actuales acerca de la educación, en todos sus niveles, no ayudan a los jóvenes a frenar su caída libre en la galaxia mediática. Posiblemente, a diferencia de quienes ayer requerían desarrollar su capacidad de rebeldía frente al racionalismo, los jóvenes de hoy reclamen los elementos básicos que les permitan introducirse en la estructura y en la cronología del mundo para rebelarse así frente a la mediocridad y la mercantilización de la vida. Disipada la cultura, a la deriva, "cabalgan -según Paglia- tomados de la cola de un cometa en un espacio estelar de imágenes explosivas pero evanescentes".

Es evidente que la educación no ha logrado aún ajustarse a las transformaciones experimentadas por la cultura occidental luego de la aparición de los medios electrónicos. Posiblemente, para hacerlo deba regresar a la palabra, recuperar la perdida sensibilidad a la argumentación estructurada, reemplazada por el universo inconexo y balbuceante que nos rodea; proponerse desarrollar el razonamiento de manera metódica y esforzada. Apóstoles de la palabra, los maestros deberían volver a ser quienes con ella ayuden a los estudiantes a recuperar una a una sus legítimas posesiones, hoy dispersas en el neblinoso espacio creado por los medios. Es preciso evitar que queden a la deriva, logrando que vuelvan a echar sus anclas sobre la nave mayor de la cultura. Para acompañarlos, es necesario que los educadores no rechacen el omnipresente mundo prerracional de las imágenes, sino que lo enriquezcan con la palabra. El antídoto a las mágicas imágenes sigue siendo, sin duda, otra magia: la de las palabras.

El autor es educador y ensayista

ADEMÁS

MÁS LEÍDAS DE Lifestyle

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.