A veces los vínculos no se destruyen, sólo se transforman

Luis Buero
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23 de febrero de 2013  

¿Por qué un divorcio no puede ser amistoso? ¿Es viable que alguien le diga adiós a su partenaire y no por ello se ligue 113 puñaladas, o que le impidan ver a sus hijos, o que le cuestionen y quieran quitar hasta el álbum de figuritas que compró de niño?

Sí, es posible, porque muchas parejas hoy intentan formas mucho más sanas de vinculación y, por ende, si sucede, de separación.

Y de alguna manera, si hacemos un juego con la palabra separarse, y la convertimos en "parirse a sí mismos", la crisis del fin de un noviazgo o matrimonio puede darnos la opción de volver a nacer, pero modificados.

Existen, sí, parejas de "ex" que se llevan bien, no sólo porque protegen la buena crianza y manutención de sus hijos, sino porque también comparten mascotas, bienes o incluso negocios, proyectos construidos durante mucho tiempo y con mucho esfuerzo de ambas partes. Y se tienen afecto, un cariño de amigos, o de hermanos, que enaltece los puntos de encuentro que alguna vez vivieron como amados y amantes.

Esos vínculos, entonces, no se destruyen, se transforman.

Claro está que en esto incide cómo cada miembro del dúo va realizando el trabajo de duelo, y el grado de dependencia emocional que pueda sufrir en relación con el otro.

Esto no es tan sencillo porque ocurre que los duelos amorosos reactualizan pérdidas afectivas anteriores, incluso arcaicas, y cada noviazgo o matrimonio que se acaba reaviva una pregunta interminable: "¿quién fui yo en el deseo del otro?". Y, en definitiva, pareciera ser que eso es lo que se pierde: cuando nuestro objeto amado sale de escena, se ha ido un garante de nuestro amor propio y también nos embarga un plus de angustia que no se puede simbolizar con palabras. Es totalmente imposible, aunque lo convirtamos en queja, en bronca, en negación, en llanto o en filosófica aceptación. Lo mejor que podemos hacer entonces es asumirlo de una vez por todas: hay algo de ese duelo que jamás culminará.

En síntesis, Romeo nunca terminará de conocer a Julieta, y viceversa, hasta el momento de la disolución de lo que los unía. Pues es en ese preciso instante cuando se reactivan los imaginarios, las proyecciones y transferencias puestas en el otro. Y nuestras fantasías de complementariedad (que impulsaron esa elección de objeto de amor) vacilan, o bueno... se caen para siempre.

Ése es, precisamente, el momento clave, el momento de decisión. Aquel instante en el que cada uno de nosotros puede sincerarse consigo mismo y elegir: si seguir preso de la angustia, el enojo y el resentimiento, o intentar un nuevo tipo de amor a ese prójimo que nunca fue un semejante, y por el que alguna vez hubiéramos dado la vida.

Sí, es el momento epifánico en el que descubrimos que "ella y yo éramos el uno para el otro", pero el otro, amigos, no fue nunca ninguno de los dos.

Por: Luis Buero
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